Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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– Una gran noche, Bill -dijo una chica en la oscuridad-. Una gran noche.

– Claro -dijo Bill-. Creo que no conocéis a Henry Morgan -continuó, señalando a Henry con la cabeza-. Ha sido nuestro ángel de la guarda esta noche. Te presento a Eva y a Maud.

La chica llamada Eva se acercó a la mesa de los músicos llevando consigo a la llamada Maud. Las dos parecían tener la edad de Henry, auténticas chicas dixieland con pantalón elástico negro y jersey islandés. Seguro que también llevan trencas con capucha cuando hace frío, pensó Henry.

– Se te ve muy gracioso con esa corbata -dijo Eva. Henry se sintió un tanto avergonzado y ofendido, y ella lo notó inmediatamente-. No te lo tomes a mal. Bill no tiene mucho mejor aspecto.

– Bueno… ¿qué hacemos ahora? -dijo Bill.

– Podemos ir a mi casa, si queréis -dijo la chica llamada Eva mirando a los que estaban en la mesa.

– Pues claro que queremos -dijo Bill-. ¿Tú qué dices, Henry?

– Muy bien -contestó Henry-. Pero antes tengo que comprar cigarrillos.

Se acercaron a los otros miembros del cuarteto, que estaban bebiendo una botella de vino con un aspecto aún más introspectivo si cabe, y Bill estableció la hora del siguiente ensayo. Después dijo algo sobre Henry que este no pudo oír.

Aquella madrugada de principios de marzo hacía un frío desapacible y opresivo. Eva y Maud, efectivamente, llevaban trencas con capucha, pero aun así tenían frío. A aquellas horas no había autobuses ni tranvías, pero por suerte Eva vivía en Odenplan, así que solo tuvieron que subir por la calle Drottning. Estaban hablando de París; todos habían estado allí… salvo Henry.

– París es la ciudad, sin duda -decía Bill tiritando-. Allí nunca hace este jodido frío. Y si hace una noche fría, siempre hay un montón de bares para entrar en calor. Mucho calor…

– El pasado otoño vi una noche a Sartre -dijo Eva-. Era muy bajito y encantador.

– Sartre es lo más fuerte -dijo Bill-. Las manos sucias , ¡joder, menuda obra! Tan poderosa…

– ¿Has leído algo de Sartre? -preguntó la chica llamada Maud, cogiendo a Henry del brazo.

– Leo muy poco -dijo-. Bueno… Damon Runyon, quizá. Ellos y ellas , ese me gusta.

Comprendió que Bill y aquellas chicas no eran como la gente con la que estaba acostumbrado a tratar. Eran gente muy puesta, que había leído a aquel francés pelmazo del que siempre hablaban los profesores en el instituto. Henry leyó Ellos y ellas y le pareció bueno, pero nunca había abierto un libro de Sartre. Y tampoco pensaba que fuera a hacerlo nunca.

– Ellos y ellas no está mal -dijo Bill-. Pero tienes que leer a Sartre. Las manos sucias . Si lees a Sartre, entenderás mejor de qué va el jazz.

– ¿Y eso? -dijo Henry un tanto molesto.

– Bueno… trata de los temas fundamentales. Como el jazz auténtico. No el dixieland. ¿Sabes?, sientes que tienes que elegir una cosa u otra. Te enfrentas a una elección con varios caminos que pueden ser el correcto, y te sientes angustiado porque justo en ese momento no sabes qué camino tomar. El que parece bueno hoy puede ser erróneo mañana, y te quedas allí plantado como un idiota, desconcertado. Siempre y cuando no creas en Dios, claro está.

– Me duele el estómago -dijo Eva-. Me duele el maldito estómago.

– Es por el frío -dijo Bill metiendo una mano por dentro de su trenca-. Ojalá estuviéramos en París.

El apartamento de Eva era frío y anticuado. Encendieron inmediatamente la estufa, usando cajas de azúcar vacías. Bill empezó a hojear uno de los muchos libros que había de Dostoievski, y Henry echó un vistazo a los discos. Enseguida se sintió como en casa.

La chica llamada Maud trajo una bandeja con tazas de té y panecillos suecos y la colocó enfrente de la estufa.

– ¿Qué haces cuando no estás tocando? -le preguntó a Henry.

– Todavía voy al instituto -dijo Henry, irguiéndose un poco.

– ¿Cuántos años tienes? -preguntó ella un tanto sorprendida.

– En junio cumpliré dieciocho.

– ¡Un pipiolo! -gritó Bill-. Tienes toda la vida por delante.

– Y tú, ¿cuántos años tienes?

– Eso no se le pregunta a una señorita -dijo Maud.

– Estos vejestorios tienen veinticinco años -dijo Bill-. Ya están muy pasadas.

Maud sonrió y se fue a la cocina a decirle algo a Eva. Henry supuso que tenía que ver con él, porque ambas se echaron a reír. Se sintió definitivamente como un pipiolo dentro de aquel grupo. Pero también se sentía como en casa.

Al cabo de un rato, Bill puso un disco de absoluta novedad en el que, según dijo, tocaba un saxofonista tenor condenadamente bueno llamado John Coltrane. Era My Favourite Things , y sonaba como algo que nunca hubiera escuchado. Los cuatro se tumbaron en el suelo delante del fuego de la estufa y cerraron los ojos para impregnarse del nuevo John Coltrane, que soplaba de forma tan elegante y vaporosa como era posible a aquellas horas de la madrugada. Bill dijo que sonaba como en París. Henry se quedó adormilado. Sintió que una mano le acariciaba el pelo, pero no se preocupó en saber de quién era. Se quedó mirando el paisaje que las llamas formaban en la estufa. Era un paisaje oscuro y ardiente de lava que latía de forma constante y cambiante. Y el aire del instrumento de Coltrane insuflaba vida a las brasas hasta llegar a ese calor blanco que convierte las ascuas en nada, en cenizas.

Hacía ya bastante que había amanecido, y Henry hubiera seguido durmiendo de no haber sido por el maldito frío. Se despertó por el castañeteo de sus propios dientes, ya que había corriente de aire por el suelo. Alguien le había puesto una manta por encima, pero no era suficiente.

Estaba tumbado en el suelo solo. Bill y Eva se habían acostado en la cama. Bill era el único músico de jazz que Henry conociera que llevaba calzoncillos largos.

Henry se arregló un poco la corbata. Se levantó casi arrastrándose, cerró el tiro de la estufa y se dirigió a la cocina. Desayunó leche de una botella de la despensa, cogió su abrigo y se marchó. En la calle se cruzó con la gente que iba al trabajo. La ciudad empezaba a despertar malhumorada por el frío, las nubes de vaho de los alientos se entremezclaban sobre las aceras y Henry se sintió lleno de vida. Con la espalda un poco rígida, pero agradablemente somnoliento y cansado.

Hundió las manos en los bolsillos del abrigo y echó a caminar de vuelta hacia Gamla Stan. De pronto, encontró en uno de los bolsillos una nota que no tenía por qué estar allí. Sacó el papel y lo leyó: «Rendez-vous hoy a las 13.00. Maud. P. D. Por mí, puedes seguir llevando la corbata. D. S.».

Henry casi se había olvidado de Maud; tampoco le prestó mucha atención cuando ella se marchó del apartamento. Se dio media vuelta y siguió durmiendo a pierna suelta en el suelo. Quizá fuera ella la que le había cubierto con la manta. De todos modos, aquello le puso contento y apretó el paso en dirección al instituto. Se preguntaba dónde estaría el Rendez-Vous y qué clase de sitio sería aquel. Sonaba a restaurante, y no le quedaba mucho dinero. Pero ya se las ingeniaría. «Señor es mi nombre, aunque la pobreza me oprima, dijo el mendigo», solía decir la madre de Henry. Y también él lo decía.

Henry no era de los que suelen llegar a la hora, pero por una vez estaba decidido a ser puntual. Saltó del tranvía en la plaza Norrmalm, caminó por la calle Bibliotek hasta la esquina con la calle Lästmakar y dobló por la subida que llevaba al Rendez-Vous. Había encontrado la dirección en el listín telefónico del instituto.

Maud no ofrecía en absoluto el aspecto que él había esperado. Incluso le llevó un tiempo reconocerla. La noche anterior parecía una jovencita dixieland, pero ahora llevaba un traje marrón con falda plisada. Se había pintado los labios de un rojo oscuro, y su pelo no era para nada negro, además de tenerlo completamente lacio. Fumaba mucho. En el cenicero había ya tres colillas, manchadas de rojo del carmín.

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