Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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Ya habían bajado todos del coche. Alexa había abierto la puerta trasera para que saliera su perro. Los dos spaniels de Virginia no habían aparecido todavía, pero no tardarían. Violet bajaba ya hacia la cabaña de la que acababa de salir una muchacha.

– Hola -gritó-. Ya estáis aquí. Feliz cumpleaños.

Se hicieron las presentaciones y, una vez terminada esta pequeña ceremonia, todo el mundo se puso a trabajar y Noel advirtió que, en aquellas tradicionales ocasiones, existía un plan de operaciones perfectamente coordinado.

Se descargó el “Subaru” y se alimentó la barbacoa con leña y carbón. De la cabaña sacaron dos mesas de tijera, que cubrieron con grandes manteles a cuadros. Encima se dispuso comida, platos, ensaladas y vasos. Se extendieron unas mantas sobre los lechos de brezo. Por la cima de la montaña asomaron los dos spaniels, que, con la lengua fuera se dirigieron directamente al agua a refrescarse las patas y beber ansiosamente. Luego, se tumbaron en el suelo, exhaustos. Edie Findhorn, envuelta en un gran delantal blanco, colocó las salchichas y las hamburguesas en una fuente y, cuando tuvo un buen fuego de brasas, empezó a asarlas. El humo se hizo más denso y el tono rosado de sus mejillas se acentuó por el calor mientras el viento agitaba la aureola blanca de su pelo.

Uno a uno, fueron apareciendo otros coches que traían a más invitados. Se destapó el vino y la gente deambulaba con vasos en la mano o se sentaba en las mantas a cuadros. Seguía brillando el sol. Llegaron Julian Gloxby, rector de Strathcroy, con su esposa y Dermot Honeycombe. Ninguno de ellos poseía un vehículo lo bastante recio como para soportar el camino, por lo que venían a pie y llegaron visiblemente cansados a pasar de haberse pertrechados de botas y bastones de montaña. Dermot traía una mochila de la que sacó su aportación al ágape, seis huevos de codorniz y una botella de vino de grosella.

Lucilla y Alexa, al lado de la mesa, untaban de mantequilla los baps, panecillos dulces que no faltan en ningún picnic escocés. Violet ahuyentaba las avispas del pastel y el perro de Alexa robó una salchicha y se quemó el hocico.

La fiesta había empezado.

Virginia dijo:

– Voy a hacerte un regalo. -Arrancaba juncos de la orilla.

– ¿Qué vas a hacerme? -preguntó Conrad.

– Espera, presta atención y lo verás.

Se habían apartado de los otros después de comer y tomar café y, por el camino de la presa, habían llegado a la orilla oriental del lago donde, con los años, el viento y las aguas habían erosionado la turba y formado una estrecha playa de pequeños guijarros. Sólo les habían seguido los dos spaniels.

Él la contemplo pacientemente.

Del bolsillo de su pantalón de pana, sacó un puñado de lana de cordero arrancado de una cerca de espino. La retorció hasta formar un hilo con el que ató los juncos. Luego, los abrió y empezó a retorcerlos y a trenzarlos. Los juncos giraban como los radios de una rueda. Un cestillo del tamaño de una taza de té se formó entre los dedos de Virginia.

– ¿Quién te ha enseñado a hacer eso?

– Vi. Lo aprendió de una hojalatera cuando era pequeña. Ya está. -Remató la labor escondiendo los extremos de los juncos y se la mostró.

– Muy bonito.

– Ahora lo llenaré de musgo y de flores y tendrás un adorno para el tocador.

Miró en derredor, arrancó un puñado de musgo de una roca con las uñas y lo metió en el cestillo. Siguieron andando y ella se agachaba de vez en cuando a recoger ora un jacinto silvestre, ora una ramita de brezo o una brizna de hierba, con los que formaba un ramillete en miniatura. Cuando estuvo satisfecha de su obra, se la entregó.

– Aquí tienes. Un recuerdo, Conrad. Recuerdo de Escocia.

Él lo cogió.

– Muy bonito. Gracias. Pero no necesito recuerdos porque no voy a olvidar nada.

– En tal caso, puedes airarlo -replicó ella, con desenfado.

– Eso, nunca.

– Pues ponlo en agua, en el vaso de los dientes, y nunca se te marchitará. Puedes llevártelo a América, pero escóndelo bien en el neceser, si no quieres que el aduanero te acuse de querer importar gérmenes.

– También podría secarlo y así lo conservaría siempre.

– Sí podrías.

Siguieron andando con el viento en la cara. Pequeñas olas marrones se acercaban a la orilla. Los dos botes derivaban suavemente en el centro del lago. Los pescadores, silenciosos y absortos, lanzaban el sedal. Virginia se agachó, cogió una piedra plana y la arrojó con pericia, haciéndola saltar media docena de veces antes de desaparecer para siempre.

– ¿Cuándo te vas?

– ¿Decías?

– ¿Cuándo regresas a los Estados Unidos?

– Tengo asiento reservado en el vuelo del jueves.

Ella buscó otra piedra.

– A lo mejor me voy contigo -dijo. Encontró la piedra y la arrojó. Esta vez falló. La piedra se hundió a la primera. Virginia se irguió y se volvió hacia él. El pelo le azotaba las mejillas con el viento. Él miró sus ojos inmensos.

– ¿Por qué? -preguntó.

– Tengo ganas de alejarme de aquí.

– ¿Cuándo lo has decidido?

– Hace meses que lo pienso.

– No has contestado a mi pregunta.

– De acuerdo. Ayer. Lo decidí ayer.

– ¿Y tengo yo algo que ver con esa decisión?

– No lo sé. Pero no tiene que ver solo contigo. También con Edmund y con Henry. Todo. Todo se me cae encima. Necesito tener tiempo para mí. Reflexionar. Situar las cosas en otro ángulo.

– ¿Adónde irás?

– A Leesport. A casa de los abuelos.

– ¿Estaré yo por allí?

– Si tú quieres… A mí me gustaría.

– No sé si te das cuenta de lo que eso significa.

– ¿No me la doy, Conrad?

– Estaremos pisando un terreno muy resbaladizo.

– Pero no hay por que aventurarse hasta el centro del estanque. Podemos quedarnos en la orilla.

– Me parece que eso no me gustaría.

– Yo tampoco estoy muy segura.

– Con tu marido y tu familia al otro lado del océano, no sólo voy a sentirme como un canalla, sino que voy a portarme como tal.

– Es un riesgo que estoy dispuesta a correr.

– En tal caso, me callo.

– Esto es lo que quería oír.

– Sólo diré que salgo de Heathrow el jueves, en el vuelo de “Pan Am” de las once de la mañana.

– Veré si encuentro plaza en el mismo avión.

Lo peor de envejecer, pensaba Violet, es que la felicidad te rehuye en el momento más insospechado. Ahora, hubiera debido ser feliz y no lo era.

Ahora era la tarde de su cumpleaños, y todo lo que la rodeaba era perfecto. Una no podía pedir más. Estaba sentada sobre un lecho de brezo, con el lago a sus pies y, a pesar de unas nubes moradas de aspecto siniestro que asomaban por el Oeste, el sol seguía luciendo en un claro cielo otoñal. Abajo, lejos pero muy visibles, como si los mirara por un telescopio puesto del revés, los invitados se habían dispersado. Los dos botes estaban en el agua. En uno pescaban Julian Gloxby y Charles Ferguson-Crombie y, en el otro, Lucilla y su amigo australiano. Dermot se había alejado en busca de flores silvestres. Virginia y Conrad Tucker habían pasado al otro lado por el camino de la presa y paseaban por la estrecha orilla. Los acompañaban los dos spaniels de Edmund. De vez en cuando se paraban a conversar animadamente o se agachaban a coger una piedra que hacían saltar sobre las centelleantes aguas. Otros habían optado por quedarse alrededor del rescoldo, holgazaneando al sol. Edie y Alexa estaban juntas. Mrs. Gloxby, a la que rara vez se veía sentada, había traído la labor de media y un libro y estaba disfrutando de unos momentos de sosiego. A los oídos de Violet llegaban leves sonidos. El rugir del viento, una voz, el chapoteo de lo remos, el canto de un pájaro. De vez en cuando, traído por e viento, llegaba desde un lejano valle un eco de disparos, que rebotaba en la cumbre del Creagan Dubh.

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