– ¿Edie?
– ¡Oh! Mrs. Aird…
– Edie, ¿qué pasa?
– Siento haberla hecho levantarse de la mesa…
– ¿Está Lottie mal?
– No hay que preocuparse por Lottie, Mrs. Aird. Tenía usted razón. Vino a Strathcroy en el autobús, entró en mi casa por la puerta trasera…
– ¿Pero tú no estabas?
– No; yo ya estaba aquí, en Balnaid.
– Gracias a Dios. ¿Y dónde está ahora?
– Mr. Ishak llamó por teléfono a la Policía y a los cinco minutos ya estaban allí con su coche patrulla y se la llevaron.
– ¿Y dónde está ahora?
– Otra vez en el hospital.
El alivio hizo que Violet se sintiera muy débil. Le temblaban las rodillas. Miró en derredor buscando una silla, pero no había ninguna a mano. Agnes Cooper, adivinando su necesidad, le acercó una y Violet pudo descansar.
– ¿Estás bien, Edie?
– Muy bien, Mrs. Aird… -La mujer se interrumpió. Violet esperó. Había algo más. Frunció el ceño.
– ¿Cómo se enteró Mr. Ishak de que Lottie estaba en tu casa? ¿Es que la vio?
– No, exactamente. -Otra pausa larga-. Verá, eso no es todo. Tendrá que decírselo a Edmund. Él y Virginia tienen que venir. Henry está aquí. Se ha escapado de la escuela, Mrs. Aird. Ha vuelto a casa.
Edmund conducía demasiado de prisa, con aquella oscuridad con la niebla. Bajó la cuesta de Croy hacia el pueblo. Virginia, a su lado, miraba el vaivén del limpiaparabrisas con la barbilla escondida en el cuello de piel. No decían nada, no porque no hubiera nada que decir, sino porque estaban tan lejos el uno del otro y la situación era tan traumática que no encontraban palabras. El recorrido duró sólo unos minutos. Dejaron atrás las verjas de Croy y enfilaron las calles del pueblo. Cien pasos más allá, cruzaron el puente. Los árboles; la verja; Balnaid.
Por fin, Virginia habló.
– No te enfades con él -dijo.
– ¿Enfadarme? -Casi no podía creer que fuera tan poco perceptiva.
Virginia no dijo más. Él dio la vuelta a la casa y, con un brusco frenazo, detuvo el “BMW” en el patio trasero y quitó el contacto. Salió del coche antes que ella y entró en la casa, abriendo la puerta violentamente.
Edie y Henry estaban en la cocina, sentados a la mesa. Esperando. Henry, de cara a la puerta. Estaba muy pálido y tenía los ojos muy abiertos, de temor. Llevaba su jersey gris de la escuela y parecía muy pequeño e indefenso.
¿Cómo había podido hacer él solo aquel largo viaje? La idea pasó fugazmente por la cabeza de Edmund.
– Hola, Henry -dijo.
Henry dudó sólo un segundo y en seguida se deslizó de la silla y corrió hacia su padre. Edmund lo levantó en brazos, como si no pesara nada. Henry se abrazó a su cuello mojándole la mejilla con sus lágrimas.
– Henry. -Virginia estaba allí, a su lado. Al cabo de un momento, Edmund dejó a Henry suavemente en el suelo. El abrazo de Henry se aflojó, el niño se volvió hacia su madre y Virginia, con un movimiento fluido y gracioso, se arrodilló sin la menor consideración por el vestido y lo encerró en un cálido y suave abrazo. Henry escondió su cara en el cuello de piel.
– Tesoro, tesoro… No llores, todo se arreglará.
Edmund se volvió hacia Edie, que se había puesto en pie, y los dos miraron en silencio por encima de la larga mesa de la cocina.
Ella lo conocía desde que había nacido y él le agradeció que no pusiera reproche en su mirada.
– Lo siento -dijo ella.
– ¿Qué sientes, Edie?
– Haberos estropeado la cena.
– No digas tonterías. Como si eso pudiera importar. ¿Cuándo…?
– Hará un cuarto de hora. Lo trajo Mrs. Ishak.
– ¿Han llamado de la escuela?
– El teléfono está averiado. No se reciben llamadas.
– Lo había olvidado.
– Claro. -Había cosas que hacer. Asuntos de carácter práctico y urgente-. Tengo que telefonear.
Los dejó. Henry aún lloraba. Cruzó la silenciosa casa hasta la biblioteca, encendió las luces, se sentó a su mesa y marcó el numero de Templehall.
El teléfono sonó una sola vez antes de que contestaran.
– Templehall.
– ¿El director?
– Al aparato.
– Colin, aquí Edmund Aird.
– ¡Oh…! -La exclamación recorrió la línea seguida de un audible suspiro de alivio. Edmund aún pudo preguntarse cuanto tiempo haría que el pobre hombre intentaba establecer contacto con ellos-. Estaba volviéndome loco. No había manera de hablar con ustedes.
– Henry está aquí. Está bien.
– Gracias a Dios. ¿Cuándo llegó?
– Hace un cuarto de hora. No conozco los detalles. Nosotros mismos acabamos de llegar. Cenábamos fuera. Nos dieron el recado allí.
– Desapareció inmediatamente después de la hora de acostarse. A las siete. Desde entonces estoy tratando de ponerme en contacto con ustedes.
– El teléfono está averiado. No recibimos llamadas.
– Por fin lo averigüe y llamé a su madre, pero tampoco contestó.
– Ella estaba en la misma cena.
– ¿Está bien Henry?
– Parece que sí.
– ¿Cómo diantres llegó a casa?
– No tengo ni idea. Como le digo, acabamos de llegar. Casi no he hablado con él. Antes he querido llamarle.
– Se lo agradezco.
– Lamento todo este trastorno.
– Soy yo quien debe pedir disculpas. Henry es su hijo y estaba bajo mi responsabilidad.
– ¿Usted…? -Edmund se apoyó en el respaldo-. ¿Sabe usted si ha ocurrido algo que precipitara su marcha?
– No; ni ninguno de los chicos mayores. Ni el personal. Henry no parecía ni triste ni contento. Siempre tardan una o dos semanas en aclimatarse y habituarse a su nueva vida, en aceptar el cambio y el entorno extraño. Yo lo vigilaba, desde luego, pero nada hacía pensar que fuera a tomar una decisión tan drástica.
Colin Henderson parecía tan disgustado y perplejo como el propio Edmund.
– Sí, entiendo -dijo Edmund.
El director preguntó, tras cierta vacilación:
– ¿Piensa volver a enviárnoslo?
– ¿Por qué me lo pregunta?
– Estaba pensando si desearían ustedes que volviera.
– ¿Existe algún impedimento?
– Por mi parte, absolutamente ninguno. Es un chico muy agradable y estoy seguro de que podríamos sacar mucho provecho de él. Personalmente, me alegraría volver a verlo pero… -Se interrumpió y Edmund tuvo la impresión de que el hombre escogía sus palabras cuidadosamente-… pero, Edmund, de vez en cuando llega a Templehall un niño, que en realidad no tendría que haber salido de su casa. No conozco a Henry lo suficiente como para asegurarlo pero me parece que él es uno de esos niños. No es sólo que sea muy infantil para su edad. Es que no está preparado para las exigencias de la vida de un internado.
– Sí. Sí, comprendo.
– ¿Por qué no se toma unos días para pensarlo? Tenga en casa a Henry hasta que se decida. Recuerde que, en realidad, yo deseo que vuelva. No trato de rehuir responsabilidades ni de romper un compromiso, pero le sugiero que reconsidere la situación.
– ¿Y qué hacemos ahora?
– Enviarlo otra vez a la primaria de su pueblo. Es evidente que se trata de una buena escuela, porque Henry está bien preparado. A los doce años, puede volver a planteárselo.
– Eso es exactamente lo que mi esposa ha estado diciéndome desde hace un año.
– Lo siento pero, vistas las circunstancias, creo que ella tiene razón y me parece que usted y yo tenemos la culpa de lo sucedido y que ambos estábamos equivocados…
Siguieron cambiando impresiones unos momentos, acordaron volver a hablar al cabo de un par de días y, finalmente, colgaron.
«Él es uno de esos niños. No está preparado para las exigencias de la vida en un internado. Los dos estábamos equivocados.»
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