Klas Östergren - Caballeros
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¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?
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El chico de Nils-Erik quería a toda costa echarse un pulso con Henry o hacer cualquier otra competición de fuerza en presencia de la chica para que esta se decidiera por uno de los dos. Se trataba simplemente de que uno de los muchachos eliminara al otro. Y la chica no puso ninguna objeción.
Leo observaba aquella representación desde su barril un tanto divertido. Temía que Henry estuviera abocado a una derrota segura, porque los hijos de Nils-Erik eran muchachos robustos y ya habían empezado a beber aguardiente. Más entrada la noche, la nave de Norrängen era un gran caos de pescadores borrachos, matronas parlanchinas, chicas que reían, veraneantes que peleaban y gente que ya se había dormido, apoyada sobre la mesa o confortablemente acurrucada en el granero. Henry y el hijo del pescador salieron afuera para arreglar entre ellos el asunto de la chica, y Leo no se atrevió a seguirlos para ver cómo acababan. Estaba casi seguro de que Henry sería derrotado rápidamente.
Cuando el Barón del Jazz tocaba el último vals de la noche -todavía había gente con fuerzas para seguir bailando, incluso hasta el último baile-, Leo, el pequeño botánico de diez años, salió de la nave. Se adentró en la brillante noche de verano, respiró hondo el aire sano, húmedo y saturado, y fue paseando hasta el bosque. Quería estar solo un rato, meditar y reflexionar sobre las cosas en las que piensa un chaval de diez años. Quizá intentaba descubrir cuál era el defecto que tenían los chicos retrasados, cuál era su enfermedad. Leo había visto en libros de medicina imágenes de gente deforme con enormes cabezas hidrocéfalas o mínimas como las de un alfiler, con narices grotescas o casi sin nariz, otros sin brazos o con las piernas larguísimas, gente con un solo ojo o sin boca. Había una gran cantidad de variantes y Leo conocía los nombres de muchas de esas enfermedades, bautizadas en honor de los eminentes médicos que habían descubierto la causa de la dolencia. Siempre eran nombres extranjeros, nombres alemanes. Tal vez Leo podría encontrar algún defecto especial en los chicos de Storm que se llamaría la enfermedad de Morgan, y lograr que se curaran. O quizá descubriría una flor hasta entonces desconocida, Morgana morgana , que haría que su nombre fuera célebre, eterno e infinitamente repetido mientras los estambres y los pistilos siguieran cumpliendo su función y la tierra fuera fértil.
Vagaba fantaseando con su ambicioso sueño infantil cuando oyó cómo el aire salía del acordeón allá en la nave. La gente se iría casi a rastras hasta sus casas y las sonrientes mozas recogerían flores para ponerlas bajo la almohada. Se dio la vuelta, y caminó despacio hacia la nave y al lugar de las celebraciones. Cuando llegó ya se habían marchado todos, el fuego en el patio estaba apagado y una delgada columna de humo se elevaba hacia el cielo despejado. Se fue completamente solo desde el prado hacia las casas de las rocas. Aquí y allá podía oír algunas risas y carcajadas, pero no les prestó atención. No se estaban riendo de él.
Se sentó en una roca para contemplar la salida del sol con su expresión de interés precoz, cuando vio a Henry y a la chica que se acercaban por el agua. Salieron de un embarcadero en un bote de remos embreado. Henry remaba y la chica sonreía indolentemente tendida en el suelo del bote. Por lo visto, Henry había vencido. El chico de Nils-Erik había sido claramente derrotado. Leo no pudo evitar sentirse un poco orgulloso. Henry no vio a su hermano en la roca. En aquellos momentos solo tenía ojos para aquella chica, e intentaba remar como todo un hombre. Iban rumbo a los islotes.
En aquella noche los niños podían estar fuera hasta la hora que quisieran. A algunos padres también parecía gustarles aquello, porque las paredes de las habitaciones eran muy finas. Leo permaneció allí un rato más, ya que no le apetecía irse a casa. Estaba despejado y lúcido, feliz en su soledad. Nadie le importunaba con preguntas molestas ni le decía lo que debía hacer. Era completamente libre. Podía quedarse sentado en aquella roca tanto como le apeteciera, sentir cómo el sol calentaba lentamente la piedra que había debajo de él y perderse en los sueños que quisiera. Pudo ver cómo la barca de Henry y aquella chica se deslizaba por la bahía… Dios, qué condenadamente deprisa podía remar de pronto, alejándose hacia algún lugar solitario ideal para chicos seductores como Henry. Había heredado todos los encantos de su padre. Al menos eso era lo que decían las mujeres de Storm. El Barón del Jazz era muy popular en la isla, y especialmente durante la noche del solsticio, cuando tocaba el acordeón y flirteaba con todas las señoritas.
Leo siguió la barca con la vista, que se dirigía hacia el tranquilo archipiélago, donde una delicada e incesante brisa rizaba el agua y algunas gaviotas iniciaban silenciosamente su pesca matutina. Tal vez planeaba refugiarse en algún escollo, pensó Leo. O quizá pensaba remar hasta la isla Orm, que estaba llena de víboras, para que Henry pudiera demostrar que se atrevía a tratar con reptiles venenosos, porque así era. Unos años atrás -Leo no podía recordar exactamente cuándo-, Henry había guardado unas víboras en una caja de cartón solo para demostrar que no mordían si se las trataba bien. A Greta casi le da algo cuando se enteró. Amenazó con arrojar la caja al mar, aunque nadie sabía cómo iba a hacerlo, ya que ni siquiera se atrevía a acercarse. Finalmente Henry le prometió que iría remando hasta la isla de Orm con las víboras, y eso fue lo que hizo. Leo también odiaba las culebras, y siempre tenía miedo de que hubiera alguna serpiente entre las hierbas del prado cuando iba a buscar plantas. Una vez le ocurrió, y Leo se quedó completamente hipnotizado por el reptil, que estaba adormecido al sol. Era una mañana luminosa y brillante, y la serpiente parecía removerse por el calor, pero Leo ni siquiera pudo echar a correr. Fue incapaz de dar un solo paso. Se quedó completamente inmóvil durante una hora, hasta que la serpiente se fue reptando por entre la hierba y desapareció. Entonces se rompió el hechizo, Leo echó a correr hacia la casa y no quiso salir en varios días. Henry le prometió que se encargaría de todas las serpientes que viera, y Leo se imaginó que su hermano tenía alguna especie de pacto secreto con las culebras, porque no le mordieron nunca. Muchos años después -cuando Leo iba al instituto de Södra Latin y había empezado a escribir poemas-, encontró algunas similitudes entre la vida de Stig Dagerman y la suya propia, y probablemente no fue casual que uno de los apodos con que firmaba en la revista del instituto fuera Ormen, «la serpiente». Era un seudónimo provocativo: es fácil transmitir miedo, pero difícil hacerlo con elegancia. La serpiente asusta por su precisión enigmática, su rigor misterioso. Es un lazo moteado, un cable cargado de terror venenoso que puede paralizar a un barracón entero de hombres hechos y derechos. La serpiente es silenciosa: nadie puede oír su corazón ni conmoverse ante su mirada, ya que no tiene ninguna necesidad de compasión.
Quizá fuera precisamente en aquella noche de solsticio cuando Leo juró a la serpiente su devoción llena de odio, porque de golpe entendió que él mismo era inconsolable. De repente -sin aviso, sin que una sola campana de Storm sonara para advertir a la gente de la catástrofe-, aquella noche de verano se vio iluminada por una luz terriblemente brillante, diáfana y despiadada, como lo es siempre lo inconcebible. Leo acababa de llegar a casa desde los escollos cuando sonó la alarma. De pronto la gente empezó a gritar con voces estridentes pidiendo ayuda. Leo oyó un gran lamento distante procedente de la playa, y se dirigió corriendo hacia allí. Pudo ver el acordeón rojo y cromado de su padre brillar al sol de la mañana sobre una roca cerca de la orilla. Pudo ver a su abuelo, a Nils-Erik y a algunas mujeres que arrastraban algo fuera del agua. No se veía a Greta por ninguna parte, pero Leo oyó cómo todos pronunciaban su nombre. Alguien debería ir a buscarla. Cuando el abuelo vio a Leo le gritó que se detuviera, que se quedara quieto donde estaba, que se marchara a casa o a donde fuera. «Pobre muchacho», oyó decir a una de las mujeres que se dirigía corriendo hacia él y lo tomaba entre sus brazos sollozando y diciendo que aquello era tan horrible, tan espantoso, y Leo notó que la señora olía a café, café recién hecho. Lloraba apoyándose en el pequeño hombro de Leo, apretando su rostro contra el de él, y entre sollozos hablaba del padre de Leo, el Barón del Jazz, y decía que «había sido» tan buena persona, tan alegre y demás. Y después Leo ya no oyó nada más. Leo no oyó nada y no dijo nada, pero vio todo lo que no debería haber visto tan claramente como si se hubiera tratado de una ilustración de Los viajes de Gulliver .
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