Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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Y, entonces, ella dijo algo extraño:

– ¿No nos hemos visto antes?

– Me parece que no.

– Su apellido me suena. Keeling. -Se encogió de hombros y soltó su mano-. No tiene importancia. -Sonrió y él advirtió que, aunque nunca hubiera sido hermosa, sí debió de poseer un gran atractivo-. Muy amable de haber venido a conocernos a todos.

– Le deseo un feliz cumpleaños. Traemos una caja llena de regalos.

– Éntrelos, por favor. Luego los abriré.

Volvió al coche, abrió las puertas, tranquilizó a los perros, sacó la caja y volvió a cerrar. Cuando terminó todas estas operaciones, Alexa y su abuela habían desaparecido ya en el interior de la casa y Noel las siguió por el pequeño recibidor hasta la sala de estar, alegre y luminosa, por la que se salía al exquisito jardín.

– Póngala ahí. Todavía no los abriré. Antes quiero oír todas las noticias. Alexa, el café y las tazas están en la cocina. ¿Quieres traer la bandeja? -Alexa salió-. Ahora, Noel… no puedo llamarle Mr. Keeling porque hoy en día nadie gasta tanta ceremonia, y usted llámeme Violet…, ¿dónde quiere sentarse?

Pero a Noel no le apetecía sentarse. Como siempre que se encontraba en un ambiente nuevo, deseaba dar una vuelta por la habitación, curiosear, captar el aire de las cosas. Era una salita muy agradable, con las paredes de un amarillo pálido, unas vistosas cortinas de cretona rosa y unas alfombras de color crema a ras de la pared. Violet Aird no llevaba muchos años viviendo allí, eso ya lo sabía Noel, y la luz y la frescura de la habitación indicaban que había sido remozada recientemente; pero los muebles, los cuadros, los adornos, los libros y la porcelana debían de haber venido con ella de su anterior domicilio, seguramente, Balnaid. Los sillones y el sofá lucían unas fundas de lino color coral y un armarito de ébano que tenía las puertas abiertas estaba forrado del mismo coral y contenía una colección de porcelanas “Famillie Rose”. Dondequiera que mirara, Noel encontraba un objeto envidiable o practico, selección de las más preciadas reliquias de toda una vida. Almohadones bordados a mano, un cesto de mimbre lleno de troncos, un guardafuegos de latón, un fuelle, el costurero, el pequeño televisor, montones de revistas, cuencos llenos de objetos diversos. Todas las superficies horizontales estaban ocupadas por pequeños objetos decorativos. Cajas de esmalte, jarrones de flores frescas, un bol de cobre lleno de brezo púrpura, fotografías en marco de plata, figuritas de Sajonia.

Ella lo observaba. Él la miró y sonrió:

– Veo que aplica las reglas de William Morris.

– ¿A qué se refiere?

– No hay en su casa nada que no sepa usted útil o no considere hermoso.

– ¿Quién le enseñó eso? -preguntó ella, divertida.

– Mi madre.

– Es un concepto anticuado.

– Pero vigente.

En el hogar había un pequeño fuego encendido. Sobre la repisa vio una pareja de perros de porcelana de Staffordshire y en la pared…

Noel frunció el entrecejo y se acercó a mirar el cuadro. Era un óleo de una niña en un campo de ranúnculos. El campo estaba en sombra pero, al fondo, el sol brillaba sobre unas rocas, el mar y las figuras lejanas de dos muchachas. El efecto de luz y color llamó su atención, no sólo porque vibraba de vida, sino porque la técnica, la obtención del efecto tridimensional le conmovía con la fuerza de una cara familiar recordada de la niñez.

Tenía que ser. Noel apenas tuvo que leer la firma para saber de quién era.

– Un Lawrence Stern -dijo, con asombro.

– Que buen conocedor. Es mi más preciada posesión.

Él se volvió a mirarla.

– ¿Cómo llegó a su poder?

– Me lo regaló mi esposo hace muchos años. Lo vio en el escaparate de una galería de Londres, entró y lo compró para mí, sin importarle pagar más de lo que su bolsillo le permitía.

– Lawrence Stern era mi abuelo -dijo Noel.

– ¿Su abuelo? -repitió ella, frunciendo la frente.

– Sí; mi abuelo materno.

– ¿Su abuelo…? -Ella se interrumpió, todavía con las cejas juntas y de pronto sonrió, disipada la perplejidad, y su cara se inundó de satisfacción-. ¡Claro, por eso me sonaba su nombre! Noel Keeling. Yo conozco a su madre… Me la presentaron… Dígame, ¿cómo está Penélope?

– Murió hace cuatro años.

– ¡Oh, que disgusto me da! Una persona encantadora. Sólo la vi una vez, pero…

La entrada de Alexa, que venía de la cocina de Violet transportando la bandeja con la cafetera, tazas y platos.

– ¡Alexa, oye lo más extraordinario! Imagina, resulta que Noel no es un completo desconocido, que una vez me presentaron a su madre y, por cierto, al momento simpatizamos. No sabéis cuanto he deseado volver a verla, pero nunca más coincidimos…

Aquel descubrimiento, aquella revelación, aquella coincidencia que ponía de manifiesto lo pequeño que es el mundo, pasó a primer término. Momentáneamente, el picnic y el cumpleaños quedaron olvidados y Alexa y Noel escucharon fascinados el relato de Vi mientras tomaban el café caliente.

– Me la presentó Roger Wimbush, el retratista. Al acabar la guerra, cuando Geordie regresó del campo de prisioneros y volvió a trabajar en Relkirk, se acordó de que, por ser el presidente de la empresa, tenía que hacer un retrato para la posteridad. Y se encargó a Roger Wimbush. El pintor se instaló en Balnaid y, en el invernadero, pintó el retrato, que luego, con cierta solemnidad, fue colgado en la sala de juntas de la compañía. Y allí debe seguir. Nosotros nos hicimos amigos del pintor y, cuando murió Geordie, Roger me escribió una carta muy bonita y me mandó una invitación para la Exposición de Retratistas que se celebraba en Burlington House. Yo no voy a Londres a menudo, pero me pareció que la ocasión merecía el viaje y fui. Roger me esperaba y me acompañó a visitar la exposición. En seguida me llamaron la atención dos señoras. Una era tu madre, Noel, y la otra, me parece, una tía suya que había llevado a ver la exposición. Era muy anciana, pequeña y arrugadita, pero con una gran vitalidad…

– La tía-abuela Ethel -dijo Noel, porque no podía ser otra persona.

– Eso es. Ethel Stern, hermana de Lawrence Stern.

– Murió hace años; era una persona muy divertida.

– No me cabe duda. Lo cierto es que Roger y tu madre eran viejos amigos. Tengo entendido que ella lo había tenido de huésped cuando él era un estudiante sin dinero que luchaba por abrirse camino. Se alegraron mucho de verse, se hicieron las correspondientes presentaciones, yo supe que era hija de Lawrence Stern y le hablé de ese cuadro. Para entonces, todos nos habíamos hecho amigos y, puesto que ya habíamos visto los retratos, decidimos almorzar juntos. Yo pensaba ir a un restaurante, pero tu madre insistió en llevarnos a su casa.

– Oakley Street.

– Exacto. Oakley Street. Protestamos por la molestia, pero ella no quiso escuchar nuestras protestas y, cuando quise darme cuenta, ya estábamos los cuatro en un taxi, camino de Chelsea. Hacía un día muy hermoso. Lo recuerdo claramente. Sol y calor, y ya sabéis lo bonito que puede estar Londres a principios de verano. Almorzamos en el jardín, que era grande y frondoso, y olía a lilas de un modo que daba la sensación de estar en el sur de Francia, o en Paris, con aquellos árboles que amortiguaban el ruido del trafico y filtraban los rayos del sol. Había una terraza bien sombreada, con una mesa y sillas de jardín y allí nos sentamos a beber mientras tu madre andaba por la gran cocina del semisótano, apareciendo de vez en cuando a charlar, a servir más vino o a poner el mantel y los cubiertos

– ¿Qué comisteis? -preguntó Alexa, fascinada por la escena que describía Vi.

– A ver. Tengo que hacer memoria. Todo estaba muy bueno, eso lo recuerdo. Todo delicioso y en su punto. Una sopa fría, gazpacho me parece, y pan casero y crujiente. Ensalada. Y paté. Y queso francés. Y un frutero lleno de melocotones que había cogido aquella misma mañana de un árbol que crecía junto a la tapia, al extremo del jardín. Estuvimos allí toda la tarde. No teníamos otros compromisos o, si los teníamos, los olvidamos. Las horas volaban, como en un sueño. Y recuerdo que Penélope y yo dejamos a Ethel y Roger en la mesa, tomando café y coñac y fumando “Gauloises”, y nos fuimos a contemplar todas las preciosidades del jardín. No parábamos de hablar aunque no sabría deciros de qué. Creo que ella me habló de Cornualles, donde había pasado la niñez, de la casa que tenían y de la vida que llevaban antes de la guerra. ¡Y era una vida tan diferente a la mía! Cuando fue hora de irnos, deseaba que aquello no terminara. No tenía ganas de despedirme. Y cuando volví a Balnaid, ese cuadro, que siempre me había encantado, adquirió un nuevo significado porque ahora conocía a la hija de Lawrence Stern.

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