Con la maleta en la mano, salió de la cocina, recorrió el pasillo y cruzó el vestíbulo. Allí se detuvo un momento, esperando oír abrirse una puerta, unos pasos, una voz, otra persona. Se oía el tic-tac del viejo reloj, nada más. Siguió andando sin hacer ruido sobre la gruesa alfombra. Pasó por delante del salón y abrió la puerta de la biblioteca.
Nadie aquí tampoco. Vio los almohadones lisos y bien mullidos sobre el sofá. El hogar apagado, un montón de números de Country Life , flores secas con los colores ahumados y oxidados. La ventana estaba abierta y por ella penetraba un aire húmedo y frío. Dejó la cartera y fue a cerrarla. Luego, volvió al escritorio donde le esperaba, pulcramente amontonado, el correo de la semana. Dio la vuelta a un par de sobres, pero sabía que no había nada que no pudiera esperar hasta el día siguiente.
Sonó el teléfono. Lo cogió.
– Balnaid.
Se oyó un chasquido, un zumbido y nada más. Probablemente alguien se había equivocado de número. Colgó y, de pronto, la tristeza de aquella habitación vacía se le hizo insoportable. La biblioteca de Balnaid sin fuego era como una persona sin corazón y sólo en los días más calurosos del verano se dejaba de encender la chimenea. Encontró las cerillas, encendió el papel, esperó a que chisporrotearan las teas y puso unos leños. Saltaron las llamas dando vida a la habitación con su luz y calor. De este modo, se hizo su propio recibimiento y se sintió un poco más animado.
Contempló las llamas durante un rato, colocó el guardafuegos y volvió a la cocina. Sacó de la bolsa el whisky y la ginebra, los metió en el armario y subió a su habitación con la maleta y la bolsa. El reloj de pie acompañó su recorrido. Cruzó el rellano y abrió la puerta del dormitorio.
– Edmund.
Estaba en casa, no había salido. Se pintaba las uñas delante del tocador. La habitación, espaciosa y femenina, dominada por la enorme cama de matrimonio vestida a la antigua, de lino y puntillas, aparecía insólitamente desordenada. Había zapatos en la alfombra, un montón de ropa doblada encima de una silla y las puertas del armario estaban abiertas. De una de las puertas, en una percha guateada estaba colgado el nuevo traje de noche de Virginia, el que comprara en Londres especialmente para esta noche. La falda, con varias capas de un tela muy fina, estaba salpicada de un confeti de lunares negros. Sin Virginia dentro el vestido parecía un poco fúnebre.
Se miraron a través de la habitación.
– Hola -saludó él. Virginia llevaba el albornoz blanco. Se había lavado el pelo y se había puesto los grandes rulos que, según Henry, le daban aspecto de monstruo extraterrestre.
– Vaya, ya estás aquí. No he oído el coche.
– Lo dejé en el garaje. Creí que no había nadie.
Llevó la maleta a su vestidor y la dejó en el suelo. El traje de gala estaba encima de la cama turca. El kilt, las medias, la bolsa, la camisa de noche, la chaqueta y el chaleco. Los botones y las hebillas de los zapatos brillaban como estrellas.
Volvió al dormitorio.
– Me limpiaste los botones.
– Los limpió Edie.
– Muy amable. -Se acercó y se inclinó para darle un beso-. Un regalo. -Dejó la caja encima del tocador.
– ¡Oh, qué bien! Gracias. -Había acabado de pintarse las uñas pero el esmalte no estaba seco. Mantenía las manos abiertas y se soplaba las uñas para acelerar el secado-. ¿Qué tal por Nueva York?
– Bien.
– No te esperaba tan temprano.
– Vine en el primer puente de la tarde.
– ¿Estás cansado?
– Dejaré de estarlo en cuanto tome un trago. -Se sentó en el borde de la cama-. ¿Ocurre algo con el teléfono?
– No lo sé. Sonó hace cinco minutos, pero sólo una vez.
– Lo cogí yo abajo. Pero no se oía nada.
– Lo ha hecho un par de veces. Pero desde aquí se puede llamar.
– ¿Has avisado?
– No. ¿Lo crees necesario?
– Yo llamaré después. -Se recostó en los almohadones, apoyando la cabeza en el cabezal acolchado-. ¿Cómo estás?
Ella se miraba las uñas.
– Bien.
– ¿Y Henry?
– No sé nada de Henry. Ni me han dicho nada ni he llamado. -Le miró y su mirada brillante y azul era fría-. Pensé que a lo mejor no era correcto llamar. Contrario a la tradición, quizá.
O sea, que no estaba perdonado. Pero no era el momento de recoger el guante y precipitar otra pelea.
– ¿Lo acompañaste tú a Templehall?
– Sí, yo lo acompañé. No quiso ir con Isobel, y también Hamish vino con nosotros. Hamish tenía uno de sus peores días. Henry no dijo ni palabra durante todo el viaje. Y no paró de llover. Por lo demás, una fiesta.
– No se llevaría a Moo, ¿verdad?
– No; no se lo llevó.
– Menos mal. ¿Y Alexa?
– Llegó ayer por la mañana con Noel.
– ¿Dónde están ahora?
– Creo que paseando a los perros. Después del almuerzo tuvieron que ir a Relkirk, a recoger el traje de Lucilla de la tintorería. Recibimos un SOS de Croy. Se habían olvidado del vestido y estaban todos tan atareados preparando la cena que nadie podía ir.
– ¿Y qué más ha sucedido?
– ¿Qué mas? Vi celebró su picnic. Verena nos ordena y manda a todos y la prima de Edie ha vuelto al hospital.
Edmund levanto la cabeza una fracción de segundo, como el perro que alza las orejas en actitud de alerta. Virginia, con las uñas ya secas, cogió el paquete que le había traído y empezó a quitar el celofán.
– ¿Ha vuelto al hospital?
– Sí -abrió la caja y sacó el frasco cuadrado y fastuoso, con cuello rodeado por una cinta de terciopelo. Desenroscó el tapón y se lo llevó al cuello-. Delicioso. Fendi. ¡Muy amable! Hacía tiempo que quería este perfume, pero es muy caro para que una se lo compre.
– ¿Y cuándo ocurrió?
– ¿Lo de Lottie? ¡Oh! Hace un par de días. Se puso tan inaguantable que Vi decidió avisar al médico. No hubieran debido dejarla salir. Está loca.
– ¿Qué hizo?
– ¡Oh! Hablar, cotillear, armar líos, hacer daño. No me deja en paz. Es mala.
– ¿Qué decía?
Virginia se volvió de cara al espejo. Lentamente, empezó a sacar las horquillas de los rulos. Una a una, las fue dejando encima del cristal del tocador. Él contemplaba su perfil, la línea del mentón, la curva de su hermoso cuello.
– ¿De verdad quieres saberlo?
– Si no quisiera saberlo, no preguntaría.
– Está bien. Dijo que tú y Pandora Blair habíais sido amante hace años, cuando Archie e Isobel se casaron y Lottie era doncella en Croy. Siempre dices que escuchaba detrás de las puertas. Por lo visto, no se perdió nada. Me lo describió de forma muy plástica. Estaba muy excitada. Como si ello la calentara. Dijo que, por tu culpa, Pandora se fue con un hombre casado y nunca volvió, ahora… -Uno de los rulos se le había enredado en el pelo y le daba tirones-… ahora dice que si Pandora ha vuelto a Croy es por ti. No por el baile, ni por Archie, solo por ti. Que quiere recuperarte.
Otro tirón y el rulo se soltó. A Virginia se le saltaban las lágrimas de dolor. Edmund la miraba, incapaz de soportar que se martirizara de aquel modo.
Recordó la noche en que había encontrado a Lottie en el supermercado de Mrs. Ishak y como lo había acorralado, como él había retrocedido ante su desagradable presencia. Recordó sus ojos, su piel descolorida, su bigote y la furia impotente que había encendido dentro de él, haciéndole casi perder los estribos y anhelando darle un puñetazo. Recordó que había tenido un presentimiento terrible. Un presentimiento justificado, visto lo sucedido. Dijo fríamente:
– Esa mujer miente.
– ¿Miente, Edmund?
– ¿Tú la crees?
– No sé…
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