Klas Östergren - Caballeros
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¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?
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Pero, en las ocasiones en que Henry había llegado hasta el final, lo había dado todo. De la docena de combates más o menos en que había participado, solo había perdido uno. Fue en Gotemburgo, contra un chaval de Redbergslid. Era un club muy esnob.
– ¡Venga, no pares! -gritaba Willis-. ¡Aún te queda un minuto!
En la pared había un asqueroso reloj de cocer huevos, que Willis ponía a tres minutos para que los muchachos entrenaran el tiempo que duraban los asaltos. En las pausas, Henry seguía saltando como impulsado por un muelle para mantener el ritmo cardíaco. Se sentía un poco pesado, pero no quería que se le notara porque había estado fumando y trasnochando demasiado, algo que a Willis no le haría mucha gracia escuchar. Henry no quería reconocer que no se encontraba bien porque no quería defraudar al viejo. Había otro combate en perspectiva.
– Tengo planes para ti, Hempa -dijo Willis-. Deberías volver a pelear en Gotemburgo.
– No me gusta esa gente de Gotemburgo -repuso Henry-. No pelean limpio.
– No quiero escuchar más lloriqueos, joder -dijo Willis enojado-. Hay una velada dentro de unas semanas. Podría conseguirte un buen sparring hacia el final. Y después vienen los campeonatos de Suecia. Ya estás apuntado, así que no hay nada más que hablar, ¿estamos?
– Supongo -dijo Henry suspirando.
Después del entrenamiento, se ató meticulosamente la corbata con su habitual y elegante nudo Windsor y examinó su imagen en el espejo. Tenía un pequeño arañazo en el cuello, que se extendía unos centímetros desde la oreja hacia abajo. Sabía que aquello no se lo había hecho ningún guante.
En la calle todo estaba oscuro y húmedo, y había empezado a helar de nuevo. La nieve caía pesada y sorda. Tranvías, coches y autobuses avanzaban a duras penas por la calle Långholm, donde el número cuatro enfilaba hacia el puente de Väster. Henry se caló la gorra sobre su pelo mojado y sacó una elegante pitillera de plata del bolsillo de la americana. Con un mechero Ronson igual de elegante, encendió una colilla color champán que desentonaba bastante con el sofisticado estuche. Este estaba destinado a acoger solo cigarrillos largos, frescos e inmaculados, como lo había estado mientras era propiedad del hombre que respondía a las iniciales W.S.
Henry fue dando un paseo por la calle Horn hasta Zinkensdamm, donde compró el periódico de la tarde, y después giró hacia la calle Brännkyrka. Delante de su edificio, cogió un puñado de nieve, hizo una bola y la tiró contra la ventana de Verner, en el segundo piso. Verner había cambiado mucho, se había vuelto muy raro, como decían algunos. Henry esperó un rato y al cabo vio aparecer la cabeza de Verner en la ventana. La estaba sacudiendo en gesto de reproche por haber sido molestado mientras realizaba concienzudamente sus deberes. Tendría que dejarlo. A Verner no le hizo ninguna gracia.
Henry y Verner habían sido amigos desde pequeños. Por aquel entonces, la habitación de Verner -tenía su propia habitación porque era hijo único y su madre también estaba sola- olía a pastillas Meta para máquinas de vapor. Un año, por Navidad, le regalaron una auténtica máquina de vapor. Inventor por naturaleza -aunque aquello fue mucho antes de que el jovenzuelo con granos Verner Hansson fundara el Club de Jóvenes Inventores en el instituto Södra Latin-, construyó una serie de accesorios que podían acoplarse al aparato de vapor. Se trataba de sierras, cepillos, cascabeles y toda una serie de aparatos carentes por completo de sentido, que lo único que hacían era básicamente moverse.
Henry no tenía ni de lejos el talento tecnológico de Verner, pero poseía un auténtico don para hacer chapuzas con cualquier cosa que se moviera. Por su parte, Verner y Leo podían pasarse días y semanas seguidas construyendo realistas maquetas de casas, aviones y automóviles -fue justamente aquella tenacidad fraternal y obstinada lo que los unió, aunque también fue lo que los separó de los chavales impacientes, distraídos y peleones del barrio-, para después colocar en estantes sus modelos meticulosamente montados y de vez en cuando lanzarles miradas satisfechas.
Henry no tenía paciencia para aquellas cosas. Sus maquetas siempre quedaban como desgarbadas, como monstruos a medio acabar. Los aviones debían ser inexorablemente probados, y los lanzaba desde la ventana del cuarto piso, de modo que acababan hechos añicos en la acera, siempre para gran sorpresa de Henry. Las maquetas de automóviles eran colocadas entre el tráfico, donde acababan pulverizadas bajo las ruedas de los auténticos vehículos, y en consecuencia Henry no poseía ninguna maqueta montada por él mismo. Por otra parte, no merecía la pena conservar ninguna de sus creaciones. Siempre creyó que se podía aplicar pintura sobre los ensamblajes mal hechos y otros fallos cometidos por haber cortado, serrado o limado con demasiada prisa y avidez. Pero eso solo conseguía empeorarlo. Extrañamente, la pintura y el barniz tenían el efecto de hacer resaltar el fallo de manera aún más evidente.
Así que Henry era un tramposo y un chapucero y, por lo que sé, con los años no mejoró apenas. Aunque cuando alguien lo pillaba y descubría el truco, ya fuera el profesor de trabajos manuales o algún jugador de póquer, siempre sabía salir del atolladero hablando: podía llegar a desquiciar a cualquiera. Ahí radicaba su gran talento. Tal vez el Arca -el gran barco que había empezado a construir junto a su abuelo en la isla de Storm, en el archipiélago- fuera la única excepción. Aunque tampoco llegaría a terminarla.
Es probable que Verner fuera la única persona totalmente inmune a los subterfugios y las excusas de Henry. Verner lo veía venir. Por eso nunca le perdonó que desmontara aquella impresionante máquina de vapor para una limpieza innecesaria e inútil, después de la cual nunca más volvió a funcionar. Verner se puso hecho una furia y dijo que jamás le perdonaría, pero eso poco preocupó a Henry. Siguió jugueteando con todo aquello que se moviera, y además había descubierto algo con movimiento mucho mejor que la máquina de vapor. Henry había comenzado a tocar dixieland. Formó un grupo en la escuela, que pronto se ganó bastantes admiradoras que se movían de forma considerablemente más excitante que una trivial y pueril máquina de vapor.
Henry llegó a casa justo para la cena. Leo salió de su habitación, dejando atrás los libros o la colección de sellos o el herbario, y no saludó a nadie. Tenía muchas cosas en la cabeza. Greta se quedó mirando a Henry cuando este se sentó a la mesa de la cocina. No necesitaba decir nada: él sabía exactamente lo que su madre quería escuchar, pero no pensaba complacerla. Greta solo quería escuchar unas pocas palabras acerca de dónde había pasado todas aquellas noches que no había ido a casa. La noche anterior había llegado justo a la hora del combate entre Ingo y Floyd, y al parecer era el único motivo que había tenido para ir a casa. Simplemente quería escuchar unas sucintas palabras para asegurarse de que no estaba haciendo nada malo por las noches. Últimamente se estaban cometiendo muchas fechorías nocturnas en la ciudad. Había leído en los periódicos acerca de la horrible banda de Spilt en Östermalm, cuyos miembros asaltaban y robaban a la gente, se drogaban, perpetraban atracos y toda suerte de delitos. En los jardines de Björn había otra banda, mientras que la banda del Metro centraba sus actividades delictivas en la red metropolitana. Parecía como si toda la ciudad hubiera sido tomada por gánsteres. La policía estaba desbordada y era incapaz de mantener el orden. La cosa estaba tan mal que incluso los rockeros tenían que reunirse en la iglesia de Liljeholmen.
Greta quería tener una mínima garantía de que Henry iba por el buen camino, porque no quería enterarse por terceros de posibles descarríos. Si estaba pasando algo, quería ser la primera en saberlo. Era lo menos que podía esperar, como solía decir una y otra vez desde que se había quedado sola con los chicos. Henry le había prometido que la mantendría informada. Y casi siempre lo hacía, pero de un tiempo a esta parte se había mostrado menos comunicativo y entre semana pasaba muchas noches fuera. Eso no le gustaba nada a Greta.
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