Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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Exactamente veinte años después, Henry Morgan y yo estábamos en el cementerio de Skog encendiendo velas por los muertos. Era el día de Todos los Santos, y Henry me explicaba que durante el entierro había aullado y gemido como un becerro. Había intentado comportarse como un hombre y aguantar el llanto, pero sin éxito. Era el final de un largo período de sufrimientos y pesares infernales. De golpe, la noche del solsticio se había hecho inexplicablemente clara mientras remaba de vuelta con aquella chica desde el islote, donde habían hecho uso de un paquete entero de condones tumbados en una vela extendida sobre las rocas. En cuanto puso el pie en tierra, notó que en Storm pasaba algo. Se despidió de la chica, que, con el maquillaje estropeado y algunas manchas en el vestido se fue corriendo hacia su casa. Poco después descubrió lo que había ocurrido mientras él hacía el amor en el islote. Henry se sintió tan avergonzado que perdió por completo los estribos. Se dirigió como una tromba hacia el cobertizo y allí empezó a destrozar a golpes de hacha el Arca, que permanecía allí como un fragmento de un sueño realizado. Si el abuelo no lo hubiera empujado y tirado al suelo y le hubiera quitado el arma, lo habría destrozado totalmente. Tras aquel intermezzo, Henry pareció cambiar por completo de actitud y se dedicó aún con mayor ahínco a reparar los daños. Se pasó un día entero dándole al hacha, a la sierra y al formón sin descanso, para reparar el barco lo mejor que pudo. Todo aquel tiempo estuvo llorando, con las lágrimas rodando por sus mejillas, por lo que las medidas, cortes y líneas tal vez no quedaron tan precisos como los realizados por el abuelo.

Leo, el pequeño de diez años, refrenó sus emociones e intentó consolar a su madre cuanto pudo. Ella lo llamaba su ángel; se abrazaba fuertemente al pequeño y lo llamaba su ángel. Aunque había estado en el mismo centro de la tragedia, parecía que se hubiera encontrado en el ojo del huracán. Era como si nada de aquello le hubiera afectado, como si hubiera ganado una porción de perfección en lugar de perder algo frágil y perecedero. Todos coincidían en que aquel chico de cara fina y avejentada, de mirada triste y solemne, era digno de admiración.

El duelo se extendió rápidamente por todo el país y Greta se convirtió en una viuda célebre: había muchas personas que compartían su pesar. Naturalmente surgieron ciertas especulaciones referentes a la repentina muerte del Barón del Jazz. Algunas lenguas maliciosas dieron a entender que su muerte no había sido en absoluto fortuita, pero solo eran habladurías. De hecho, el Barón del Jazz estaba en su mejor momento: había atisbado la luz del amanecer de su vida y no tenía motivo alguno para caer en la desesperación.

«HA MUERTO EL BARÓN DEL JAZZ», rezaba el titular del periódico matutino más importante, y su conocido crítico musical dedicó una columna de no menos de treinta centímetros acompañada de una fotografía a la memoria de Gus Morgan. En el artículo elogiaba «su característico tono cálido y lírico, que para muchos ha simbolizado la esencia del jazz sueco; un encuentro entre la violenta nación del oeste y nuestra serenidad nórdica… lo que demuestra tanto la potente originalidad del Barón como la universalidad de la música…». El crítico acababa con unas palabras tan reverentes como conmovedoras: «El parnaso del jazz sueco ha perdido a su barón, a su príncipe heredero».

El cortesano

(Henry Morgan, 1961-1963)

Todo el mundo hablaba del combate allí en el Club Atlético Europa. Todo Estocolmo, toda Suecia, tal vez el mundo entero, hablaba del combate aquel día. Henry, como de costumbre, silbaba «Putti Putti», que se encontraba en la zona intermedia del Top Ten, mientras se sacudía la nieve pesada, húmeda y resbaladiza de sus zapatos y saludaba a Willis, que estaba cambiando una bombilla que se había fundido.

– Ahora eres nuestra última esperanza -dijo Willis-. Tardaremos mucho en tener un nuevo campeón.

– Si es que alguna vez lo tenemos -dijo Henry-. Ingemar nunca se recuperará de ésta, never .

Todo el mundo había escuchado el combate por la radio, la tercera y definitiva pelea entre Ingo y Floyd: el «Momento Decisivo», como se anunciaba el espectáculo en Miami Beach. El KO en el séptimo asalto cayó como un rayo a través de un brillante cielo azul. Floyd había besado la lona en dos ocasiones en el primero, y había recibido bastante en el sexto y también en el último. Los periódicos hablaban de un cuarto combate, pero la gente del mundillo pugilístico sabía que no habría revancha por parte de Ingo. Era demasiado inteligente para ello.

Henry se había pasado casi media noche tumbado delante de la grande y magnífica Philips de Leo. Leo se había quedado dormido antes de que empezara el combate porque el boxeo no le interesaba en absoluto. A Leo le gustaban las flores.

A pesar de la derrota de Ingo, los muchachos del Europa entrenaban como siempre. Se trataba de llegar a convertirse en un nuevo Ingo, como decían los carteles, y quizá aquello ahora adquiría un nuevo significado para algunos. Ahora había realmente un «viejo» Ingo.

– ¡Venga, vamos! -le urgía Willis mientras Henry se ponía los guantes-. Tienes que seguir con el programa. Últimamente no se te ha visto mucho el pelo por aquí.

– He estado estudiando -repuso Henry a modo de disculpa.

– Ya no me creo la excusa de los estudios -dijo Willis-. Tendrás que inventarte algo mejor.

– Lo haré -contestó Henry.

Sonrió entre orgulloso y avergonzado, y empezó a golpear las almohadillas que Willis sostenía en las manos. Willis dedicaba bastante tiempo a Henry Morgan porque ya desde el primer momento había visto algo muy especial en aquel granuja. Era como si Henry hubiera nacido para el boxeo. No era un boxeador bruto; tenía un cuello y unos hombros de constitución fuerte, pero eso no era un lastre. Poseía elasticidad, agilidad, brío y una apropiada dosis de fantasía: sin esas cualidades, se habría convertido simplemente en un toro, un bruto. Además, Henry tenía ritmo. Su padre, el Barón del Jazz, había sido amigo de Willis, porque la ayuda del antiguo campeón había sido requerida para mantener el orden en la entrada de algunos clubes y bares de baja estofa. El Barón del Jazz había actuado en todos los bares de la ciudad. Willis no era ningún experto en jazz, pero cuando el Barón tocaba no podía dejar de escuchar. Tenía algo realmente especial. Todo el mundo sabía que era de familia bien, pero él era muy sencillo, una persona muy normal. Su muerte supuso una gran conmoción. Los periódicos escribieron sobre un accidente, y no había razón alguna para pensar de otra manera.

Willis se hizo cargo de Henry y lo inició en el mundo del boxeo para ayudarle a superar la muerte de su padre. Cuando Henry se ponía los guantes, era casi como si tocara el piano: su estilo era totalmente armónico y sobrio. No había brusquedad, desesperación, sufrimiento o superfluidad en el estilo pugilístico de Henry. Willis nunca había tenido necesidad de ir detrás de él con las tijeras de podar, como solía decir. Cuando los novatos llegaban al Europa, siempre sacaba las tijeras. Tenía que podar y recortar como el jardinero hace con sus arbustos para que adquieran la forma adecuada.

Pero Henry Morgan ya estaba bien podado y recortado; los guantes le encajaban a la perfección, tal como debía ser. En su caso eran otros los motivos de preocupación, porque también era un pupilo problemático. El principal problema era que, en cuanto se programaba un combate con Henry, siempre tenía que haber alguien de reserva a mano. Entrenaba a fondo para la pelea, se preparaba como nunca y alcanzaba su mejor forma física, pero justo antes del combate simplemente desaparecía, se lo tragaba la tierra. Nadie sabía dónde estaba, y lo único que se podía hacer era sacar al mejor reserva disponible, que siempre perdía y sumaba otra derrota para el Club Atlético Europa.

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