Rosamunde Pilcher - Septiembre
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Todo era perfecto y, sin embargo, sentía una opresión en el pecho. «Es porque sé demasiado -se dijo-. Soy depositaria de demasiadas confidencias. Me gustaría vivir en la ignorancia. Entonces sería feliz. No saber que Virginia y Conrad Tucker…, ese americano tan atento y atractivo…, son amantes. Que Virginia se encuentra en una especie de encrucijada; que, sin Henry a su lado, era capaz de tomar una decisión desastrosa. Me gustaría no saber que Edie está tan apenada por la pobre Lottie.»
Pero, al mismo tiempo, había dudas que deseaba despejar. «Me gustaría estar segura de que Alexa no va a sufrir, de que Henry no está consumiéndose de añoranza de su madre. Me gustaría saber que hay en la mente insondable de Edmund.»
Su familia. Edmund, Virginia, Alexa, Henry y Edie. El cariño y el interés por los demás deparaban alegrías pero también podían ser como una piedra de molino colgada del cuello. Y lo peor de todo era que se sentía inútil porque no podía hacer absolutamente nada para resolver los problemas.
Violet suspiró. El suspiro fue perfectamente audible y ella, al darse cuenta, hizo un esfuerzo por sobreponerse, adoptó una expresión alegre y se volvió hacia el hombre que estaba tumbado a su lado, apoyado en los codos.
Entonces, dijo lo primero que se le ocurrió.
– Me gustan los colores del páramo porque me recuerdan una bonita lana de tweed. Esos tonos carmesí y púrpura, el verde musgo y el tono tostado de la turba. Y me gustan las lanas de tweed porque me recuerdan el páramo. Que hábil es la gente que sabía imitar a la Naturaleza.
– ¿En eso pensabas?
No era tonto. Ella movió la cabeza.
– No -reconoció-. Pensaba… que ya no es lo mismo.
– ¿Qué no es lo mismo? -preguntó Noel.
Violet no se explicaba por que había subido él. Ni ella le había invitado a acompañarla ni él se lo había propuesto. Ella había empezado a subir la cuesta y él se había puesto a su lado como si estuviera acordado tácitamente. Y juntos habían ascendido por el estrecho sendero de los rebaños, parándose de vez en cuando a admirar la vista, más extensa a cada parada, a contemplar el vuelo de un urogallo o a coger una ramita de brezo blanco. Cuando llegaron a lo alto, se sentó a descansar y él se echó a su lado. A Violet le conmovía que hubiera optado por su compañía y sintió que sus reservas hacia él disminuían.
Porque ella recelaba. Aunque estaba bien predispuesta hacia el hombre del que Alexa se había enamorado, se mantenía vigilante, decidida a no dejarse conquistar por una simpatía superficial. El atractivo de aquel hombre, su cabello negro, su figura alta, sus ojos azules e inteligentes, la habían pillado ligeramente desprevenida y el que fuese hijo de Penélope Keeling había acabado de desarmarla. Y esa era otra de las cosas que le amargaban el día. Porque Noel le había dicho que Penélope había muerto y le costaba aceptarlo. Ahora, apesadumbrada, comprendía que no podía culpar a nadie más que a sí misma de no haber tratado más a aquella mujer tan vital y encantadora. Y ya era tarde.
– ¿Qué es lo que ha cambiado? -insistió él, suavemente.
Volvió a tomar el hilo de sus pensamientos.
– Mi picnic.
– Es un picnic formidable.
– Pero diferente. Faltan muchos. No están Henry, ni Edmund, ni Isobel Balmerino. Es la primera vez que falta a mi fiesta de cumpleaños. Pero tenía que ir a Corriehill, a ayudar a Verena Steynton con las flores para el baile de mañana por la noche. Y, por lo que se refiere a mi pequeño Henry, va a tener que estar en la escuela por lo menos diez años. Y para cuando pueda volver a venir, yo probablemente estaré ya a seis pies debajo de la hierba. Por lo menos, así lo espero. Ochenta y ocho años son muchos, impensable. Demasiado vieja y tienes que depender de los hijos. Es lo que más temo.
– No te imagino dependiendo de nadie.
– La senilidad no perdona a nadie.
Enmudecieron. En el silencio llegó otra descarga de las escopetas por encima de las cumbres.
– Por lo menos, ellos parecen tener un buen día -sonrió Violet.
– ¿Quienes están cazando?
– Supongo que los miembros de la asociación que tiene arrendado el coto. Archie Balmerino va con ellos. -Sonrió a Noel-. ¿Tú cazas?
– No; ni siquiera he tenido nunca una escopeta en las manos. No me dieron esa clase de educación. He vivido en Londres toda la vida.
– ¿En la preciosa casa de Oakley Street?
– Exactamente.
– Que suerte.
Él movió la cabeza.
– Lo más triste es que yo no me consideraba afortunado. Iba a un colegio externo y me creía desgraciado porque mi madre no podía enviarme a Eton o a Harrow. Además, cuando tuve edad de ir a la escuela, mi padre se había marchado para casarse con otra mujer. No es que le echara de menos porque casi no lo conocí, pero de algún modo aquello me mortificaba.
Ella no malgastó su compasión en él. Estaba pensando en Penélope Keeling.
– No es fácil para una mujer criar a los hijos sola.
– No creo que, de chico, se me ocurriera nunca esa idea.
Violet se echó a reír, apreciando su sinceridad.
– Lástima que la juventud se desperdicie en los jóvenes. Pero, ¿no disfrutabas de la compañía de tu madre?
– Sí, disfrutaba. Pero, de vez en cuando, teníamos unas peleas fenomenales. Generalmente, por dinero.
– El dinero es la causa de la mayoría de las peleas familiares, pero no creo que ella sufriera de materialismo.
– Todo lo contrario. Tenía su filosofía de la vida y una serie de frases hechas a las que recurría en los momentos difíciles o en lo más vivo de la discusión. Una de ellas es que la felicidad consiste en sacar el máximo partido a lo que tienes y la riqueza, en sacárselo a lo que te compras. Me parecía plausible, pero no acababa de convencerme.
– Quizá necesitabas algo más que buenas palabras.
– Sí; necesitaba algo más. Necesitaba no sentirme un extraño. Quería integrarme en una vida diferente, tener un pasado diferente, pertenecer al Establishment, con viejas casas, viejos apellidos y vieja fortuna. Se nos inculcó que el dinero no importa, pero yo sabía que el dinero no importa únicamente cuando lo tienes en abundancia.
– No estoy de acuerdo, pero te comprendo -dijo Violet-, la hierba siempre es más verde al otro lado de la colina. Y es humano desear lo que no se tiene. -Pensó en la casa de Alexa en Ovington Street, que era como una joya, y en la seguridad económica que la muchacha había heredado de su abuela materna, y sintió una punzada de inquietud-. Lo malo es que cuando llegas a esa hierba tan verde ves que, en realidad, no la deseabas. -Él guardó silencio y Violet frunció la frente-. Dime -agregó, yendo directamente a lo que interesaba-: ¿qué piensas de nosotros?
Noel quedó desconcertado por su brusquedad.
– Yo… no he tenido tiempo de formarme una opinión.
– Tonterías. Claro que has tenido tiempo. Por ejemplo, ¿te parece que nosotros somos el Establishment, como dices tú? ¿Crees que somos grandes?
Él se echó a reír. Quizá su hilaridad pretendía encubrir cierta turbación. No podía asegurarlo.
– No sé si grandes, pero reconoce que vivís a lo grande. En el Sur, para llevar ese estilo de vida hay que ser multimillonario.
– Pero estamos en Escocia.
– Precisamente.
– ¿Crees que nosotros somos grandes?
– No; sólo diferentes.
– Diferentes, tampoco, Noel. Corrientes. Gente de lo más corriente, que ha tenido la bendición de nacer y vivir en esta tierra incomparable. Hay, desde luego y lo reconozco, títulos, tierras, grandes mansiones y cierto feudalismo, pero si raspas la superficie de cualquiera de nosotros y profundizas una o dos generaciones, encontrarás a pequeños campesinos, obreros, pastores, granjeros. El sistema escocés de los clanes fue algo extraordinario. ningún hombre era criado de otro sino parte de una familia, y por eso el escocés de las tierras altas va por la vida con gallardía. Él sabe que es tan bueno como tú, si no mucho mejor. Además, la revolución industrial y el dinero victoriano crearon una grande y próspera clase media formada por antiguos artesanos y obreros. Archie es el tercer Lord Balmerino, pero su abuelo hizo fortuna fabricando paños y se había criado en las calles de la ciudad. Mi propio padre era hijo de un pastor de la isla de Lewis y andaba descalzo de niño. Pero tenía cerebro y afición a los libros, y sus ambiciones le hicieron ganar becas y acabó estudiando Medicina, se hizo cirujano, prosperó y llegó muy alto…, obtuvo la cátedra de Anatomía de la Universidad de Edimburgo y un titulo nobiliario, Sir Hector Akenside. Un nombre muy rimbombante, ¿no te parece?. Pero siempre fue un hombre sencillo, sin pretensiones, y por ello no sólo se hacía respetar, sino también querer.
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