– Enrí.
Estaba terrible, con un abrigo manchado de barro que le estaba grande, los calcetines caídos y los zapatos sucios. Pero a Mrs. Ishak le impresionó el estado de Henry más que la ropa. Tenía la cara como la ceniza y respiraba con dificultad con la boca muy abierta. Se quedó un momento en la puerta antes de cerrarla con fuerza y apoyarse en ella.
– Enrí. -Mrs. Ishak dejó la escoba-. ¿Qué ocurre? -Él no podía hablar-. ¿Por qué no estás en la escuela?
Él movió la boca.
– Edie está muerta. -Ella no le oía y él repitió, ahora gritando-: Edie ha muerto.
– Pero…
Henry se echó a llorar. Mrs. Ishak abrió los brazos y Henry se refugió en ellos. La mujer se arrodilló afrentándolo contra su pecho cubierto de seda, con la mano en la cabeza del niño.
– No -murmuró-. No. No es verdad. -Y, como él siguiera llorando y gritando que sí histéricamente, se puso a hablarle en katchi, un dialecto íntimo no escrito que utilizaba la familia. Henry había oído otras veces aquellos dulces sonidos, cuando Mrs. Ishak consolaba a Kedejah o la sentaba en sus rodillas para mimarla. No entendía ni una palabra pero también se calmó, y Mrs. Ishak olía a algo dulce y delicioso y sentía fresco en la cara por su bonito vestido de seda rosa.
Pero tenía que hacerle comprender. Se apartó y la miró a la cara, desconcertada y preocupada.
– Edie ha muerto.
– No, Henry.
– Sí, sí que ha muerto. -Le dio un golpe en el hombro, frenético al verla tan estúpida.
– ¿Por qué lo dices?
– Porque en su casa está Lottie. Ella la ha matado. Y va a robarle el jersey.
Mrs. Ishak ya no estaba desconcertada. Su cara se crispó. Frunció las cejas.
– ¿Tú has visto a Lottie?
– Sí, está en el cuarto de Edie y…
Mrs. Ishak se puso en pie.
– Shamsh -llamó a su marido, con voz fuerte y perentoria.
– ¿Qué hay?
– Ven enseguida. -El hombre apareció. Mrs. Ishak le habló largamente en katchi para darle instrucciones. Él preguntaba, ella contestaba. Él volvió al almacén y Henry le oyó marcar un número en el teléfono.
Mrs. Ishak acercó una silla y obligó a Henry a sentarse. Se arrodilló a su lado y le cogió las manos.
– Henry -dijo-, no sé que haces aquí pero tienes que escucharme. Mr. Ishak está llamando a la Policía. Vendrán en un coche patrulla, cogerán a Lottie y se la llevarán al hospital. Tienen aviso de que se ha escapado. ¿Me entiendes?
– Sí, pero Edie…
Con sus dedos suaves, Mrs. Ishak enjugó las lágrimas que resbalan por las mejillas de Henry. Y, con el extremo del chal de gasa rosa que llevaba sobre su reluciente pelo negro, le limpió la nariz.
– Edie está en Balnaid -le dijo-. Pasa la noche allí. Está segura.
Henry miró a Mrs. Ishak en silencio, temiendo que pudiera engañarle.
– ¿Cómo lo sabe? -preguntó al fin.
– Porque cuando se iba entró a comprar el periódico de la tarde. Me contó que tu abuela, Mrs. Aird, le había dicho lo de Lottie y que no quería que estuviera sola en su casa.
– ¿Vi también tenía miedo de Lottie?
– Miedo, no. Mrs. Aird no tiene miedo, supongo, pero estaba preocupada por tu querida Edie. Conque ya ves. Todo va bien. Estás seguro.
Mr. Ishak hablaba por teléfono en la trastienda. Henry volvió la cabeza pero no pudo entender las palabras. Entonces Mr. Ishak acabó de hablar y colgó. Henry esperó. Mr. Ishak apareció en la puerta.
– ¿Ya está? -preguntó Mrs. Ishak.
– Sí; he hablado con la policía. Ahora mismo envían un coche patrulla. Dentro de cinco minutos estará en el pueblo.
– ¿Saben adónde tienen que ir?
– Sí, lo saben. -El hombre miró a Henry con una sonrisa alentadora-. Pobre chico, te has llevado un buen susto. Pero ya pasó.
Eran muy amables. Mrs. Ishak todavía estaba arrodillada sosteniéndole las manos. Él había dejado de temblar. Después de unos momentos, preguntó:
– ¿Puedo llamar a Edie?
– No; no podemos llamar porque el teléfono de Balnaid no funciona. Edie avisó a Averías antes de salir de casa y le dijeron que no podrían arreglarlo hasta mañana. Pero esperaremos un poquito, te daré una bebida caliente y te llevaré a Balnaid para que estés con Edie.
Hasta entonces no acabó Henry de convencerse de que Edie no había muerto. Estaba en Balnaid, a salvo. Y saber que pronto estaría con ella fue casi más de lo que podía soportar. Sintió que la barbilla le temblaba, como si fuera un bebé, y que se le llenaban los ojos de lágrimas. Pero estaba muy cansado para contenerse. Mrs. Ishak dijo su nombre, lo envolvió una vez más en su abrazo de seda perfumada y lloró mucho rato.
Por fin, se calmó y sólo dejaba escapar algún que otro sollozo rebelde. Mr. Ishak le llevó una taza de chocolate caliente, muy dulce, oscuro y espumoso, y Mrs. Ishak le hizo un sándwich de mermelada.
– Dime -dijo Mrs. Ishak cuando lo vio más tranquilo-, todavía no has contestado a mi primera pregunta. ¿Por qué estás aquí y no en la escuela?
Henry, con el tazón entre los dedos, miró los ojos oscuros y brillantes de la mujer.
– No me gustaba -dijo-. Me escapé. He vuelto a casa.
El reloj de la repisa señalaba las nueve menos veinte cuando Edmund entró en el salón de Croy. Esperaba encontrarlo lleno de gente, pero sólo vio a Archie con un desconocido que, por simple proceso de eliminación, supuso que sería el Americano Triste, Conrad Tucker, raíz y causa de la más reciente desavenencia de Edmund y Virginia.
Los dos hombres estaban resplandecientes. Archie, mucho mejor de lo que Edmund le había visto en años. Estaban sentados amigablemente al lado del fuego, con sendos vasos en la mano. Conrad Tucker ocupaba una butaca y Archie, de espaldas al hogar, se apoyaba en el guardafuegos. Cuando se abrió la puerta, dejaron de hablar, se volvieron, vieron a Edmund y se pusieron en pie.
– Edmund.
– Llegamos tarde. Lo siento. Hemos tenido dramas.
– Como puedes ver no es tarde. Aún no ha aparecido nadie. ¿Y Virginia?
– Ha subido a dejar el abrigo. Y Alexa y Noel llegarán dentro de un momento. A Alexa se le ha ocurrido lavarse el pelo en el último minuto y todavía estaba secándoselo cuando nos fuimos. Sabe Dios por que no lo pensó antes.
– Nunca lo piensan antes -asintió Archie con resignación, hablando por experiencia-. Edmund, no conoces a Conrad Tucker.
– No; creo que no. ¿Cómo está?
Se dieron la mano. El americano era tan alto como Edmund y ancho de hombros. Sus ojos, tras las gafas de concha, sostuvieron la mirada de Edmund, que sintió una inseguridad impropia de él.
Porque en su interior, bajo la capa de unos modales civilizados, ardía la hostilidad contra aquel hombre, aquel americano que, al parecer, en ausencia de Edmund, había tomado posiciones refrescando en Virginia los recuerdos de juventud y ahora, tranquilamente, se proponía llevársela a los Estados Unidos, a ella, la esposa de Edmund. Mientras sonreía cortésmente a la cara franca de Conrad Tucker, Edmund pensó en el placer que le proporcionaría apretar el puño y descargarlo sobre aquella tosca y bronceada nariz y al imaginar el estropicio, la sangre y el hematoma, se relamió de gusto.
No obstante, comprendía al mismo tiempo que, en otras circunstancias, aquel hombre era la clase de persona que caía bien en seguida.
La afable expresión de Conrad reflejaba la de Edmund.
– Mucho gusto. -«Maldita sea tu estampa.»
Archie fue hacia la bandeja de las botellas.
– Edmund. Un whisky pequeño.
– Gracias. Me vendrá bien.
El anfitrión alargó el brazo hacia la botella de “The Famous Grouse”.
– ¿Cuándo llegaste de Nueva York?
– Sobre las cinco y media.
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