– Pero es que soy un tipo pesado. Lo sé. Y tú me recuerdas a todas ellas. Sofia Loren es la madre primigenia, la tía Fritzi es la madrastra y la Virgen María es el útero. Aunque, realmente, no me recuerdas a ninguna de ellas.
– Me va muy bien sin parecerme a ellas.
– En eso tienes mucha razón -dijo Henry-. ¿Tienes un cigarrillo? Se me han acabado los míos.
– Se me han acabado los míos -lo remedó Maud con una sonrisa sarcástica-. No has comprado tabaco desde que el rey de bastos era cabo.
Maud abrió la cómoda sobre la que se sentaba, que estaba llena de cartones de tabaco con el sello del duty free. W.S. los compraba en sus viajes alrededor del mundo. Henry lo sabía muy bien, aunque no dijera nada. Había aprendido que Maud estaba mucho mejor sin que nadie le recordara nada. No quería que él le recordara nada cuando estaban juntos. No iban a hablar ni de W.S. ni de Gagarin.
Henry encendió un Pall Mall extralargo y le dio unas cuantas caladas. Exhaló un par de densos círculos de humo en dirección a Maud y arrojó la ceniza en un plato que había debajo de la cama.
– En ti puedo amar a todas las mujeres en una -afirmó, totalmente serio-. Para mí eres más persona que mujer. Hubo un tiempo en que pensé que sería gay.
– Eso lo piensan todos los críos en su adolescencia.
– Tienes los pechos tan pequeños…
– Si no te bastan, ya sabes dónde está la puerta. También este piso es pequeño.
– Tengo un amigo -dijo Henry- que una noche se despertó completamente aterrorizado. Había tenido una pesadilla y estaba empapado en un sudor frío. Había soñado con un hermafrodita. Había conocido a la hembra más fabulosa del mundo y cuando estaban a punto de hacer el amor descubrió que la tía tenía huevos. Entonces se despertó presa del pánico y se descubrió acostado en la cama con una mano sobre el pecho y la otra entre las piernas. Era como si en el sueño se hubiera producido un cortocircuito.
– ¡Sí, claro! Deja ya de inventarte cosas… -exclamó Maud, riendo a carcajada limpia.
– Ven aquí, Fritzi -dijo Henry, apagando la colilla.
– Eres un tipo muy raro -dijo Maud, y se metió de nuevo bajo el edredón.
Como ya he mencionado, aquella mañana no dijeron ni una palabra de Gagarin. Les traían sin cuidado los rusos locos que escribían notas en el espacio. Del mismo modo, tampoco les importaba para nada W.S.
Habían pasado ya unos meses desde la noche en que se conocieron, y ambos pensaban en aquello como en algo envuelto en una aureola romántica, como en una de las nuevas películas francesas, en un libro de Salinger o en una canción melosa.
Una noche, algunos de los mejores grupos de los institutos de la ciudad tocaron en el Gazell, en Gamla Stan, y Henry se había presentado con un cuarteto del que no estaba nada satisfecho, pero no podía hacer otra cosa. Era su segundo cuarteto, y anteriormente habían interpretado una docena de canciones para un baile del instituto. Se trataba del típico conjunto de piano, bajo, batería y clarinete. Para el baile habían planeado tocar temas variados, pero lo que todos querían era música bailable. De modo que, para no decepcionar al público, tuvieron que tocar piezas moviditas.
Pero en el Gazell podrían explayarse a gusto. El público era mayor, más maduro, y quería oír música de verdad, auténtica, a la que pudieran entregarse y buscar su esencia. Los que iban al Gazell eran gente de enjundia, entendidos. Henry estaba encantado con la idea, y su intención era tocar buena música, pero los demás miembros del grupo no estaban a la altura. El clarinete sonaba demasiado agudo y estridente, y ni siquiera funcionaba cuando el solista intentaba imitar a Acker Bilk. Henry les gritaba a sus compañeros y les decía que tenían que pensar en algo más que en el dixieland, porque ese estilo podría desaparecer algún día, por muy inverosímil que les pudiera sonar.
Aun así, su actuación en el Gazell resultó bastante bien… aunque puede que el público no esperara gran cosa de ellos. Más tarde iba a actuar el Bear Quartet. Era un grupo muy conocido entre los aficionados, aquellos que profundizaban realmente en la esencia del jazz, sentados con los ojos cerrados, balanceando lentamente la cabeza mientras fumaban un cigarrillo, bebían vino tinto y todo eso. El Bear Quartet también era conocido porque sus componentes eran unos tipos muy profundos… al menos en las entrevistas que aparecían en el Orkester Journalen . Todos habían tocado bop y dixieland, y dominaban toda la gama de estilos. Por aquel entonces tocaban música un tanto vanguardista, lo que significaba básicamente que hacían solos más largos.
Sea como fuere, una irrefutable atmósfera de misterio rodeaba a los componentes del Bear Quartet. Henry no los conocía en persona, pero sabía que su padre, el Barón del Jazz, había tocado con ellos en una sesión y había dicho que, cuando les llegara el momento, aquellos muchachos se convertirían en algo grande. Tal vez su momento llegara esa noche.
Era innegable que tenían una imagen de grupo de culto. Dos de ellos lucían boina negra, y otro llevaba barba y el pelo largo por debajo de la nuca. Pero el cuarto no aparecía. Tres cuartas partes del Bear Quartet estaban allí sentadas sobre el escenario: el batería, el bajo y el saxo tenor, pero faltaba el pianista. Debía de estar en algún lugar del club, pero nadie sabía exactamente dónde.
De pronto el saxo tenor, que era bastante alto, se levantó y empezó a avanzar entre las mesas y el público, y se dirigió directamente hacia Henry, que se estaba tomando una cerveza Kornett para apagar su sed tras la actuación.
– Tú eres Henry Morgan, ¿verdad? -preguntó el tipo desde detrás de sus gafas de sol.
– Sí, soy yo -dijo Henry.
– Conocí a tu padre. Habíamos pensado dedicarle una canción a su memoria esta noche. Era muy bueno. Uno de los mejores.
Henry no sabía muy bien qué decir. Tampoco sabía muy bien qué hacer cuando poco después volvió a subir al escenario para tocar con el grupo.
– Bueno -dijo el saxo tenor al público-, el caso es que nuestro pianista acaba de ponerse indispuesto en el bar y ha tenido que marcharse. No sabemos bien adónde -continuó-, pero por suerte hemos encontrado a alguien para cubrir su hueco, alguien a quien ya habéis visto antes. -Al parecer, era el único miembro del Bear Quartet que se dirigía al público. El batería jugueteaba con las baquetas por encima de la cabeza, mientras que el bajo se apoyaba con aire meditativo en su contrabajo. Henry estaba nervioso, pensando que se olvidaría de los acordes garabateados en un trozo de papel que descansaba sobre el piano-. Esto va a ser un poco ad lib -dijo el tenor al público-. Ya saben, improvisado. Vamos a empezar con una pieza titulada «The Baron», que está dedicada al Barón del Jazz.
El saxofonista dio la entrada al cuarteto, y empezaron a tocar. Era un tema suave y elegante, justo como Henry quería que sonara, y solo se perdió en una ocasión. Tras un largo solo de saxo, volvió a entrar y lo hizo realmente bien. El público vibraba y aplaudió con ganas. Henry continuó tocando toda la noche con el Bear Quartet, tomándose todo aquello como la gran oportunidad que en realidad era.
La velada llegó a su fin a eso de las dos de la madrugada. Solo quedaba un puñado de auténticos entusiastas cuando el saxofonista con boina y gafas de sol tocó el último solo, al más puro estilo vanguardista.
A Henry le invitaron a una Kornett, y se sentó a una mesa con un cigarrillo para relajarse un poco. Se sentía exhausto, y aún no comprendía muy bien el alcance de todo aquello.
– Ha salido condenadamente bien, muchacho -dijo el saxo tenor sentándose a su mesa-. Me llamo Bill.
Se estrecharon la mano, y el saxofonista llamado Bill se echó a reír, revelando una gran dentadura blanca en medio de su cara sin afeitar. Fue en ese momento, lejos de las luces del escenario, cuando se quitó las gafas de sol para apoyar un momento la fría botella de cerveza contra sus párpados.
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