Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– ¿Y tu madre?

– Mi madre procedía de un ambiente muy distinto. Tengo que reconocer que ella sí era aristócrata. Pertenecía a una antigua familia de la frontera que, por su propia culpa, perdió toda su fortuna. Mi madre era famosa por su belleza. Menudita, elegante y con una melena rubio platino tan abundante, que daba la sensación de que su fino cuello no iba a poder soportar tanto peso. Mi padre se fijó en ella en un baile y se enamoró a primera vista. No creo que ella estuviera enamorada de él, pero para entonces mi padre ya era una eminencia y, además, rico y ella era lo bastante lista como para saber lo que le convenía. Su familia, aunque no muy contenta, no puso objeciones al matrimonio… Probablemente, se alegraron de librarse de la niña.

– ¿Fueron felices?

– Creo que sí. Me parece que se compenetraron. Vivían en una casa muy alta y fría de Heriot Row, y allí nací yo. A mi madre le encantaba Edimburgo por su vida de sociedad, el ir y venir de gentes, teatros, conciertos, bailes y recepciones. Pero mi padre seguía siendo un aldeano y tenía el corazón en las montañas. Él amaba Strathcroy y todos los veranos venía a pescar. Cuando yo tenía unos cinco años, compró las tierras situadas al sur del río y construyó Balnaid. Él todavía trabajaba y yo iba al colegio en Edimburgo, de manera que al principio Balnaid fue sólo una casa de vacaciones, una especie de pabellón de caza. Para mí era el paraíso y vivía soñando con los meses de verano. Cuando por fin se retiró, se quedó a vivir en Balnaid. A mi madre no le hizo ninguna gracia, pero él era un hombre muy testarudo y al final no tuvo más remedio que transigir. Ella llenaba la casa de invitados, con lo que cada noche estaba asegurada la partida de bridge y la cena de gala. Pero no dejamos la casa de Heriot Row y cuando la lluvia o el viento del invierno se prolongaban durante muchos días, ella encontraba siempre una excusa para ir a Edimburgo, o a Italia, o a Francia.

– ¿Y tú?

– Ya te digo, para mí esto era el paraíso. Era hija única y fui una gran decepción para mi madre porque no sólo era alta y gruesa, sino, además, fea. Destacaba por mi tamaño entre mis compañeras y en la clase de baile era un desastre porque ningún chico quería ser mi pareja. Yo desentonaba en la vida social de Edimburgo, pero en Balnaid no parecía importar mi aspecto y al mismo tiempo podía ser yo misma.

– ¿Y tu marido?

– ¿Mi marido? -La cálida sonrisa de Violet iluminó sus curtidas facciones-. Mi marido era Geordie Aird. Verás, yo me casé con mi mejor y más querido amigo y, después de más de treinta años de matrimonio, él seguía siendo mi mejor y más querido amigo. No hay muchas mujeres que puedan decir eso.

– ¿Cómo lo conociste?

– Fue en una cacería, en el páramo de Creagan Dubh. Mi padre estaba invitado a cazar con Lord Balmerino y, puesto que mi madre se encontraba de crucero por el Mediterráneo, me llevó con él. Ir de caza con mi padre era lo que más me gustaba y procuraba ser útil, le llevaba el macuto y me sentaba en el puesto, más quieta y callada que un ratón.

– ¿Y Geordie era otro invitado? -preguntó Noel.

– No, Noel. Geordie era uno de los batidores. Su padre, Jamie Aird, era el guarda mayor de Lord Balmerino.

– ¿Te casaste con el hijo del guarda? -Noel no pudo evitar que en su voz hubiera incredulidad, pero había también admiración.

– Eso es. Tiene un cierto regusto de El amante de Lady Chatterley , ¿no?, pero te aseguro que no hubo nada de eso.

– ¿Y cuándo fue?

– A principios de los años veinte. Yo tenía diez años y Geordie quince. Me pareció el chico más guapo que había visto en mi vida y, a la hora del almuerzo, cogí mis sandwiches y me senté con los guardas y los batidores y comí con él. Se podría decir que yo tomé la iniciativa. Desde aquel día, nos hicimos muy amigos. Yo era su sombra y él me tomó bajo su tutela. Ya no volvía a estar sola. Estaba con Geordie. Pasábamos el día juntos, siempre en el campo. Me enseñó a pescar el salmón y la trucha. Había días en que caminábamos millas y millas y él me llevaba a las cañadas donde pacían los ciervos y a los picos donde anidaban las águilas. Y, después de corretear todo el día por el páramo, me llevaba a casa de sus padres… en la que ahora vive Gordon Gillock, el guarda de Archie…, y Mrs. Aird me daba bollos y me servía un té bien cargado con su mejor tetera de loza con dibujos metalizados.

– ¿Y tu madre no se oponía a esa amistad?

– Me parece que se alegraba de tenerme fuera de la circulación. Además, sabía que no podía pasarme nada malo.

– ¿Y Geordie siguió el oficio de su padre?

– No. Como mi padre, era listo y estudioso e iba muy bien en la escuela. Mi padre le alentaba en sus ambiciones. Me parece que se veía a sí mismo en Geordie. Por eso Geordie ganó una beca en la escuela secundaria de Relkirk y después entró de meritorio en una firma de censores de cuentas.

– ¿Y tú?

– Por desgracia, crecí. Cumplí los dieciocho años y mi madre vio que su patito feo se había convertido en una oca fea. A pesar de mi tamaño y de mi falta de donaire, decidió que tenía que presentarme en sociedad. Debía pasar la temporada en Edimburgo y ser presentada a la realeza de Holyrood House. Era lo último que yo deseaba, pero por aquel entonces Geordie vivía en Relkirk, en una habitación alquilada, y comprendí que, si me mostraba complaciente y resistía el horrendo plan de mi madre, tal vez con el tiempo llegara a aceptar que Geordie era el único hombre del mundo con el que yo podía pensar en casarme. La temporada y la presentación en la corte fueron, como puedes imaginar, un rotundo fracaso. Una mascarada. Yo, con aquellos enormes trajes de noche de satén bordados de pedrería, parecía una artista de feria. Al final de la temporada, seguía sin un solo pretendiente. Mi madre, profundamente avergonzada, me trajo a Balnaid y me dediqué a cuidar el jardín, a pasear los perros y a esperar a Geordie.

– ¿Y cuánto tiempo tuviste que esperar?

– Cuatro años, hasta que él terminó la carrera y ganó lo suficiente para mantener a una esposa. Yo tenía dinero, desde luego, un legado que recibí a los veintiún años y hubiéramos podido vivir perfectamente de eso, pero Geordie no quería. De manera que seguí esperando. Hasta que llegó el día en que aprobó sus exámenes. Recuerdo que yo estaba en el lavadero de Balnaid, bañando al perro. Lo había sacado a dar un paseo y se había revolcado en una inmundicia. Y allí estaba yo, envuelta en un delantal, chorreando y oliendo a jabón de azufre. La puerta del lavadero se abrió bruscamente y entró Geordie, que venía a pedirme que me casara con él. Fue un momento de lo más romántico. Desde entonces, tengo debilidad por el olor a jabón de azufre.

– ¿Y tus padres que dijeron?

– ¡Oh! Lo veían venir desde hacía años. Mi padre se alegró y mi madre se resignó. Cuando dejó de preguntarse que dirían sus elegantes amistades, creo que comprendió que era preferible que me casara con Geordie Aird a tener una hija solterona incordiándola en sus compromisos sociales. Y así, un día de principios de verano de mil novecientos treinta y tres, Geordie y yo nos casamos. Y, para complacer a mi madre, accedí a ponerme corsé y un vestido de raso tan estrecho y reluciente que me daba la impresión de estar metida en una caja de cartón. Y, después de la recepción, Geordie y yo subimos a su pequeño “Baby Austin” y nos fuimos al “Caledonian Hotel” de Edimburgo, donde pasamos la noche. Recuerdo que, cuando me desnudaba en el cuarto de baño, después de quitarme el traje de viaje, desaté los cordones del corsé y lo deposité ceremoniosamente en la papelera. Entonces hice una promesa. Nadie me obligaría nunca más a usar corsé. Y así ha sido. -Soltó una rotunda carcajada y dio una palmada en la rodilla de Noel-. Ya lo ves, en mi noche de bodas dije adiós no sólo a mi virginidad, sino también al corsé. Y no sabría decirte cual de las dos cosas me produjo mayor satisfacción.

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