Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Como Daphne Brownfield -dijo Pandora-. Archie, tienes que acordarte de Daphne Brownfield. Era como una casa y su madre la llevaba siempre de organdí blanco. Estaba muy enamorada de ti, se ponía más colorada que un cangrejo cuando aparecías.

– Pues jugaba magníficamente al tenis -dijo Archie, más caritativo.

– ¡Vaya una recomendación! -exclamó Pandora, con regocijo.

La habitación estaba llena de voces y, ahora, de risas. Violet, sentada a la derecha de Archie y con una copa de champaña en el cuerpo, empezó a sentirse menos inquieta. Escuchaba las bromas de Pandora pero sólo a medias porque era mucho más interesante mirar que escuchar. El comedor de Croy tenía aquella noche un aspecto soberbio. La larga mesa estaba engalanada como un barco de guerra en día de solemnidad, con plata, lino almidonado, porcelana verde y oro y refulgente cristal. El centro eran dos faisanes de plata y todo estaba iluminado por las llamas de la chimenea y de las velas.

– Y no eran sólo las chicas las perjudicadas -dijo Noel-. Para nosotros los carnets de baile podían ser un terrible problema. No había posibilidad de observar el panorama. Cuando descubrías un bombón ya era tarde.

– ¿Cómo has adquirido tanta experiencia? -preguntó Edmund.

– En las puestas de largo -respondió Noel-. Pero esos tiempos, a Dios gracias, ya pasaron.

Comían trucha ahumada con cunas de limón y obleas de pan moreno con mantequilla. Lucilla circulaba sirviendo vino blanco. A los ojos de Violet, Lucilla parecía haber asaltado la caja de los disfraces. El vestido que había comprado en el mercadillo era de gasa gris metal, sin mangas, le colgaba con holgadura de los flacos hombros y tenía una falda que le llegaba por debajo de las rodillas formando picos. Era tan horrible que hubiera debido estar espantosa. Pero, inexplicablemente, estaba monísima.

¿Y los demás? Violet se apoyó en el respaldo y los observó con disimulo por encima de las gafas. Familia inmediata y viejos y nuevos amigos, reunidos para la tan esperada fiesta. Por un momento, prescindió de los motivos de tensión que cargaban el ambiente como cables eléctricos y trató de mantener una visión objetiva. Vio a los cinco hombres, dos de ellos, de otros continentes. Diferentes edades, diferentes culturas, pero todos atildados y vestidos de veinticinco alfileres. Vio a las cinco mujeres, cada una hermosa a su manera.

Destacaban los colores. Trajes de baile de seda oscura o de fina organza floreada. Virginia, sobria y sofisticada, de blanco y negro. Pandora, etérea como una sílfide, de gasa verde mar. Joyas: las perlas y los brillantes de Isobel, el collar de plata y turquesas que rodeaba el esbelto cuello de Pandora, el fulgor del oro en las orejas y la muñeca de Virginia. Vio ante sí la cara de Alexa, que reía una observación de Noel. Alexa no llevaba joyas, pero su pelo rojizo brillaba como una llama y su cara estaba encendida de amor… Pero imposible continuar. Violet estaba demasiado próxima a todos para mantenerse objetiva y seguir observándolos con la mirada desapasionada de una desconocida. Sentía viva angustia por Alexa, tan vulnerable y transparente. ¿Y Virginia? Miró a su nuera, que estaba sentada al otro lado de la mesa, y comprendió que, pese a que Edmund hubiera regresado, nada se había resuelto entre los dos. Porque esta noche Virginia estaba chispeante, con una vivacidad un poco febril y un brillo peligroso en sus ojos azules.

«No hay que ponerse en lo peor -pensó Violet-. Sencillamente, hay que tener confianza». Tendió la mano hacia la copa y bebió un sorbo de vino.

El primer plato había terminado. Jeff se levantó para hacer las veces de mayordomo y llevarse los platos. Mientras, Archie dijo:

– Virginia, dice Edmund que te vas a los Estados Unidos a ver a tus abuelos.

– Es verdad. -Su sonrisa fue demasiado amplia y repentina y sus ojos estaban demasiado redondos-. Será divertido. Estoy deseando ver a mis viejecitos.

De manera que, a pesar de sus recomendaciones, se obstinaba en marcharse. Era definitivo, oficial. Violet, al ver confirmados sus temores, sintió una opresión en el pecho.

– Así que te marchas. -No intentó restar a su voz una nota de desaprobación.

– Sí, Vi, me marcho. Ya te lo dije. Ya está todo arreglado. Me voy el jueves. Conrad y yo haremos juntos el viaje.

Vi no respondió enseguida. Sus miradas se cruzaron. La de Virginia era desafiante y sus ojos no vacilaban.

– ¿Cuánto tiempo piensas estar fuera? -preguntó Violet.

Virginia encogió sus bronceados hombros.

– Todavía no lo sé. Tengo el pasaje abierto. -Miró a Archie-. Me hubiera gustado llevarme a Henry. Pero, ya que no está con nosotros, decidí ir sola. Es una extraña sensación esta de poder hacer las cosas impulsivamente, sin responsabilidades. Sin ataduras.

– ¿Y Edmund? -preguntó Archie.

– ¡Oh! Vi cuidará de Edmund por mí -respondió Virginia, desenfadadamente-, ¿verdad, Vi?

– Por supuesto. -Vi tuvo que reprimir el impulso de agarrar a su nuera por los hombros y sacudirla hasta que le castañetearan los dientes-. No hay inconveniente.

Y, con estas palabras, Violet se volvió hacia el otro lado y se puso a hablar con Noel.

– … mi abuelo tenía un ayudante de guarda que se llamaba Donald Buist. Tenía veinte años y era un mocetón fuerte y bien plantado… -Iban por el segundo plato, el faisán "Teodora" de Isobel. Jeff había pasado las fuentes de las verduras y Conrad Tucker, llenado las copas. Archie, a instancias de Pandora, contaba una clásica anécdota familiar que, al igual que el lance de Mrs. Harris y el calcetín de caza, se había convertido con los años en un chiste legendario y muy repetido. Tanto los Blair como los Aird lo habían oído muchas veces, pero Archie había accedido a contarlo en honor a los nuevos amigos.

– … era un excelente guarda pero tenía un defecto, a consecuencia del cual quedaban embarazadas todas la chicas que había en veinte millas a la redonda, y no por casualidad. La hija del pastor de Ardnamore, la hija del carnicero de Strathcroy…, hasta la doncella de mi abuela se desmayó un día a la hora del almuerzo al servir el soufflé de chocolate.

Archie hizo una pausa. Detrás de la puerta que conducía a la despensa y a la cocina sonaba el timbre del teléfono. Sonó dos veces y cesó. Habría contestado Agnes. Archie continuó su relato.

– Finalmente, mi abuela decidió tomar cartas en el asunto y convenció al abuelo para que hablara seriamente con Donald Buist. Lo mandaron llamar y lo introdujeron en el despacho del abuelo, donde iba tener lugar la temible entrevista. Mi abuelo enumeró media docena de las damiselas que habían traído o iban a traer al mundo los pequeños bastardos del joven y, finalmente, preguntó que tenía Donald que alegar en su defensa y como podía explicar su comportamiento. Se hizo un largo silencio, mientras Donald reflexionaba y, al fin, dijo a modo de disculpa: «Es que, verá el señor…, un servidor tiene bicicleta.»

Cuando cesaron las risas, sonó un golpe en la puerta. Se abrió inmediatamente y Agnes Cooper asomó la cabeza.

– Perdonen la molestia, pero Edie Findhorn está al teléfono, quiere hablar con Mrs. Geordie Aird.

Las desgracias siempre llegan de tres en tres.

Violet se quedó helada, como si por la puerta no sólo hubiera entrado Agnes, sino también un viento ártico. Se puso en pie con tanta brusquedad que habría tirado la silla de no haberla sujetado Noel.

Nadie dijo nada. Todos miraban y en todos los rostros se reflejaba la misma preocupación.

– Si me perdonáis… -dijo, y se avergonzó de como le temblaba la voz-…será un momento. -Dio media vuelta, se fue hacia la puerta, que Agnes sostenía abierta, y entró en la gran cocina de Isobel. Agnes la siguió pero no importaba. En aquel momento, lo que menos le preocupaba era la intimidad. El teléfono estaba en el aparador. Cogió el auricular.

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