Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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Y, no obstante, dejando aparte excusas y razones nobles, se preguntaba si tendría valor para ir en su busca. Era algo que tenía que ver con la casa. Poseía un ambiente que había percibido nada más entrar, una sensación de vida familiar que hacía que las expediciones clandestinas por los pasillos quedaran, sencillamente, descartadas. Su larga conversación de aquella tarde con Vi en la montaña le había reafirmado su concepto de Balnaid. Era como si todas las generaciones que habían vivido allí siguieran residiendo en el lugar, vivas, respirando, atendiendo a sus ocupaciones, observando tal vez jugando. No sólo Alexa y Virginia, sino también Violet y su aguerrido y adorado Geordie. Y, antes, los abuelos, Sir Hector Lady Primrose Akenside, bien atrincherados en sus principios con la casa llena de gente, niños en las nurseries, invitados en las habitaciones de los invitados y doncellas roncando en las buhardillas. Era la clase de casa sólida a la que, de niño, atrapado en Londres, Noel ansiaba pertenecer. Un estilo de vida bien ordenado opulento, con todas las amenidades de la vida al aire libre. Partidos de tenis y picnis aún más multitudinarios y elaborados que el de aquella tarde. Ponies, escopetas, cañas de pescar y respetuosos criados y guardas siempre deseosos de adiestrar a los jóvenes.

Aquella mañana, cuando iba a Strathcroy con Alexa a su lado, deslumbrado por el paisaje, los colores y el aire puro, se había sentido abrumado por la sensación de que, en cierta manera, aquel coche lo conducía hacia el pasado, un mundo que él había conocido y olvidado. Ahora reconocía que nunca había conocido aquel mundo pero, después de encontrarlo, no quería abandonarlo. Por primera vez en su vida, se sentía integrado.

¿Y Alexa?

Oyó la voz de Violet. “Si tienes que herirla, hazlo ahora, antes de que sea tarde.”

Las palabras tenían un acento patético. Tal vez ya era tarde y, en tal caso, sus relaciones con Alexa habían llegado al punto crítico. Y Noel, con la advertencia de Vi resonándole en los oídos comprendió que había llegado el momento de hacer recuento. Antes de que terminara el fin de semana, intentando hacer la elección por donde había venido, lo cual significaba dejar a Alexa, despedirse, tratar de explicar, hacer la maleta, salir de Ovington Street, volver al apartamento de Pembroke Gardens, alarmar a sus inquilinos, informarles de que tenían que buscarse otro nido. Significaba volver a la vida de antes, volver a ponerse en circulación, llamar a los amigos, quedar citado en bares, comer en restaurantes, buscar los números de teléfono de todas aquellas muchachas hermosas y escuálidas, darles de cenar, escuchar sus conversaciones. Significaba ir al campo los viernes por la tarde y regresar a Londres los domingos por la noche por carreteras congestionadas.

Suspiró. Pero todo eso ya lo había hecho antes y no había razón por la que no pudiera volver a hacerlo.

La alternativa, el otro camino, conducía al compromiso. Y, por lo que era y representaba Alexa, sabía que esta vez tenía que ser total. Toda una vida de responsabilidades asumidas, el matrimonio y, probablemente hijos.

Quizá ya fuera hora. Tenía treinta y cuatro años, pero todavía estaba atormentado por las dudas sobre su propia madurez. Unas inseguridades básicas y profundas le amenazaban como un hatajo de esqueletos acechando en un arco olvidado. Tal vez fuera ya hora pero la perspectiva le aterrorizaba.

Noel se estremeció. Basta. El viento arreciaba. Una ráfaga hizo temblar el batiente de la ventana abierta. Sintió frío pero como una ducha helada el aire había apagado finalmente su ardor. Lo cual revolvió por la mesa uno de sus problemas. Volvió a la cama, se arrebujó entre las mantas y apagó la luz. Estuvo mucho tiempo despierto. Pero, cuando por fin se volvió de lado y se durmió, aún no había tomado una decisión.

10

A poco de salir de Relkirk, empezó a llover. A medida que la carretera iba subiendo hacia el Norte, la bruma descendía de las cumbres. El parabrisas se llenó de pequeñas gotas. Edmund accionó las escobillas. Era la primera lluvia que veía en más de una semana porque Nueva York refulgía a la luz del verano indio. El sol se reflejaba en los cristales de los rascacielos, las banderas del “Rockefeller Center” ondeaban movidas por la brisa y los vagabundos saboreaban el aire tibio tumbados en los bancos de Central Park y rodeados de hatos y bolsas.

Edmund había abarcado dos mundos en un día. Nueva York, Kennedy, Concorde, Heathrow, Turnhouse y otra vez en Strathcroy. En circunstancias normales, habría pasado por el despacho de Edimburgo, pero esta noche tenía que asistir al baile de los Steynton por lo que decidió ir directamente a casa. Le llevaría algún tiempo sacar sus galas escocesas y era posible que ni Virginia ni Edie se hubieran acordado de limpiar los botones de plata de la chaqueta y el chaleco y tuviera que limpiarlos él.

Un baile. Probablemente, no se acostarían hasta las cuatro. A estas horas, ya había perdido la noción de su horario particular y empezaba a estar cansado. Pero un trago de whisky le pondría a tono. Su reloj todavía marcaba la hora de Nueva York y el del coche señalaba las cinco y media. El día aún no había acabado, pero las nubes bajas dificultaban la visibilidad. Encendió las luces de posición.

Caple Bridge. El potente coche zumbaba en las curvas de la estrecha carretera del valle. El asfalto relucía de humedad. Los árboles estaban coronados de niebla. Edmund abrió la ventanilla y aspiró el aire fresco e incomparable. Pensó que iba a volver a ver a Alexa. Pensó que no vería a Henry. Pensó en Virginia…

Temía que su precaria tregua se hubiera roto. Su ultima conversación, cuando estaba a punto de salir para Nueva York, había sido muy borrascosa. Le había gritado por teléfono acusándole de egoísmo, de falta de consideración y de hombre sin palabra. Se negó a escuchar sus explicaciones perfectamente razonables y le colgó el teléfono. Él quería hablar con Henry pero ella, o se olvidó, o deliberadamente no le dio el recado. Tal vez se hubiera calmado después de una semana sin verlo. Pero Edmund no se hacía ilusiones. Últimamente, estaba muy susceptible y rencorosa.

Alexa sería la salvación. Por Alexa, sabía que Virginia pondría su mejor cara y, si era necesario, fingiría divertirse y se mostraría cariñosa durante todo el fin de semana. Siempre era un consuelo.

El indicador salió de la niebla y se acercó hacia él. “Strathcroy”. Edmund aminoró la marcha, cruzó el puente por delante de la iglesia presbiteriana, pasó bajo los altos olmos con su algarabía de cornejas y cruzó las verjas de Balnaid.

En casa.

No paró en la puerta principal, sino que condujo el “BMW” al viejo establo. En el garaje no había más que un coche, el de Virginia y la puerta trasera, la de la cocina, estaba abierta pero sabía que eso no quería decir que necesariamente hubiera alguien en casa.

Edmund quitó el contacto y se quedó esperando, si no el recibimiento de una familia alborozada, por lo menos la bienvenida de los perros. Pero el silencio era total. Al parecer, no había nadie en casa.

Bajó del coche cansinamente. abrió el maletero para sacar el equipaje. La maleta, la abultada cartera de mano, la gabardina y la bolsa de plástico amarillo del Duty Free. La bolsa porque contenía botellas: escocés, ginebra “Gordon’s” y generosos frascos de perfume francés para su esposa, su hija y su madre. Los llevó dentro, al abrigo de la lluvia. Encontró la cocina caliente, limpia y recogida, pero desierta, y la única señal de los perros eran los cestos vacíos. La gran cocina ronroneaba. Un grifo goteaba en el fregadero. Edmund dejó la maleta y la gabardina en el suelo y la bolsa de regalos encima de la mesa y se acercó al fregadero, a apretar el grifo. El goteo cesó. Edmund tendió el oído, pero no había más sonidos que turbaran el silencio.

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