Klas Östergren - Caballeros
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¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?
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Esto podría parecer el principio de una almibarada novela ambientada en una casa solariega y protagonizada por un caballero de alcurnia y una joven del pueblo, a pesar de que el relato que me presentó Henry Morgan de la historia estaba despojado de alusiones de excesivo relumbrón. En su versión -llena de sentimentalismo, lamentos y banalidades-, la vida misma devenía un auténtico folletín de revista femenina.
La joven y dulce Greta Jansson de Storm se convirtió en una especie de línea divisoria familiar. El Barón del Jazz estaba enamorado de ella hasta la médula, y él recibió la bendición de su padre y la maldición de su madre. La señora Morgonstjärna, con un untuoso sermón de despedida, repudió a su hijo Gustaf, junto con el Diablo y Louis Armstrong. Su hijo ya no era bienvenido en aquella casa; solo por encima de su cadáver podría volver para reclamar su herencia que, desgraciadamente, no podía negarle. Tampoco es que tuviera ningún derecho legal para ello, ya que la modesta herencia que finalmente recibiría su hijo consistía en una carpeta procedente de la rama paterna de la familia.
Y fue en medio de todo aquello cuando el Barón del Jazz cambió de nombre definitivamente, para mayor disgusto aún de su orgullosa madre. Gustaf Morgonstjärna desapareció para siempre del registro nobiliario, y así se introdujo Gus Morgan, alias el Barón del Jazz, en el mundo del jazz sueco.
Así es como ocurrió. A principios del verano de 1940, cuando la engrasada maquinaria de guerra alemana ocupó Dinamarca y Noruega después de tomar París, la pareja se fue a Storm para pasar la noche del solsticio de verano. Un pastor llegado desde Kolholma celebró el matrimonio entre Gus y Greta Morgan y, en aquella noche de solsticio, se celebró una fiesta que probablemente requeriría a un titán del calibre de Strindberg para ser descrita.
Fue allá en la isla de Storm donde los chavales pasaron los veranos de su infancia. Aquella isla paradisíaca se convirtió para el poeta Leo Morgan en el mismo «ramo de flores en el mar» que había sido Kymmendö para Strindberg. Greta pasaba todas las vacaciones en su isla natal, mientras que el Barón del Jazz estaba casi siempre viajando a lo largo y ancho del país en giras que no parecían tener fin. A principios de los años cincuenta vivió su época de mayor gloria como músico. Existe una foto en la que aparece formando parte del grupo que rodea a Charlie Parker, que a principios de la década realizó una gira por todo el país. La imagen está tomada en un sótano en Gamla Stan, en plena jam session a altas horas de la noche, una actuación que se consideró entre las mejores de Parker. Probablemente también fue una de las mejores del Barón del Jazz. Él fue uno de los primeros en introducir el bebop en Suecia. Se entusiasmó cuando Gillespie vino en 1948, pero comprendió que aquel estilo de jazz tardaría en ser aceptado por el gran público y que no podría ganarse la vida tocando bebop en Suecia. Por el dinero y por el pan de cada día, tuvo que seguir haciendo giras con orquestas de baile y contentarse con tocar con las bandas locales en sesiones ocasionales. Además, siempre era bien recibido en aquellas actuaciones. Se le podía ver de vez en cuando en la periferia de los círculos que rodeaban a Hallberg, Domnérus, Gullin, Svensson, Törner, Norin y otros de los grandes. A menudo podía escuchársele por la radio, pues era un hombre de trato cordial, no del tipo de tantos músicos de jazz autocomplacientes y arrogantes. El Barón del Jazz era la alegría personificada, y eso se notaba en su tono; carecía de aquella vertiente agresiva. Tocó bebop en el festival del solsticio, más líricamente seductor que cruelmente demoníaco, una cualidad que no pasó por alto a Estrad, Orkesterjournalen y otras publicaciones importantes. Al Barón del Jazz se le auguraba un futuro espléndido; entonces todavía era joven, padre de dos chicos y estaba pletórico de energía.
Henry cumplió diez años en 1953, y para entonces el Barón del Jazz ya había empezado a instruir al chico. Henry tenía un enorme talento para el piano y recibía tanto formación clásica -con una señora de la calle Göt- como moderna, por parte de su padre. En ocasiones Henry se iba de gira con el Barón los fines de semana, lo que encantaba al muchacho. Se quedaba sentado durante horas escuchando música de jazz, aunque en realidad era mejor escuchar lo que hablaban que lo que tocaban. Los músicos de jazz tenían una forma de hablar distinta. Poseían un idioma propio, lleno de palabras extrañas y misteriosas que habrían hecho enrojecer a Henry si las hubiera entendido.
Eso era lo que Henry prefería recordar de su infancia, como parte del equipaje de las exitosas giras sin fin de su padre desde Ystad a Haparanda. Leo, por su parte, era demasiado pequeño para acompañarlos. Había nacido en 1948, era flaco, anémico, quejumbroso, siempre estaba enfermo y postrado en la cama, y no tenía ganas de escuchar a su padre ni de acompañarlo en los conciertos. Prefería quedarse acostado con algún pesado y polvoriento libro que parecía que iba a aplastar aquel tórax de pajarillo con el que ni siquiera hubiera podido llenar un dedal de aire, aún menos un instrumento.
Así que pasaban los veranos en Storm, donde los encargados de cuidar de los críos eran los abuelos maternos. Con Leo nunca había ningún problema: se quedaba en casa acurrucado, leyendo libros y coleccionando plantas. Peor era tener la responsabilidad de cuidar de Henry, ya que aquel chiquillo, solo haciendo acopio de toda la paciencia de que era capaz, podía quedarse quieto el tiempo que se tarda en beber un vaso de leche y comer un bollo de canela recién salido del horno.
El Leo que uno encuentra en Herbario es seguramente también el mismo del que sus abuelos cuidaron en Storm. Era un niño pequeño y delgaducho, que se levantaba temprano por las mañanas para vestirse corriendo e irse a los prados en busca de plantas raras. Naturalmente tenía una auténtica cajita de coleccionista, que era su joya más preciada. El pequeño botánico salía al campo mientras aún había rocío, y se pasaba fuera muchas horas recogiendo plantas con una tenacidad y una concentración propias de un adulto. Cuando Leo quería algo, lo quería profundamente. Henry, por el contrario, no podía concentrarse nunca en nada. Ni siquiera aprendió en toda su vida a escribir sin faltas. Pero Leo trabajaba callada y concienzudamente, y acababa siempre todo lo que se proponía. Llegaba a casa a la hora de comer con su bote redondo metálico lleno de flores, que después secaría en la prensa, montaría en unas carpetas de cartón en distintos álbumes y registraría en su catálogo de las diversas familias, géneros y especies.
La abuela de los niños veía en todo aquello algo religioso. Un niño normal y corriente no podría conseguir, con tal serenidad de ánimo, una colección de plantas tan maravillosa y singular. Leo estaba hecho «de otra pasta», como se decía en el norte. Era visiblemente diferente. Leo era divinamente talentoso: «estaba en contacto». Según la abuela, las personas que se distinguían de la masa por virtud de un exagerado celo o una beata devoción «estaban en contacto». Y ese contacto, naturalmente, era en vertical. Dios tenía a Leo bajo su amparo y la abuela no necesitaba preocuparse de él.
No salía a jugar ni aunque hiciera sol. De bebé a Leo le salían eccemas por el sol, y ya de niño le escocían los ojos con los fuertes rayos solares. Mientras los otros críos se zambullían en las olas desde el embarcadero, Leo se quedaba a la sombra leyendo. Detestaba nadar y nunca se metía en el agua. Había aprendido a odiar el agua ya desde la escuela. El agua y el terror instintivo del niño iban inextricablemente unidos.
En la escuela primaria la natación formaba parte de la enseñanza. Así había sido durante muchos años, todos los semestres, hasta que los chicos consiguieran nadar diez metros debajo del agua. Se trataba de una norma sin carácter oficial ni preceptivo, simplemente dispuesta por un profesor de natación fascistoide, con el pelo rapado y zuecos de madera blancos perforados, llamado Aggeborn. No se daba por satisfecho hasta que todos los chicos hubieran superado la prueba y les hubieran salido pelos en la entrepierna. El programa era una tortura terrible, incluso para los granujas de la clase. En las desapacibles, gélidas y tediosas tardes de invierno tenían que ir a la piscina, donde eran obligados a bañarse en un agua cuya temperatura rara vez superaba los quince grados. El proceso era tan despreciable como ritual. Después de desnudarse completamente en una sala enorme llena de bañeras diminutas, tenían que restregarse los flacuchos y tiritantes cuerpos hasta quedar limpios. Tras el momentáneo alivio del agua caliente de la bañera, los chicos debían ponerse en fila para rascarse la espalda unos a otros con cepillos de gruesas cerdas y un jabón que olía a animales. Leo siempre tenía la mala suerte de ponerse delante de uno de los chicos más gamberros de la clase, que le frotaba tan fuerte que le quedaba toda la espalda marcada durante días. La sala estaba fría y había corriente de aire, y los críos temblaban y solo querían irse a casa. Pero después eran conducidos en manada afuera hasta la piscina, con los pies sobre el frío suelo de afiladas baldosas que cortaban la piel, mientras el cruel profesor de natación controlaba los movimientos de las piernas. Los que lo hacían mal, los que no apoyaban bien la planta de los pies, recibían una patada de los zuecos de madera blancos. Durante toda su vida Leo relacionaría aquellos cuerpos tiernos y calientes de niños pequeños en habitaciones frías y alicatadas con las imágenes que por aquella misma época empezó a ver de los campos de exterminio nazis de Polonia. El patrón era exactamente el mismo: gente desnuda, privada de cualquier vestigio de dignidad, expuesta a los arbitrarios experimentos de sus presuntos superiores. En un poema, probablemente de mediados de los años sesenta, Leo Morgan escribió con su más cruel humor: «En alguna parte hay una radio/que solo emite cifras / quemadas en la piel / desde las claras salas / donde los nazis escriben a máquina/las actas inmaculadas del exterminio/del último baño de toda la raza…». Era lo que la desnudez y los baños significaban. Estar desnudo significaba ser vulnerable. Leo quería permanecer vestido. Necesitaba protección en este descarnado mundo.
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