Caple Bridge. Cruzaron un río que corría por una profunda garganta y torcieron por el desvío que indicaba “Strathcroy”. A uno y otro lado de la carretera, estrecha y sinuosa, se ondulaban las colinas, cubiertas todavía de brezo en flor. Noel vio algunas granjas diseminadas y a un hombre que conducía un rebaño de corderos monte arriba, por entre verdes campos, hacia tierras más áridas. A su lado iba Alexa, con Larry en las rodillas. El perro dormía, pero Alexa estaba palpablemente tensa con la emoción de volver a casa. En realidad, llevaba varias semanas ilusionada con el viaje, contando los días en el calendario, recorriendo las tiendas en busca del vestido, comprando regalos, y hasta se había cortado el pelo. Con los preparativos de última hora, no había parado en los dos últimos días: haciendo las maletas de los dos, planchando todas las camisas de Noel, vaciando la nevera y dejando a una vecina el duplicado de las llaves de la casa por si entraban ladrones. Todo, con el entusiasmo y la energía de una niña. Noel observaba su frenética actividad con cariñosa tolerancia, aunque sin pretender que compartía sus sentimientos.
Pero, ahora, a punto de terminar el largo viaje y con la luz del sol derramándose desde un cielo límpido y aquel aire tan puro entrando por la ventana y con las nuevas perspectivas que se revelaban a cada recodo, Noel sintió de pronto que se le contagiaba la euforia de Alexa. Si aquello no era felicidad, era un bienestar físico muy próximo a ella. Impulsivamente, retiró la mano del volante y la puso sobre la rodilla de Alexa, que inmediatamente la cubrió con la suya.
– No digo a cada paso “que bonito” porque, realmente, las palabras se quedan cortas -dijo Alexa.
– Estoy de acuerdo.
– Llegar a casa siempre es especial pero esta vez, mucho más, porque tú vienes conmigo. Ahora estaba pensando en eso. -Sus dedos se enlazaron con los de él-. Nunca fue como hoy.
– Procuraré estar a la altura de las circunstancias, para que sigas pensando así.
Alexa le dio un beso en la mejilla.
– Te quiero -dijo.
Cinco minutos después, llegaron. En el pueblo, cruzaron otro puente y una verja y entraron en el camino particular. Él vio los prados, los macizos de rododendros y azaleas y la vista panorámica de las montañas del Sur, que se divisaban a intervalos. Paró el coche delante de la casa, la casa de la foto de Alexa, ahora real y sólida ante sus ojos, con el saliente del invernadero a un lado. La puerta principal estaba abierta, enmarcada por hiedra de Virginia que empezaba a enrojecer y, antes de que Noel parara el motor, aparecieron los dos spaniels, no quietos y modosos en lo alto de la escalera, sino ladrando y corriendo hacia ellos con las orejas al viento, ansiosos de investigar a los recién llegados. Larry, tan rudamente despertado, no se achicó y empezó a protestar ruidosamente desde los brazos de Alexa mientras ella bajaba del coche.
Casi al momento, salió Virginia detrás de los perros, con unos tejanos y una camisa blanca de cuello abierto, tan atractiva como con el elegante modelo que vestía en Londres la única vez que Noel la había visto.
– Alexa, cariño. Creí que nunca ibais a llegar. -Abrazos y besos. Noel, desentumeciendo brazos y piernas, contemplaba la escena-. Hola, Noel. -Virginia se volvió-. Encantada de volver a verte -también él recibió un beso, lo cual resultó muy agradable-. ¿Ha sido muy malo el viaje? Alexa, no hay quien aguante este escándalo. Pon a Larry en el suelo y deja que se hagan amigos aquí, en el jardín. Si no, se hará pis en todas mis alfombras. ¿Cómo llegáis tan tarde? Hace horas que os espero.
Alexa explicó:
– Paramos a desayunar en Edimburgo. Noel tiene allí a unos amigos, Delia y Calum Robertson. Viven detrás de Moray Place en una casita preciosa que antes era un establo. Los despertamos tirando piedras a la ventana y ellos, sin enfadarse porque los hubiéramos despertado, nos abrieron y nos prepararon huevos con tocino. Debí llamarte, pero no se me ocurrió. Perdona.
– No importa. Lo que importa es que ya estáis aquí. Pero no tenemos ni un momento que perder, porque Vi os espera a las once para tomar café, antes de irnos a la montaña para el picnic. -Miró a Noel con aire compasivo-. Pobre chico, nada más llegar ya estás en pleno fregado, pero Vi tiene ganas de veros. ¿Lo soportarás? ¿No estás cansado, después de un viaje tan largo?
– En absoluto -le aseguró él-. Nos hemos turnado y el que no conducía podía dar una cabezada… -Abrió el maletero y Virginia alzó las cejas.
– Vaya, cuanto equipaje. Bueno, adentro con él…
Noel estaba en su dormitorio, con sus bolsas. Le habían dejado solo para que se instalara. La puerta estaba abierta y oía las voces de Alexa y Virginia que, con mucho que decirse, charlaban al fondo del pasillo. De vez en cuando, sonaban risas. Cerró la puerta, necesitaba un momento de soledad antes de afrontar la siguiente tanda de obligaciones. Le habían dicho que tenía que conducir el “Subaru“. Por lo que había podido oír había un lío con unos manteles, pero él y Alexa tomarían café con la abuela y después Virginia y Edie se reunirían con ellos y todos juntos se irían al picnic.
No le desagradaba la perspectiva; al contrario, esperaba con agrado lo que el día pudiera depararle. Abrió la maleta y, distraídamente, empezó a sacar la ropa. Colgó el esmoquin en el inmenso armario victoriano y sacó el regalo para Vi, los cepillos y el neceser. Dejó los cepillos sobre el tocador y entró a inspeccionar el baño. Allí encontró una bañera de dos metros con enormes grifos de latón, suelo de mármol, altos espejos y esponjosas toallas de baño, pulcramente dobladas y colgadas de un toallero caliente. Estaba estragado después de una noche de viaje y, con súbita decisión, abrió los grifos, se quitó la ropa y se dio el baño más rápido y más caliente de su vida. Más entonado, volvió a vestirse y, mientras se abrochaba la camisa limpia, se acercó a la ventana a contemplar la hermosa vista que se extendía más allá del jardín. Campos, corderos, montañas. En el silencio sonó la voz clara y líquida de un zarapito. Cuando se apagó el sonido, intentó en vano recordar la última vez que había oído aquella llamada obsesiva y evocadora.
Virginia Aird era medio americana, joven, vital y elegante. Una vez, durante un viaje de trabajo a los Estados Unidos, Noel se había alojado en casa de un colega que vivía en el Estado de Nueva York. La casa era de estilo rancho y estaba rodeada de césped, que lindaba con el césped de la finca de al lado, y había sido proyectada siguiendo los objetivos prioritarios de la comodidad y el fácil mantenimiento. Tenía calefacción central y una distribución ideal, estaba equipada con los últimos adelantos y hubiera debido ser el lugar más confortable del mundo para pasar un fin de semana de invierno. Pero algo fallaba. La anfitriona era una persona encantadora, pero no tenía ni idea de cómo atender a un invitado. A pesar de poseer una cocina equipada con todos los artilugios imaginables, no guisó ni un solo plato en todo el fin de semana. Todas las noches, se emperejilaban y se iban a cenar al country club. De aquella cocina no salían más que huevos fritos y hamburguesas con queso al microondas. Pero no acababa ahí la cosa. En el salón había una chimenea con el hogar lleno de tiestos y plantas, y los sofás, de una comodidad voluptuosa, en lugar de estar orientados hacia un buen fuego de leños, miraban al televisor. Dedicaron la tarde del domingo a contemplar un partido de fútbol americano, cuyas reglas y martingalas eran un misterio para Noel. En el dormitorio había otro televisor y el cuarto de baño tenía ducha, enchufe para la máquina de afeitar y hasta bidet, pero la toalla mayor del juego de color azul marino apenas llegaba para cubrir sus partes íntimas, y Noel añoró tristemente el absorbente abrazo de sus toallas de baño, inmensas, blancas y absorbentes. Pero lo peor fueron las molestias de la sinusitis provocada por dormir en una habitación con calefacción cuya ventana no podía abrirse.
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