– ¿Y no volviste a verle? -preguntó Alexa.
– No. Fue una pena. Yo voy muy poco a Londres y creo que, al cabo de un tiempo ella se marchó a vivir al campo. Fue una tontería por mi parte perder el contacto con una persona tan agradable y con la que había simpatizado tanto.
– ¿Cómo era? -Alexa, fascinada por aquel inesperado atisbo de la vida familiar de Noel, se sentía ávida de detalles. Vi miró a Noel.
– Descríbela tú.
Pero él no podía. Las facciones, los ojos, los labios, la sonrisa, el pelo, le rehuían. No habría podido decir cómo era ni aunque le hubieran apuntado con una pistola. Lo que él recordaba de su madre, lo que conservaba presente al cabo de cuatro años de haberla perdido, era su personalidad, su cordialidad, su risa, su generosidad, su obstinación, aquel modo de obrar tan suyo que le volvía loco y su hospitalidad, franca e inacabable. Las palabras de Vi al describir aquel almuerzo, improvisado pero tan especial que le quedó grabado en la memoria, le trajo a la mente los tiempos de Oakley Street con tanta fuerza, que se sintió invadido de nostalgia por todo lo que él había tomado por descontado y que nunca había tenido tiempo de apreciar.
Movió negativamente la cabeza.
– No podría -dijo.
Vi le miró a los ojos. Y, como si comprendiera su dilema, no insistió. Se volvió hacia Alexa.
– Era alta y tenía una presencia muy agradable. A mí me pareció hermosa, con su pelo gris oscuro, tirante y recogido en la nuca con un moño sujeto con horquillas de carey, los ojos negros, grandes y brillantes, y la piel fina y morena, como si hubiera vivido siempre al aire libre, como una gitana. Sin ir a la moda, su porte le confería una elegancia natural. Despedía una fuerte carga de… alegría de vivir. Una mujer inolvidable. -Miró a Noel-. Y tú eres su hijo. Que cosas. Lo extraña que puede ser la vida. A los setenta y ocho años, dirías que ya nada puede sorprenderte y te pasa una cosa de estas y te parece que el mundo acaba de empezar.
El lago de Croy se escondía entre las montañas, a tres millas al norte de la casa, y sólo podía llegarse hasta él por un camino abrupto y empinado, que trepaba por el páramo en una serie de cerradas y vertiginosas curvas.
No era un lago natural. Antaño, había sido un estrecho valle rodeado por las colinas del Norte y la mole del Creagan Dubh, lugar remoto y solitario, refugio de águilas y ciervos, gatos salvajes, urogallos y zarapitos. En Croy se conservaban viejas fotografías sepia de aquel valle, cruzado por un arroyo de altos márgenes poblados de juncos, junto al que se veían las ruinas de una granja, graneros y establos de los que no quedaban más que unas semiderruidas paredes de granito. Hasta que el primer Lord Balmerino, abuelo de Archie, rico y aficionado a pescar truchas, decidió fabricarse un lago. Y se construyó una presa, robusta como un bastión de más de cuatro metros de alto y lo bastante ancha como para que un carruaje pasara por encima. En previsión de posibles crecidas, se instalaron unas compuertas que, una vez terminada la presa, fueron cerradas, apresando el arroyo. Poco a poco, las aguas subieron y las ruinas quedaron sumergidas para siempre. El gran tamaño de la presa impedía ver el lago hasta que se doblaba el último recodo y entonces, de pronto, aparecía la gran masa de agua, de dos millas de largo por una de ancho. según la hora y la estación, estaba azul y centelleante, se agitaba con olas gris acero o reflejaba la luna a la luz del crepúsculo, liso como un espejo que de vez en cuando se agitaba si un pez subía a la superficie.
Se construyó una sólida cabaña, lo bastante grande para albergar dos botes, con un porche en el que podían celebrarse picnis cuando hacía mal tiempo. Pero al lago no subían sólo los pescadores. Dos generaciones de niños se habían enseñoreado de él. En las montañas de alrededor pastaban corderos y sus orillas, en suave declive y cubiertas de hierba rala, eran sitio ideal para plantar una tienda, jugar a pelota u organizar partidos de cricket. Los Blair y los Aird y sus camaradas habían aprendido a pescar truchas desde aquella orilla y a nadar en sus aguas heladas; y habían jugado a construir balsas o canoas que, impulsadas intrépidamente hacia la parte profunda del lago, indefectiblemente se iban a pique.
El cargado “Subaru”, utilizando la tracción en las cuatro ruedas, brincaba y se bamboleaba por la ultima rampa apuntando al cielo con el morro. Noel se dijo que regresaría andando. Llevaba media hora de incomodidad total porque, finalmente, Virginia había decidido sentarse al volante, pues, según dijo con razón, ella conocía el camino y Noel no, y Violet, también con buenos motivos, se había sentado al lado de Virginia con la gran caja del pastel en las rodillas. En el asiento de atrás, las cosas no estaban tan fáciles. Edie Findhorn, de quien tanto había oído hablar Noel, resultó una señora de considerables anchuras, que ocupaba tanto espacio que Alexa había tenido que sentarse en las rodillas de Noel y, a cada minuto que pasaba, parecía pesar más. Noel sentía pinchazos en el muslo, pero como veía que ella tenía que mantener el cuello doblado y, aún así, a cada bache daba con la cabeza en el techo del coche, le parecía de mal gusto agregar sus quejas a las de ella. Habían hecho dos paradas, una en la gran casa de Croy, donde Virginia se había apeado para ver si los Balmerino ya habían salido. Era evidente que sí, puesto que la puerta estaba cerrada con llave. La segunda parada fue para abrir y cerrar el portón de los ciervos y allí Alexa soltó a los dos spaniels, que hicieron el resto del camino corriendo detrás del lento coche. Noel pensó que ojalá le hubieran soltado también a él, pero ya era tarde para proponerlo.
Porque, al parecer, estaban llegando. Violet atisbó a través del parabrisas.
– ¡Ya han encendido el fuego! -anunció.
Alexa se volvió, aumentando el dolor de Noel.
– ¿Cómo lo sabes?
– Porque veo el humo.
– También habrán traído leña -supuso Edie
– Probablemente habrán encendido con brezo quemado -dijo Alexa-. O con teas. Espero que Lucilla no haya olvidado la llave de la cabaña. Podrás pescar, Noel.
– En estos momentos, lo único que deseo es volver a sentir las piernas.
– Lo lamento, cariño, ¿peso mucho?
– No; nada. Sólo es que se me han dormido los pies.
– Eso puede ser gangrena.
– Puede ser.
– Es algo que te da de repente y luego te corre por todo el cuerpo como un sarpullido.
Edie exclamó, indignada:
– ¡Vamos, Alexa! Que cosas tienes.
– ¡Oh! Pero se salvará -dijo Alexa, alegremente-. Además, ya hemos llegado.
En efecto. El infame camino se niveló y las sacudidas acabaron. El “Subaru”, después de rodar unos metros sobre un terreno liso, ligeramente inclinado y cubierto de hierba, se detuvo. Virginia quitó el contacto. Inmediatamente, Noel abrió la puerta, depositó a Alexa en el suelo y, con inmenso alivio, se apeó. Mientras estiraba sus doloridas piernas, sintió una acometida de luz, aire puro, cielo azul, agua, espacio, olores, viento. Hacía frío…, más que en el fondo del valle, pero estaba tan impresionado por todo lo que veía, que apenas lo notó. Le impresionaba la extensión y aparente magnificencia de Croy. No había pensado que el lago fuera tan grande ni tan hermoso y le costaba trabajo comprender que aquellas inmensas tierras, las montañas y el páramo, pertenecieran a un solo hombre. Todo era tan grande, tan espléndido, tan rico. Mirando en derredor, vio la cabaña, un complicado conjunto de ventanas y tejados junto al que estaba aparcado el “Land Rover”, y la tosca barbacoa de piedras de la que ya se elevaba humo al aire transparente.
Noel vio a dos hombres recogiendo la leña arrojada por el agua a los guijarros de la orilla. Oyó el grito de un urogallo a gran altura sobre la montaña y, después, en otro valle, el lejano crepitar de armas de fuego.
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