Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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Equivocados. Esta era la palabra clave. Su esposa tiene razón y usted está equivocado. Costaba un poco aceptar la palabra, aceptar sus implicaciones. Permaneció sentado ante la mesa, haciéndose a la idea de que había estado a punto de cometer una desastrosa equivocación. No estaba acostumbrado a este ejercicio y le llevó algún tiempo.

Pero, finalmente, se levantó. Vio que el fuego se había consumido. Cruzó la habitación y echó unos troncos. Cuando la seca madera hubo prendido y las llamas volvían a bailar alegremente, salió de la biblioteca y volvió a la cocina.

Allí las cosas habían vuelto casi a la normalidad.

Estaban sentados alrededor de la mesa, Henry, en las rodillas de su madre. Edie había hecho té y cacao para Henry. Virginia todavía llevaba el abrigo de piel. Cuando entró, todos lo miraron y vio que las lágrimas de Henry se habían secado y el calor había vuelto a sus mejillas.

Edmund adoptó una expresión jovial.

– Ya está… -Revolvió el pelo de su hijo y se sentó-. ¿Hay una taza de té para mí?

– ¿Adónde has ido? -preguntó Henry.

– A hablar con Mr. Henderson.

– ¿Estaba muy enfadado?

– No, enfadado, no. Sólo un poco preocupado.

– Lo siento -dijo Henry.

– ¿Nos lo cuentas?

– Sí.

– ¿Cómo llegaste a casa?

Henry bebió otro sorbo del dulce y humeante cacao y dejó el tazón encima de la mesa.

– Cogí un autobús -contestó.

– Pero, ¿cómo pudiste salir de la escuela?

Henry lo explicó. Oyéndole, todo parecía ridículamente sencillo. A la hora de acostarse, se vistió dentro de la cama y se puso la bata. Cuando apagaron las luces, fingió que tenia necesidad de ir al lavabo. En los aseos había un gran armario para secar las toallas y en este armario había escondido su abrigo. Allí, se cambió la bata por el abrigo y salió por la ventana de la salida de incendios. Después se fue por el camino de atrás hasta la carretera por la que pasaban los autobuses.

– Pero, ¿cuánto tiempo tuviste que esperar el autobús?

– Sólo un poco. Sabía que iba a pasar uno.

– ¿Como lo sabías?

– Tenía un horario. -Miró a Edie-. Lo cogí de tu bolso y me lo guardé.

– Vaya. Ya podía yo buscar mi horario.

– Lo tenía yo. Había mirado las horas de los autobuses de Relkirk y sabía que tenía que venir. Y vino.

– Pero, ¿nadie te preguntó adónde ibas tú solo?

– No. Me había puesto el pasamontañas y sólo se me veían los ojos. No parecía un chico de colegio porque no llevaba la gorra.

– ¿Cómo pagaste el billete? -preguntó Edmund.

– Vi me dio dos libras cuando nos despedimos. No las entregué y me las guardé en el bolsillo de dentro del abrigo. Allí puse también el horario para que nadie lo encontrara.

– ¿Y qué hiciste en Relkirk?

– Llegamos a la estación de autobuses. Empezaba a oscurecer y tuve que buscar el otro autobús, el que pasaba por Caple Bridge. También había uno que iba a Strathcroy, pero no quise tomarlo por si me veía alguien, algún conocido. Y fue muy difícil encontrar el autobús, porque había muchos y tuve que leer las letras de delante. Pero lo encontré y tardó mucho en arrancar.

– ¿Y dónde bajaste?

– Ya te lo he dicho, en Caple Bridge. Y luego vine andando.

– ¿Has venido andando desde Caple Bridge? -Virginia miró a su hijo con asombro-. Pero, Henry, son cinco millas…

– No hice todo el camino andando -reconoció él-. Ya sé que no debo subir a coches desconocidos, pero subí a un camión de corderos que conducía un hombre muy amable y él me trajo hasta Strathcroy. Y, entonces… -Su voz, que hasta entonces sonaba tan clara y confiada, empezó a temblar otra vez-. Y, entonces… -Miró a Edie.

Edie tomó la palabra.

– No llores, tesoro. No hablaremos de eso si tú no quieres.

– Cuéntalo tú.

Y Edie lo contó, con toda sencillez y claridad, pero ni aún así disimulaba el horror de la terrible experiencia vivida por Henry. Al oír el nombre de Lottie, Virginia palideció y abrazó estrechamente a Henry, oprimiendo la cara contra su cabeza y tapándole los ojos con las manos, como si quisiera quitarle de la vista para siempre la imagen de Lottie Carstairs cruzando la habitación de Edie para ver quien había en la ventana.

– ¡Oh! Henry… -Lo acunaba como a un niño pequeño-. No lo soporto. ¡Qué espanto! ¡Qué impresión!

Edmund, también alterado, mantuvo la voz firme al preguntar:

– ¿Y qué hiciste?

El tono tranquilo de su padre devolvió el valor a Henry, que emergió, despeinado, del abrazo de Virginia y continuó:

– Fui a la tienda de Mrs. Ishak, todavía tenía la puerta abierta y estaba barriendo el suelo. Fue muy amable, Mrs. Ishak avisó a la policía y ellos llegaron tocando la sirena y con una luz azul que se encendía y se apagaba. Lo vimos desde la tienda. Y, entonces, cuando el coche se fue otra vez a Relkirk, Mrs. Ishak se puso el abrigo y me trajo aquí. Tuvo que tocar el timbre porque la puesta estaba cerrada, y los perros ladraron y Edie vino a abrir. -Cogió la taza, apuró el vaso y volvió a dejarla en la mesa-. Yo pensaba que estaba muerta. Lottie se había puesto su jersey lila y tenía la boca roja y pensé que había matado a Edie… -Arrugó la cara. Era mucho para él. Se echó a llorar y ellos le dejaron. Edmund, en vez de decirle que los hombres no lloran, lo miraba con admiración y orgullo. Porque Henry, con ocho años no sólo se había escapado de la escuela, sino que había realizado la huida con cierto estilo. Había planeado toda la operación con una entereza, un sentido común y una minuciosidad insospechados. Parecía tenerlo todo previsto y sólo la funesta reaparición de la dichosa Lottie Carstairs había podido derrotarlo.

Al fin, cesaron las lágrimas. Henry se había quedado seco. Edmund le dio su pañuelo de hilo y el niño se limpió la cara y se sonó.

– Creo que me gustaría irme a la cama.

– Claro que sí -sonrió Virginia-. ¿Quieres bañarte antes? Debes de sentirte muy frío y sucio.

– Sí. Está bien.

El niño se levantó, se sonó otra vez y devolvió el pañuelo a su madre. Edmund lo tomó, abrazó a Henry y se inclinó para besarle el pelo.

– Hay algo que no nos has dicho. -Henry levantó la mirada-. ¿Por qué te escapaste?

Henry reflexionó y respondió:

– No me gustaba aquello. No se estaba bien. Era como estar enfermo, como tener siempre dolor de cabeza.

– Sí -repuso Edmund, pensativo-. Sí, comprendo. -Titubeó y dijo-: Mira, hijo, ¿por qué no subes con Edie a darte ese baño? Mamá y yo tenemos que ir a la fiesta, pero antes llamaré a Vi para decirle que estás estupendamente. Antes de que te duermas, subiremos a darte las buenas noches.

– De acuerdo. -Henry dio la mano a Edie y los dos se dirigieron hacia la puerta. Pero él se volvió-: ¿Vendréis, verdad?

– Prometido.

La puerta se cerró y Edmund y Virginia se quedaron solos.

Cuando Henry salió de la cocina, ella se derrumbó en la silla. Ya no era necesario disimular el susto y la angustia. Vio que estaba pálida bajo el maquillaje y que sus ojos se habían apagado. Ya no tenían el brillo de antes. Parecía exhausta. Edmund se levantó y le cogió una mano obligándola a ponerse en pie.

– Vamos -dijo. Y la llevó fuera de la cocina, por el corredor, hasta la biblioteca desierta. El fuego ardía alegremente y la amplia y severa habitación estaba bien caldeada. Ella agradeció el calor. Se acercó a la chimenea y se dejó caer en el taburete, arrimando las manos a las llamas. Sus faldas de gasa se extendían a su alrededor y sobre el cuello de piel se dibujaba su hermoso perfil.

– Pareces una cenicienta muy elegante. -Ella lo miró insinuando una sonrisa-. ¿Quieres beber algo?

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