Ahora, Archie observó su trabajo con mirada crítica. El efecto era magnífico. En el centro de la mesa se alineaban los cuatro pesados candelabros de plata y el fuego centelleaba en la plata y la cristalería porque también aquí ardían unos leños. Jeff Howland había sido encargado de llenar de troncos los cestos. El pino seco chisporroteaba exhalando un aroma picante. Archie recorrió todo el comedor comprobando los sitios, aquí enderezando un tenedor, allí ligeramente la posición de un salero. Satisfecho, se dirigió a la cocina. Encontró a Agnes Cooper, que había subido del pueblo para ayudar.
Normalmente, Agnes acudía a trabajar con chándal y zapatillas, pero esta noche, debajo del delantal, llevaba su mejor vestido de punto acrílico de color turquesa y había estado en la peluquería. Limpiaba unas sartenes en el fregadero, pero se volvió al oírle.
– Agnes, ¿todo en orden?
– Todo en orden. Sólo tengo que vigilar la cacerola y servir la trucha ahumada en los platos cuando Lady Balmerino me lo diga.
– Es usted muy amable al venir a ayudarnos.
– Para eso estoy. -Lo contempló con admiración-. Espero que no se moleste si le digo que está usted fantástico.
– Muchas gracias, Agnes. -Se sintió un poco violento y para disimular le ofreció una copa-. ¿Qué le parecería una copita de jerez?
También Agnes se quedó un poco sorprendida.
– ¡Oh! Bueno. Estaría muy bien.
Cogió un paño y se secó las manos. Archie sacó una copa y la botella de “Harvey’s Bristol Cream”. Le sirvió una buena dosis.
– Muchas gracias, Lord Balmerino… -La mujer levantó la copa con aire festivo diciendo-: Salud y alegría -y tomó un sorbo muy pequeño, frunciendo los labios con gesto de apreciar el buen sabor-. El jerez es magnifico -comentó-. Es lo que yo digo, siempre da un buen calorcillo.
Archie la dejó y pasó al salón cruzando el comedor. Otro fuego, más flores, luces tenues, pero ni un alma. Al parecer, los de la casa se tomaban las cosas con calma. La bandeja de las bebidas estaba preparada encima del piano. Archie consideró la situación. Iban beber champaña toda la noche, pero él necesitaba un escocés. Sirvió una copa, luego otra y, transportando los dos vasos con precaución, trabajosamente, volvió a subir las escaleras.
En el rellano encontró a su hija que, por algún motivo, andaba por la casa en ropa interior.
– Lucilla -reprochó.
Pero ella estaba más atenta al aspecto de su padre que al suyo
– ¡Rayos, padre! Estás arrebatador. Qué romántico y qué distinguido. Lord Balmerino en todo su esplendor. ¿Son nuevos esos pantalones? Son un cielo. No me importaría tener un par igual. Y la chaqueta del abuelo… ¡Perfecto! -Le rodeó el cuello con los brazos y le plantó un beso en la mejilla recién afeitada-. Y hueles a gloria. También afeitado, perfumado y sabroso, ¿para quien son los tragos?
– Voy a entrar a ver si Pandora está despierta. ¿Y tú por qué no vas vestida?
– Iba a pedir una combinación a mamá. El vestido nuevo se transparenta.
– Será mejor que te des prisa. Son las ocho y veinticinco.
– Ya estoy lista. -Abrió la puerta del dormitorio de sus padres-. Mamá, no voy a tener más remedio que llevar combinación…
Archie cruzó el rellano en dirección a la puerta del cuarto de invitados. Del interior procedía una música suave, lo cual indicaba que Pandora había puesto la radio pero no necesariamente que estuviera despierta. Archie sujetó los dos vasos con una mano, golpeó la puerta y la abrió.
– Pandora…
Estaba tumbada encima de la cama, envuelta en una bata de seda y encaje. Había ropa esparcida por toda la habitación, que olía a aquel extraño perfume que acompañaba siempre la presencia de Pandora.
– Pandora.
Abrió sus hermosos ojos grises. Se había maquillado y sus espesas pestañas tenían una capa de máscara. Al verle, sonrió.
– No dormía -dijo.
– Te traigo una bebida.
Él se sentó en el borde de la cama y dejó el vaso encima de la mesa, junto a la lamparilla. La radio tocaba suavemente, como para sí. Era música de baile y parecía llegar desde muy lejos.
– Eres muy amable -dijo ella.
– Es casi hora de bajar. -Su reluciente pelo, extendido sobre la almohada, parecía tener vida propia. Echada en la cama, se la veía tan delgada, tan etérea, tan ingrávida que él de pronto sintió inquietud.
– Estás cansada.
– No; sólo es pereza. ¿Y los demás?
– Isobel está arreglándose la cara y Lucilla anda por la casa en bragas, buscando una combinación de su madre. Hasta el momento, ninguno de los hombres ha dado señales de vida.
– Este siempre es un buen momento, ¿verdad?, antes de la fiesta. El momento de echarte en la cama a escuchar música nostálgica. ¿Te acuerdas de esta? Es muy bonita. Un poco triste. No recuerdo la letra.
Escucharon. El saxo tenor marcaba la melodía. Archie frunció el ceño intentando recordar la letra. La música lo arrastró veinte años atrás, a Berlín, a un baile del regimiento. Berlín fue la clave.
– Es algo acerca del mucho tiempo que va de mayo a diciembre.
– Sí, claro. Kurt Weill. “Pero el día se acorta cuando llega septiembre.” Y luego habla de las hojas del otoño, los días que se van y de que no queda tiempo para la espera. Es terriblemente melancólica.
Se incorporó en la cama y ahuecó las almohadas a su espalda. Tendió la mano hacia el vaso y él observó su muñeca fina y las venas que se transparentaban en su mano delgada.
– ¿Te falta mucho?
– Casi nada. Sólo ponerme el vestido y subir la cremallera. -Tomó un sorbo de whisky-. Es delicioso. Esto me entonará. -Sus ojos parecían enormes por encima del borde del vaso-. Estás fabuloso, Archie, tan guapo como siempre.
– Agnes Cooper dice que estoy fantástico.
– Vaya piropo. No dormía, ¿sabes?, sólo estaba pensando tranquilamente en ayer. Fue perfecto. Como antes. Tú y yo, sentados en el puesto de caza y con tiempo para charlar. O para callar, según. Quizá yo hablé demasiado, pero veinte años son mucho tiempo. ¿Fue muy aburrido?
– No; me hiciste reír. Tú siempre me has hecho reír.
– Y el sol, y el cielo azul, y la hilaza que se desprende del brezo, y los disparos, y los pobres pájaros que caían del cielo. Y esos perros tan estupendos. ¡Qué suerte tuvimos con el día! Fue como recibir un espléndido regalo.
– Lo sé -dijo él.
– Es hermoso pensar que esos días todavía pueden volver. Que no se han ido para siempre.
– Tenemos que corregirnos, desprendernos de esa nefasta manía de vivir en el pasado.
– Fue un pasado tan bonito… Es difícil no rememorarlo. Además, ¿en qué otra cosa podemos pensar?
– En el presente. El ayer está muerto y el mañana aún no ha nacido. Sólo tenemos hoy.
– Sí.
Ella tomó otro sorbo. Quedaron en silencio. En el corredor se escuchaba actividad. Se abrió y cerró una puerta. La voz de Lucilla:
– Conrad, ¡qué elegancia! No sé dónde se ha metido mi padre, pero baja y enseguida estamos contigo…
– Espero que ya lleve puesta la combinación de Isobel -dijo Archie.
– Conrad es tan caballeroso que, aunque Lucilla estuviera en cueros, no se fijaría. Es muy simpático. Hubiera sido terrible para todos que hubiera resultado un plomo.
– Te agradecería que bailaras con él.
– Le haré bailar la danza del Sargento Conquistador y lo presentaré a todas las personalidades mientras damos la vuelta al salón. Lo único que me entristece de esta noche es que tú no puedes bailar.
– No te preocupes por eso. Con los años, he perfeccionado el arte de la conversación chispeante… -Finalmente, Lucilla los interrumpió abriendo la puerta y asomando la cabeza.
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