Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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En los últimos tiempos algo había ocurrido con Henry: de repente, se había hecho muy mayor. De pronto parecía como si hubiera pasado mucho tiempo desde que fuera aquel chiquillo lleno de grandes ideas. Siempre había sido el que vendía más cupones para la rifa navideña de la Asociación Atlética, que empezaba ya en agosto. Era el que repartía más propaganda por los buzones y el que recogía más botellas vacías. Había organizado a los chicos del edificio para la recogida de cascos de una forma más eficiente. Les habían dejado un lugar en el sótano, donde guardaban cientos de botellas antes de llevarlas en cochecitos de bebé a la tienda estatal de bebidas para canjearlas por dinero.

Pero de aquello hacía ya mucho tiempo. Henry continuaba boxeando, pero lo que más le interesaba eran el dixieland y las chicas. Eso podía verlo Greta. De repente, Henry se había convertido en un hombrecito.

Pero aquella noche de invierno de finales 1961 estaba cenando en casa, comiendo como un animal, y eso era suficiente para tranquilizar un poco a cualquier madre preocupada. Henry se metió entre pecho y espalda cinco rollos de col con confitura de arándanos rojos y como mínimo otras tantas patatas. Leo se limitó a picar un poco, mientras Henry cortaba entre bufidos unas lonchas de queso Raket gruesas como listines telefónicos. Pero, por lo menos, Leo hacía los deberes. Era tan brillante que lo habían pasado a un curso superior en la escuela. «Imagina por un momento que esos dos hubieran sido un chico solo», solía decir el abuelo. Aquel horrible pensamiento encerraba mucho.

– Comed las hetwäggen , hijos -dijo Greta poniendo sobre el hule un par de platos con bollos rellenos de nata y unos vasos de leche caliente. Seguramente era la única en toda Suecia, aparte de los extranjeros y la familia que aún vivía en la isla de Storm, en el archipiélago, que decía hetwäggen en lugar de semla .

Henry se zampó las dos semlas con leche caliente mientras al mismo tiempo escuchaba la radio y leía el periódico vespertino. Todo el mundo comentaba el combate, y Henry se limitaba a cabecear. Ingo estaba acabado, para siempre. Y a Henry tampoco le iba mucho mejor. También se sentía acabado, y se acostó muy temprano. Leo se quedó haciendo sus deberes en la cocina, mientras Greta planchaba camisas. Encontró una que Henry afirmaba haber comprado. Llevaba las iniciales W.S. por dentro del cuello. Como estaba tan abstraída en sus pensamientos, aquella camisa quedó especialmente bien planchada. No me sorprendería que aquí o allá el algodón se hubiera humedecido con sus lágrimas, aunque pueda sonar demasiado empalagoso.

«Todo ocurría como aquí en la Tierra… Mi escritura era la misma a pesar de que mis manos no pesaban nada. Pero tenía que agarrar fuerte el cuaderno para que no saliera flotando», dijo Gagarin. Sucede lo mismo con los hermanos Morgan. Tienes que aferrarlos, fijarlos en escenas para que no se alejen flotando en la memoria y en el espacio eternamente helado de la mente… como en una terrible pesadilla de la que quieres liberarte, una y otra vez.

Tal vez fuera el extraordinario talento de Henry para vincular su vida con los grandes acontecimientos históricos lo que le llevó a asegurar que se encontraba tendido en el regazo de Maud la mañana en que el mundo supo que Yuri Alekséievich Gagarin había dado una órbita alrededor de la Tierra. En cualquier caso, a ninguno de ellos le importaba un carajo el tal Gagarin.

Maud se levantó y se dirigió a la ventana, subió la persiana y miró hacia la calle Östermalm y la iglesia de Engelbrekt, cuyas campanas daban las nueve. Vivía en un edificio de ladrillo inglés cubierto por la hiedra en la calle Frigga, en el barrio de Sånglärkan. Tenía un bonito apartamento, lleno de tallas de madera eróticas procedentes de Indonesia.

– Ya es primavera, Henry -dijo-. ¡Escucha! -Abrió la ventana. Los pájaros trinaban y los tejados y la acera olían exactamente como deben oler al ser calentados por el sol de abril-. Dentro de poco empezarán a caer los carámbanos -dijo mirando uno enorme que apuntaba como una lanza hacia la calle-. Me dan miedo los carámbanos…

– Es solo agua. Y están de muerte en las copas.

– Eres un tipo muy duro, ¿verdad?

– No puedo negar que tengo algunos músculos -dijo Henry masajeándose el bíceps derecho-. Al menos, no tengo miedo de los carámbanos. Pero a mi hermano Leo… a ese sí que le aterran. Tiene miedo de casi todo. A veces le dan auténticos ataques y tiene que meterse en cama, y se pasa delirando toda la noche. Mi madre tiene que ponerle toallas frías sobre los tobillos y la frente para calmarle.

– ¿Solo por unos carámbanos?

– ¡Por lo que sea! No necesita mucho… -contestó Henry-. Hace una semana llegó corriendo, se quitó el abrigo en el recibidor y se metió en la cama, temblando de fiebre y escalofríos, y también delirando. Dijo que venía caminando por la acera de la calle Horn detrás de una señora que llevaba un cochecito de niños, cuando de pronto cayó un alud de carámbanos. Al menos una tonelada de carámbanos, dijo. Y que había caído justo encima del cochecito. Quedó completamente destrozado, y la mujer, histérica, se puso a escarbar en el hielo para encontrar al crío. Se despellejó y se cortó las manos, que empezaron a sangrar y a congelarse, hasta que finalmente sacó a la criatura. «¡Está vivo!», gritó, aun cuando el bebé era solo un amasijo sangriento.

– ¿Y vio también al niño muerto? -preguntó Maud realmente conmovida.

– No había ningún crío. Solo era un delirio de Leo… todo había ocurrido en su fantasía. Creo que está empezando a volverse loco. Demasiados deberes y lecturas…

– Creo que eres tú el que está loco -dijo Maud.

– En tal caso, ambos estamos locos -dijo Henry-. Me refiero a ti y a mí.

Maud se sentó para disfrutar del sol de primavera. Henry la observó durante un buen rato mientras ella se asomaba por la ventana. Era la única mujer que había visto moverse desnuda sin ningún pudor y sin afirmar que hacía frío como pretexto para cubrirse con algo. Tenía un cuerpo que no coincidía exactamente con la percepción habitual del cuerpo femenino, la percepción que tenían Rubens o Zorn -dos nombres que ella le había enseñado a Henry el bastardo- y que también compartía la revista Pin- Up , un nombre que Henry había aprendido por sí solo.

Maud no encajaba en ese estereotipo. Había algo de asiático en su aspecto, con sus pechos pequeños y sus caderas estrechas, su pelo negro y unos extraordinarios ojos felinos que se veían bien con cualquier maquillaje. Las mujeres con las que Henry había estado no eran muchas, la verdad sea dicha; además, eran muy tímidas para dejarse observar tanto como él, en su insaciable deseo, hubiese querido. Se trataba tan solo de chicas infantiles de la escuela que se pasaban el día pegadas a la radio escuchando canciones de éxito; chicas que se sabían de memoria el «I’m gonna knock on your door, ring on your bell» de Eddi Hodges; chicas que solo querían hablar de los estudios, de labrarse un futuro y de tener niños. Hoy todas ellas estarían hablando de Gagarin. A Henry todo aquello le traía al pairo. Todos hablaban de Gagarin, salvo Maud y él.

Ella estaba sentada en la cómoda que había debajo de la ventana, dejando que el sol bañara su cuerpo. Henry podía quedarse tumbado en la cama y mirarla sin ambages cuanto le apeteciera. Maud cerró sus oscuros ojos, volvió su rostro hacia el sol y dejó que la contemplara cuanto quisiera.

– Lo único de ti que me recuerda a Sofia Loren son tus ojos -le dijo.

– Me trae sin cuidado si te recuerdo a Sofia Loren, a la tía Fritzi o a la Virgen María -le contestó Maud-. No te pongas pesado.

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