Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Hola, chico. -Era un hombre grande, con una gorra de tweed. Una figura que le resultaba familiar, no un desconocido. Además, a Henry empezaban a flaquearle las piernas. Las sentía como de espagueti cocido y no estaba seguro de poder con el último trecho de carretera hasta Strathcroy.

– Hola.

– ¿Adónde vas?

– A Strathcroy.

– ¿Se te ha escapado el autobús? -Parecía una buena excusa.

– Sí -mintió Henry.

– ¿Quieres que te lleve?

– Sí, por favor.

– ¡Pues, arriba!

El hombre le tendió una mano áspera. Henry se asió a ella y fue izado, como si no pesara más que una mosca, hasta la rodilla del hombre, que lo pasó al asiento del otro lado.

La cabina era un sitio pequeño, caliente y sucio. Olía a cerrado, a cigarrillo viejo y a cordero, y había papeles de caramelo y cerillas en el suelo pero a Henry no le importó, porque se estaba a gusto allí, con alguien que te hacía compañía, sin tener que andar más.

El hombre cerró la puerta, metió la marcha y el camión empezó a avanzar.

– ¿De dónde vienes?

– De Caple Bridge.

– Una buena caminata para una noche de lluvia.

– Sí.

– ¿Vives en Strathcroy?

– Voy a ver a un amigo que vive allí. -Antes de que el hombre pudiera seguir preguntando, Henry decidió preguntar algo a su vez-. ¿Usted de dónde viene?

– Del mercado de Relkirk.

– ¿Llevó muchos corderos?

– Sí.

– ¿Eran suyos?

– No. Yo no tengo corderos. Yo sólo los llevo.

– ¿Y dónde vive?

– En Inverness.

– ¿Va allí ahora?

– Sí.

– Está lejos.

– Quizá. Pero me gusta dormir en mi casa.

Los limpiaparabrisas oscilaban. Por el abanico del cristal limpio, Henry vio acercarse las luces de Strathcroy. Pasaron un disco que prohibía sobrepasar las 30 millas por hora y el monumento a los muertos en la guerra. Doblaron el último recodo y la calle del pueblo se extendió ante ellos hasta perderse en la oscuridad.

– ¿Dónde quieres que te deje?

– Aquí mismo. Muchas gracias.

Nuevamente, el camión de corderos frenó con una sacudida.

– ¿Así que ya has llegado? -El hombre se inclinó para abrir la puerta del lado de Henry.

– Sí. Muchas gracias. Ha sido usted muy amable.

– Ten cuidado.

– Lo tendré. -El niño se descolgó desde la cabina hasta el suelo-. Adiós.

– Adiós, chico.

La puerta se cerró con un golpe seco. El enorme vehículo reanudó la marcha y Henry lo siguió con la mirada. La luz roja le hacia guiños, como un ojo amigo.

El ruido del motor se apagó en la oscuridad y, cuando dejó de oírse, todo pareció estar más callado todavía.

Henry echó a andar por el centro de la desierta calle. Estaba cansado, pero no importaba porque ya casi había llegado. Sabía adónde iba y lo que iba a hacer, porque había preparado sus planes secretos con mucho cuidado y atención. Había calculado todas las posibilidades, sin dejar nada al azar. No iba a Balnaid porque no habría nadie en casa. Su madre, su padre, Alexa y su amigo estarían en Croy, cenando con los Balmerino antes de ir a la fiesta de Mrs. Steynton. Y no iba a Pennyburn porque también Vi estaba en Croy. Pero, aunque todos hubieran estado en casa, él habría ido igualmente al cottage de Edie, porque Edie seguro que estaba.

Sin Lottie. La horrible Lottie había vuelto al hospital. Mr. Henderson le había transmitido la noticia y el alivio de saber que Edie estaba otra vez sola y a salvo había dado valor a Henry y precipitado su marcha. Era muy distinto saber que tenía un sitio seguro adonde ir. Edie lo tomaría en brazos, no le haría preguntas, le prepararía cacao caliente… Edie le escucharía. Ella comprendería. Estaría de su parte. Y, si Edie estaba de su parte, sin duda todos escucharían lo que ella dijera y no se enfadarían con él.

Las luces del supermercado de Mrs. Ishak todavía estaban encendidas pero Henry se mantuvo al otro lado de la calle, para que no lo viera pasar. El resto de la calle estaba casi a oscuras, iluminado sólo por las ventanas de las casas. Desde detrás de los visillos, Henry oía voces ahogadas o la música de los televisores. Edie estaría sentada en su butaca, viendo la televisión y haciendo media.

Llegó al pequeño cottage de Edie, con su tejado de paja, que parecía estar agachado entre los de los lados. La ventana de la sala estaba a oscuras, o sea que Edie no veía la tele. Pero de la ventana del dormitorio salía mucha luz. Parecía que Edie se había olvidado de correr las cortinas.

Los visillos estaban echados, pero se podía ver por entre los calados. Henry se acercó a la ventana y miró al interior poniendo las manos a cada lado de la cara como había visto hacer a las personas mayores. Los visillos difuminaban las cosas un poco, pero en seguida vio a Edie. Estaba de pie delante del tocador, de espaldas a él. Llevaba su nuevo jersey lila y parecía que estaba empolvándose la cara. Quizá fuera a salir, con su jersey lila… Henry golpeó el cristal con el puño para llamarle la atención. Ella se volvió bruscamente y se acercó a él. La luz del techo le dio en la cara y él sintió que se le paraba el corazón, porque a Edie le había ocurrido algo espantoso. Tenía una cara diferente, con unos ojos negros y fijos y una boca roja de lápiz de labios pero mal pintada, como manchada de sangre, y el pelo no era su pelo y tenía la cara blanca como el papel. Era Lottie.

Aquellos ojos fijos. Una repugnancia más fuerte que el miedo le hizo apartarse rápidamente de la ventana. Cruzó la calle andando de espaldas y salió del cuadro de luz amarilla que se proyectaba sobre el asfalto mojado. Los cansados músculos de su cuerpo temblaban y el corazón le golpeaba el pecho como si quisiera salírsele. Estaba petrificado de terror y pensó que seguramente nunca podría volver a moverse. Sentía terror por sí mismo pero, sobre todo, por Edie.

Lottie le había hecho algo. Su peor pesadilla era verdad, estaba sucediendo. Lottie había conseguido escapar, volver a Strathcroy y pillar desprevenida a Edie y echársele encima. Edie tenía que estar en algún sitio de la casa, en el suelo de la cocina quizá, con el cuchillo de picar carne en la espalda y bañada en sangre.

Henry abrió la boca para pedir socorro, pero el único sonido que le salió fue un susurro trémulo y apagado.

Y ahora Lottie estaba allí, en la ventana, levantando el visillo para mirar a la calle, apretando contra el cristal su cara horrible. Dentro de un momento, iría a la puerta y saldría a buscarlo.

Henry obligó a sus piernas a moverse. Retrocedió por la calle de espaldas, dio media vuelta y echó a correr. Era como correr en uno de esos horribles sueños en los que los pies parecen pegarse al suelo y te ahogas, pero esta vez sabía que no despertaría. El ruido de sus pasos y el jadeo de su respiración ensordecían sus oídos. Se quitó el pasamontañas y el aire frío le resbaló por la frente y las mejillas. Su pensamiento se aclaró y vio un refugio, los brillantes escaparates de la tienda de Mrs. Ishak, con su despliegue de jabones en polvo, paquetes de cereales y ofertas especiales.

Corrió hacia la tienda de Mrs. Ishak.

La larga jornada de Mrs. Ishak iba a terminar. Su marido, después de vaciar el cajón con los ingresos del día, había desaparecido en la trastienda, donde todas las noches contaba el dinero y lo guardaba en la caja fuerte. Mrs. Ishak había recorrido las estanterías reponiendo latas y paquetes, llenando los huecos dejados por los clientes, y ahora, escoba en mano, estaba barriendo.

La mujer se sobresaltó cuando la puerta se abrió con violencia. Volvió la cabeza alzando las cejas y abriendo mucho sus ojos ribeteados de kohl y se sorprendió más aún cuando vio quien entraba.

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