Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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En Pennyburn, Violet se preparaba para los rigores de la velada que la esperaba.

No recordaba cuando había sido la última vez que había asistido a un baile de gala y, con setenta y ocho años, era poco probable que volvieran a invitarla. Por esta razón, había decidido dar una especial solemnidad a la ocasión. Aquella tarde fue a Relkirk a lavarse y marcarse el pelo por manos profesionales. También le hicieron la manicura; por cierto, la simpática muchachita del almohadón había pasado mucho tiempo sacando tierra de las uñas y bajando la descuidada cutícula de Violet.

Tras la pequeña sesión de embellecimiento, pasó por el Banco, de cuyos sótanos sacó el gastado estuche de piel que contenía la tiara de brillantes de Lady Primrose. No era muy grande y por detrás tenía una cinta elástica. La llevó a casa y la limpió con un viejo cepillo de dientes mojado en ginebra. Era un truco aprendido hacía mucho tiempo de Mrs. Harris, la que había sido cocinera de Croy. Daba buen resultado, pero a Violet le parecía desperdiciar la ginebra.

Después sacó del armario su traje de noche de terciopelo negro, que tenía, por lo menos, quince años. El cuello de encaje estaba descosido y tuvo que repasarlo y los zapatos, de raso negro con hebillas de diamantes, tenían “barbas” en la puntera, por lo que les dio un repaso con las tijeras de las uñas.

Cuando todo estuvo preparado, Violet se dio un pequeño descanso. En Croy no la esperaban hasta las ocho y media. De modo que tenía tiempo de servirse un whisky con soda y sentarse junto al fuego a ver el telediario y “Wogan”. Le gustaba Wogan. Le gustaba su desenfado irlandés y su forma de dar coba. Aquella noche entrevistaba a un joven cantante pop que, por alguna razón, estaba muy interesado en la conservación de los setos vivos. Violet, mientras miraba al muchacho, peinado a lo punk y con pendientes, y escuchaba sus explicaciones sobre los nidos del cerillo, se dijo que las personas daban cada sorpresa… después de Wogan había un concurso. Cuatro personas tenían que adivinar el precio de varios objetos antiguos que se les mostraban. Violet se sumó al juego y descubrió que sus cálculos eran mucho más acertados que los de los concursantes. Estaba empezando a divertirse cuando sonó el teléfono.

¡Qué lata! ¿Por qué el maldito chisme sonaba siempre en el momento más inoportuno? Dejó el vaso, se levantó de su cómoda butaca, bajó el volumen del televisor y contestó.

– ¿Diga?

– ¿Mrs. Aird?

– Sí.

– Aquí el doctor Martin, del “Relkird Royal”.

– ¡Oh, sí! Diga.

– Mrs. Aird, lo siento pero parece que tenemos un pequeño problema. Miss Carstairs ha desaparecido.

– ¿Qué ha desaparecido? -A Violet se le representó un siniestro número de ilusionismo: una explosión, una humareda y Lottie, que se disolvía en la nada-. ¿Cómo ha podido desaparecer?

– Se ha ido. Salió al jardín con otra paciente y no ha vuelto.

– Eso que me dice es terrible.

– Imaginamos que, sencillamente habrá salido por la verja. Hemos avisado a la policía, desde luego y estoy seguro de que no habrá ido muy lejos. Probablemente, volverá por propia iniciativa. Estaba muy contenta, respondía al tratamiento y no causaba ningún problema. No hay razón para que no vuelva. De todos modos, me pareció que debía comunicárselo…

Violet pensó que aquel hombre era un blando.

– Sin duda, deberían ustedes haberla vigilado mejor.

– Mrs. Aird, estamos llenos y faltos de personal. Hacemos cuanto podemos, pero los pacientes ambulantes a los que consideramos prácticamente autosuficientes siempre han tenido cierta libertad de movimientos.

– ¿Y qué hacemos ahora?

– No se puede hacer nada. Pero, como le digo, creí que usted debía saber lo ocurrido.

– ¿Ha hablado usted con Miss Findhorn, la prima de la paciente?

– Todavía, no. Me pareció preferible hablar antes con usted.

– En tal caso, yo se lo diré.

– Le quedaré muy agradecido.

– Doctor Martin… -Violet titubeó-. ¿Cree usted que Lottie Carstairs tratará de volver a Strathcroy?

– Es posible, desde luego.

– ¿Y que podría ir a casa de Miss Findhorn?

– Posiblemente.

– Si quiere que le sea sincera, esto no me gusta nada. Temo por Mis Findhorn.

– Comprendo sus temores, pero me parecen infundados.

– Me gustaría poder estar tan segura -repuso Violet, secamente-. Muchas gracias por avisar, doctor Martin.

– Si tengo más noticias, volveré a llamarla.

– No estaré aquí. Pero puede usted localizarme en Croy. Voy a cenar con Lord Balmerino.

– Tomo nota. Gracias. Adiós, Mrs. Aird y siento mucho haberla preocupado.

– Sí -dijo Violet-; me ha preocupado usted. Adiós.

Violet estaba más que preocupada. Toda su serenidad de espíritu había quedado hecha trizas. Preocupada y angustiada, sentía el mismo pánico irracional que había experimentado estando sentada al lado de Lottie en el parque Relkirk, junto al río, cuando los dedos de Lottie se clavaron en su muñeca. Entonces, estuvo tentada de levantarse y echar a correr. Lo mismo que ahora, y el corazón le golpeaba el pecho con fuerza. Era miedo a lo desconocido, lo inimaginable, a un peligro que acechaba.

Analizó el miedo y comprendió que no temía por sí misma sino por Edie. Su imaginación se desbocó. Un golpe en la puerta de la casa de Edie, Edie abría y Lottie, con las manos abiertas como garras, saltaba sobre ella… No podía ni pensarlo. En la televisión una señora se reía violentamente en silencio, con las manos sobre los ojos, delante de un orinal con flores. Violet apagó el televisor, cogió el teléfono y marcó el numero de Balnaid. Edmund ya habría regresado de Nueva York. Edmund sabría exactamente lo que había que hacer. Oyó el timbre. El teléfono llamaba y llamaba. Espero con impaciencia. ¿Por qué no contestaba nadie? ¿Qué estaban haciendo?

Finalmente, exasperada y en un estado de viva agitación, colgó y marcó el número de Edie.

Edie también miraba la televisión. Un bonito programa escocés, bailes populares y un cómico con kilt, que contaba chistes. Estaba sentada con la bandeja en el regazo: unos muslos de pollo asados, patatas y guisantes. De postre tenía los restos de un pastel de manzana. Hoy cenaba tarde. Una de las cosas buenas de volver a estar sola era poder comer cuando le apetecía, sin tener a Lottie siempre encima preguntando a que hora era la siguiente comida. También tenía otras cosas buenas. Una era el silencio. Y poder dormir en su propia cama, en lugar de pasarse la noche dando vueltas en el sofá. Una buena noche de descanso había contribuido más que nada a devolverle el vigor y el buen humor. Se sentía culpable cuando pensaba en la pobre Lottie, internada otra vez en el hospital, pero no cabía la menor duda de que, sin ella, la vida era mucho más fácil.

Sonó el teléfono. Edie dejó la bandeja a un lado y se levantó para contestar.

– ¿Diga?

– ¿Edie?

– Hola, Mrs. Aird -sonrió Edie.

– Edie… -Había ocurrido algo malo, Edie lo supo inmediatamente sólo por la forma en que Mrs. Aird pronunció su nombre-. Edie, acabo de hablar con el doctor Martin, del hospital. Lottie se ha escapado. No saben donde está.

Edie sintió que el corazón se le caía a los pies. Tras una pausa, exclamó:

– ¡Ay! Señor… -Fue lo único que se le ocurrió.

– Han avisado a la policía y están seguros de que no puede haber ido lejos. Pero el doctor Martin está de acuerdo conmigo en que es posible que vuelva a Strathcroy.

– ¿Tiene dinero? -preguntó Edie, siempre práctica.

– No lo sé. No se me había ocurrido. De todos modos, ella no deja el bolso ni a sol ni a sombra.

– No. Tiene razón. -Lottie estaba enamorada de su bolso y lo tenía siempre al lado, incluso cuando se sentaba junto al fuego-. Pobrecilla, debe de haberla trastornado algo.

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