Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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Era una ingratitud sacar defectos, porque sus anfitriones habían sido muy amables, pero Noel nunca se había alegrado tanto de marcharse de un sitio.

El zarapito volvió a gritar. Noel se volvió hacia el dormitorio mientras se introducía el faldón de la camisa en los tejanos, una maravillosa opulencia de principios de siglo. Tanta como en Ovington Street, pero a mayor escala y con aire masculino. Un baño gigante, unas toallas monstruosas y pesados cortinajes recogidos con cordón de seda. Volvió a pensar en Virginia y entonces advirtió que, si bien había temido que se repitiera lo vivido en cierta zona residencial americana, no esperaba que fuera dueña de una casa que parecía haber sido decorada y amueblada hacía cincuenta años y conservada con esmero.

Pero le parecía bien. Se sentía como en su casa. Le gustaba el ambiente, el sólido confort, el grato olor a casa de campo, el brillo de la cera en los muebles bien cuidados, el apresto de la ropa limpia, el ambiente familiar. Mientras se ponía los calcetines, el jersey grueso y se cepillaba el pelo, se puso a silbar insensiblemente. Se miró al espejo y sonrió. Ya había empezado a divertirse.

Cuando acabó salió del dormitorio con el regalo de Vi en la mano y, siguiendo el sonido de las voces femeninas, llegó a la cocina de Virginia, que no estaba equipada con todos los artilugios imaginables pero era espaciosa y sencilla y estaba llena de sol y aroma de café recién hecho. Alexa había trinchado con mano experta un pollo frío y estaba colocando los trozos en la fiambrera de plástico mientras Virginia llenaba el termo de café. Cuando Noel apareció, dejó la jarra encima de la mesa y roscó el tapón.

– ¿Todo bien? -le preguntó.

– Mejor que bien. He tomado un baño y ahora me siento dispuesto a todo.

– ¿Un regalo para Vi? Ponlo en esa caja con los nuestros… -Era una caja de cartón de comestibles, que ya estaba llena de paquetes de formas diversas, envueltos en vistosos papeles.

Él agregó el suyo.

– Alguien le regala una botella.

– Es de Henry. Es vino de ruibarbo y la ganó en la tómbola de la iglesia. Noel, el “Subaru” está detrás de la casa. Si eres tan amable, carga la caja con todos los otros cachivaches y haz el favor de dársela a Vi cuanto tu y Alexa lleguéis a Pennyburn.

Noel cogió la caja de los regalos, cruzó la cocina y salió al patio en el que se encontraba el “Subaru”, un robusto todo terreno, con la puerta trasera abierta y el compartimiento de carga lleno de objetos diversos. Para Noel, un picnic era comer un bocadillo en el campo o, si acaso, llevar una cesta preparada por una charcutería selecta, con champaña incluido, que se destapaba ceremoniosamente en los campos de Glyndebourne. Pero los pertrechos para el picnic de Vi le recordaron unas maniobras militares. Mantas de viaje, paraguas, cañas de pescar, carretes y bolsas: una bolsa de carbón para la barbacoa, otra de teas y astillas, parrillas y tenazas, los cacharros de los perros, una botella de agua, latas de cerveza, un cesto lleno de platos y tazas de plástico de vivos colores. Un rollo de papel de cocina, un fardo de impermeables, la cámara de Alexa y unos prismáticos.

Mientras Noel cargaba la caja de los regalos, salió Alexa con otro cesto en el que iban el termo de café y la fiambrera de pollo, jarras, las correas de los perros y un silbato.

– Cualquiera diría que nos vamos de acampada para dos semanas.

– Hay que estar preparados para cualquier eventualidad. -Él cogió el cesto y le hizo un hueco-. En marcha. Ya es tarde.

– ¿Y los perros?

– Van con nosotros. Habrá que meterlos con todo esto.

– ¿No pueden ir en el asiento de atrás?

– No; porque en este coche iremos cinco personas y ni Vi ni Edie son unas sílfides.

– Podríamos llevar mi coche.

– Podríamos, pero no llegaríamos muy lejos. Espera a ver el camino. Es empinado y pedregoso, sólo para coches como este.

Noel, muy cuidadoso de su “Volkswagen”, no insistió y terminó la discusión. Agarraron a los perros, los cargaron en el coche y les cerraron la puerta en los hocicos. Los animales tenían cara de resignación. Alexa y Noel se instalaron delante, Noel al volante. Virginia, todavía con el delantal, salió a despedirlos.

– Llegaré sobre las doce y cuarto -les dijo-. Que lo paséis bien con Vi.

El coche arrancó, dio la vuelta a la casa, cruzó la verja y enfiló el puente. Mientras, Alexa ponía a Noel al corriente de las ultimas noticias.

– Papá está en Nueva York. Me he enterado de todo mientras trinchaba el pollo. Pero llega mañana, o sea que podrá asistir a la fiesta. Y Lucilla Blair esta en Croy…, ha venido de Francia… y Pandora Blair. Es la hermana de Archie Balmerino, es decir que podrás conocer a las dos.

– ¿Estarán en el picnic?

– Supongo. Pandora, no estoy segura. Tengo ganas de verla, porque aún no la conozco. Sólo he oído hablar de ella. Es la oveja negra de los Balmerino y tiene una reputación de lo más novelesca.

– Parece interesante.

– Bueno, no te animes demasiado. Es mayor que tú.

– Tengo debilidad por las señoras maduras.

– No creo que “madura” sea la palabra que le vaya a Pandora. También hay otro invitado en Croy, un tal Conrad Tucker. Es americano y resulta que es un antiguo amigo de Virginia. ¿No es fantástico? Y la pobre Virginia tuvo que llevar a Henry al colegio porque papá no estaba. Dice que fue horrible y no quiere hablar de ello. Y no ha tenido noticias de Henry, de manera que no sabemos cómo estará. Dice que no quiere llamar al director para que no la tome por una madre pesada. -El coche avanzaba por la calle del pueblo bamboleándose-. No sé por qué no puede llamar. Por qué no ha de poder hablar con Henry, si lo desea. Ahora, a la izquierda, Noel, por esa verja y la cuesta. Esto es Croy, tierras de Archie Balmerino. Creo que hoy ha salido de caza pero mañana, antes del baile, cenamos todos en su casa y entonces lo conocerás…

El camino trepaba por entre los campos que antes fueran parque. Las hojas de unas hayas majestuosas empezaban a amarillear y, al fondo, las montañas alzaban sus cumbres a un radiante cielo otoñal. El aire era frío a pesar del sol y Noel se alegró de haberse puesto el jersey grueso.

– Ahora, tuerce por ese camino. Antes estaba hecho un desastre, era una senda intransitable que conducía al cottage de un jardinero, pero Vi lo arregló cuando compró esto a Archie. Es una jardinera incansable. Eso ya te lo había dicho. Fíjate que vista. Desde luego, el viento pega fuerte, pero ahora que el seto de haya está más alto…

La casa, rodeada de césped y macizos de flores de colores vivos, refulgía al sol con sus blancas paredes. Cuando Noel detuvo el coche delante de la puerta, ésta se abrió y apareció una dama de figura grande y bien formada, que los saludó abriendo los brazos, mientras el viento jugaba con su pelo gris. Llevaba una falda de tweed muy vieja, un cardigan, unos calcetines cortos y unos robustos zapatos planos. Alexa saltó del coche y, casi instantáneamente la envolvió el abrazo monumental de su abuela.

– Alexa. Mi tesoro, que alegría verte.

– Feliz cumpleaños.

– Setenta y ocho, cariño, ¿no es terrible? Más vieja que Matusalén. -Dio un beso a Alexa y, por encima de la cabeza de su nieta, observó a Noel, que daba la vuelta al “Subaru”. Sus miradas se encontraron y sostuvieron. La de Violet era firme y brillante; inquisitiva pero también amable. Me están examinando, se dijo Noel. Esbozó su más franca sonrisa.

– Mucho gusto. Soy Noel Keeling.

Violet soltó a Alexa y le tendió la mano. Él la estrechó. Fue un apretón sano, la palma seca y cálida, los dedos fuertes. La anciana no era bella y, probablemente, nunca lo había sido pero advirtió su animación y sensatez en su cara de facciones curtidas, en la que todas las arrugas parecían marcadas por la risa. Instintivamente, se sintió atraído por ella, le pareció una persona capaz de mantener una hostilidad implacable, pero también capaz de brindar la más sólida y leal amistad. De pronto, deseó tenerla de su parte.

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