– Sí, es posible. Pero, Edie, estoy preocupada por ti. Si viene a Strathcroy, no quiero que tú estés sola en casa.
– Pero yo tengo que estar aquí. Tiene que encontrarme en casa, si viene.
– No. No, Edie. Escucha. Tienes que escuchar. Tienes que ser comprensiva. No sabemos lo que pasa en la cabeza de Lottie. Quizá le haya dado por pensar que tú la has engañado. Que tú la has ofendido, que la has echado de tu casa. Si tiene una de sus crisis, no podrás dominarla sola.
– ¿Y qué mal puede hacerme?
– No lo sé. Sólo sé que tienes que salir de tu casa… Ven aquí a pasar la noche o vete a Balnaid hasta que la localicen y la lleven al hospital.
– Pero… -su protesta fue ahogada.
– No, Edie; no quiero que me contradigas o no tendré ni un momento de tranquilidad. Coge el camisón y vete a Balnaid o ven aquí. Me da lo mismo. Si no estás de acuerdo, me veré obligada a coger el coche e ir a buscarte. Y, como tengo que estar en Croy a las ocho y media y todavía he de bañarme y vestirme, ello va a ser una gran molestia. Tú decides.
Edie dudó. Lo último que deseaba era causar molestias. Además, conocía bien a Violet y sabía desde hacía tiempo que cuando se le metía algo en la cabeza no había manera de sacárselo. Y, sin embargo…
– Debería quedarme, Mrs. Aird. Soy su pariente más próxima. Es mi responsabilidad.
– Pero también eres responsable de ti misma. Si te pasara algo, nunca me lo perdonaría.
– ¿Y si viene y encuentra la casa vacía?
– La policía está avisada. Estoy segura de que habrá un coche patrulla por los alrededores. No les será difícil dar con ella.
A Edie no se le ocurrían más objeciones. Se sintió derrotada, la suerte estaba echada. Suspiró y convino, irritada:
– ¡Oh! Está bien. Pero, en mi opinión, está haciendo una montaña de un grano de arena.
– Quizá sí. Ojalá.
– ¿Saben en Balnaid que voy?
– No; no puedo comunicar por teléfono. Debe de estar estropeado.
– ¿Ha avisado a Averías?
– Todavía no. Te he llamado a ti lo primero.
– Bien. Yo daré el aviso y les diré que ese número no contesta. Tienen que estar en casa, preparándose para la fiesta.
– Sí, Edie, llama a Averías. Y después prométeme que irás a Balnaid. Allí siempre tienes tu habitación preparada y Virginia lo comprenderá. Explícale lo ocurrido. Si hay algún inconveniente, échame la culpa a mí. Edie, siento mucho ser tan mandona. Pero no podría divertirme sabiendo que estabas sola.
– Me parece mucho jaleo para nada. Pero supongo que pasar una noche en Balnaid no me matará.
– Gracias, Edie, buena chica. Adiós.
– Que se divierta.
Edie colgó. Y, a continuación, antes de que se le olvidara, volvió a descolgar y llamó a Averías para dar el aviso. Contestó un hombre muy amable que dijo que se ocuparía del asunto y la informaría.
Lottie se había escapado. ¿Qué ocurriría ahora? Era terrible pensar en Lottie deambulando por ahí sola, tal vez asustada, perdida.
¿Qué tenía en la cabeza aquella estúpida criatura? ¿Por qué no podía quedarse donde estaba, bien atendida por personas amables? ¿Qué disparatada idea se le había ocurrido esta vez?
Iba a ir a Balnaid, pero no inmediatamente. Le esperaba la bandeja con el resto de la cena, que se había enfriado. Acabaría de cenar, fregaría los cacharros, recogería la cocina y cargaría el fogón de carbón. Después, metería un camisón en su bolso de semipiel y se pondría en camino.
Suspiró con impaciencia. Aquella Lottie era una verdadera cruz y, desde luego, estaba trastornando la vida de todo el mundo. Se sentó de nuevo con la bandeja en el regazo, pero el pollo se había enfriado y perdido sabor y el programa escocés había dejado de interesarla.
Volvió a sonar el teléfono. Nuevamente dejó la bandeja y se levantó para contestar. El hombre de Averías le informó de que el número de Balnaid no daba señal y de que al día siguiente mandaría un operario.
Edie le dio las gracias. No podía hacerse nada más. Cogió la bandeja y la llevó a la cocina. Tiró los restos a la basura, fregó los cacharros y los dejó en el escurridor mientras hacía cábalas sobre dónde se habría metido la desventurada y chiflada de su prima.
Archie Balmerino, bañado, afeitado, peinado y vestido con su traje de gala, recibió de Isobel un beso de aprobación y salió al pasillo dejando a su mujer sentada frente al tocador, haciéndose una complicada operación en las pestañas.
Se detuvo un momento y aguzó el oído para detectar otras señales de actividad. Pero parecía que nadie andaba por la casa, de modo que empezó a bajar las escaleras, despacio, una a una, apoyándose en la barandilla.
Durante todo el día, los habitantes de Croy habían trabajado de firme, ya que cada uno tenía asignadas unas tareas especificas. Y así debía ser porque había muchas cosas que hacer. Ahora la casa estaba preparada y engalanada para la fiesta: el escenario, listo para la acción esperando que se alzara el telón y entraran los actores.
Era el primero. En el recodo de la escalera, se detuvo a admirar, muy satisfecho, el aspecto a la par suntuoso y acogedor que ofrecía el gran vestíbulo, bien arreglado y libre de todos los trastos de la vida cotidiana. En la enorme chimenea de mármol esculpido ardían los leños y la mesa situada en el centro de la gastada alfombra turca reflejaba en su pulimentada superficie un gran ramo de crisantemos blancos y ramas de escaramujo con bolitas rojas, que Isobel había conseguido arreglar durante la tarde.
Croy, engalanado para recibir invitados. Había tensión en el aire, la promesa de amenidades inminentes. Por una vez, se habían descartado la austeridad y la necesaria economía y la vieja casa se permitía, complacida, un insólito derroche.
Recordó otras fiestas. Sus veintiún años y la noche en que él e Isobel celebraron su compromiso. Cumpleaños, Navidades, bailes de cacería, las bodas de plata de sus padres…
Y, entonces, frunciendo las cejas, desechó los recuerdos. La nostalgia era su mayor debilidad. Uno podía pasarse la vida mirando atrás. Pero mirar atrás era cosa de viejos y él no lo era. Todavía no había cumplido los cincuenta. Croy era suyo y no lo era. Lo había recibido de su padre y de su abuelo para que lo conservara para Hamish. Y una cadena era tan fuerte como el más débil de sus eslabones.
Él mismo.
Los horrores de Irlanda del Norte seguirían acampándolo hasta el día de su muerte, pero los fantasmas y las pesadillas habían sido enterrados y ahora sabía que ya no tenía excusa. Había llegado el momento de dejar las vacilaciones y empezar a hacer planes para su patrimonio, su familia y su futuro. Bastantes años había perdido ya en aquel compás de espera. Ya no podía desperdiciar más años. No estaba muy seguro de lo que iba a hacer, pero algo haría. Pediría un préstamo y montaría el taller que tan brillante idea le parecía a Pandora. O cultivaría fresas y frambuesas a escala comercial. O pondría una piscifactoría. Había muchas oportunidades y posibilidades. Lo único que tenía que hacer era decidirse y lanzarse.
Lanzarse. La palabra poseía un sonido alentador. Volvía a sentir la antigua confianza de su juventud. Sabía que lo peor había pasado y que nada podría volver a ser tan malo.
Siguió bajando la escalera y entró en el comedor. Él y Pandora habían puesto la mesa juntos, tal como Harris la ponía en las grandes solemnidades, en las que gustaba de instruir a los jóvenes Blair en las normas correctas y tradicionales. Les había llevado casi toda la tarde. Archie sacó brillo a las copas de cristal fino como pompas de jabón y Pandora dobló las almidonadas servilletas blancas en forma de mitra, cada una de ellas con la corona bordada y la letra “C”.
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