Rosamunde Pilcher - Septiembre
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– ¿Y vivisteis felices para siempre? -rió él.
– Muy felices. Durante varios años, vivimos en una casa de Relkirk, con terrazas. Entonces nació Edmund y Edie entró en nuestra vida. Tenía dieciocho años y era hija del carpintero de Strathcroy. Vino de niñera y, desde entonces, hemos estado juntas. Fue una buena época. Tan buena que yo hacía como que no me daba cuenta de los nubarrones de guerra que asomaban por nuestro horizonte. Pero llegó la guerra. Geordie se alistó en la división Highland y le enviaron a Francia. En mayo de 1940, fue hecho prisionero en Saint-Valery y no volví a verlo hasta cinco años y medio después. Edie, Edmund y yo pasamos la guerra en Balnaid, con mis padres. Pero ellos estaban muy viejos y cuando terminó la guerra habían muerto los dos. De manera que cuando por fin Geordie volvió nos quedamos en Balnaid y vivimos allí hasta que murió.
– ¿Y cuándo murió?
– Unos tres años después de que Edmund se casara por primera vez. Con la madre de Alexa, ¿comprendes? Fue muy repentino. Vivíamos tan bien. Yo hacía planes para el jardín, para la casa, para las vacaciones, para los viajes que íbamos a hacer juntos, como si los dos tuviéramos que vivir siempre. Y cuando menos lo esperaba, de pronto, me di cuenta de que Geordie no era el mismo, perdió el apetito, adelgazó y se quejaba de un vago malestar. Al principio, decidida a no asustarme, me decía que debía de ser un trastorno digestivo, reliquia de sus años de prisionero de guerra. Pero, por fin, consultamos a un medico y, después, a un especialista. Geordie fue ingresado en el hospital de Relkirk para lo que en aquellos momentos nosotros, eufemísticamente, llamábamos unos “análisis”. El resultado me fue comunicado por el especialista. Estaba sentado frente a mí, al otro lado de su escritorio, en un despacho soleado. Estuvo muy amable y, cuando acabó de hablar, le di la gracias, me levanté, salí del despacho y recorrí los largos pasillos alfombrados de goma, hasta el pabellón en el que estaba Geordie, en una cama alta, sobre unos almohadones. Le había llevado unos narcisos de Balnaid y los puse en un jarro con mucha agua, para que no se marchitaran y murieran. Geordie murió dos semanas después. Edmund estuvo conmigo, pero no Caroline, su mujer que estaba embarazada y tenía nauseas. La idea de que iba a tener una nieta me ayudó a soportar aquellos días atroces. Geordie se había ido, pero una vida nueva iba a empezar. La vida continuaba. Y esta es una de las razones por las que Alexa ha significado siempre tanto para mí.
Después de una pausa, Noel dijo:
– Tú también significas mucho para ella. Habla de ti a menudo.
Violet no dijo nada. Se había levantado un viento que agitaba la hierba. Era el viento de lluvia. Alzó la mirada y vio que las nubes del Oeste cubrían las montañas dejando en sombra las laderas.
– Hemos tenido un buen día -dijo-. Espero que lo hayas pasado bien. No me gustaría haberte aburrido.
– Ni un momento.
– Empecé tratando de hacerte una reflexión y he acabado contándote mi vida.
– Lo considero un privilegio.
– Viene Alexa -dijo ella.
Noel se incorporó, sacudiéndose unas briznas de paja de las mangas del jersey.
– Es verdad.
La vieron subir la cuesta con juvenil energía. Llevaba unos tejanos y un jersey azul marino y tenía revuelta su melena rojiza y coloradas las mejillas, del viento, del sol y del ejercicio. Violet pensó que parecía extraordinariamente joven. Y entonces comprendió que tenía que hablar.
– Yo fui afortunada. Me casé con el hombre al que quería. Espero que Alexa pueda decir lo mismo. -Noel, lentamente, volvió la cara y la miró a los ojos-. Virginia dice que me calle y no me entrometa. Pero creo que tú ya sabes cuanto te quiere y yo no podría soportar verla sufrir. No quiero presionarte, pero sí pedirte que tengas cuidado y, si has de herirla, hazlo ahora, antes de que sea tarde. Sin duda, la estimas lo suficiente como para comprenderlo.
La cara de Noel permanecía inexpresiva, pero su mirada era firme. después de unos instantes, dijo:
– Sí, es verdad.
No había tiempo para más. Quizá fue una suerte. Alexa llegaba corriendo. Se dejó caer en el brezo, al lado de Noel.
– ¿De qué estabais hablando, pareja? Lleváis siglos aquí arriba.
– ¡Oh! Pues de cosas sin importancia -respondió su abuela, con naturalidad.
– Me envían a deciros que quizá ya sea hora de ir pensando en levantar el campo. Los Ferguson-Crombie tienen una cena y se han ofrecido a llevar a los Gloxby y a Dermot Honeycombe a Strathcroy. De todos modos, dentro de poco empezará a llover, el cielo se está poniendo realmente negro.
– Sí -asintió Violet. Vio que los botes se acercaban a la orilla. Alguien había apagado el fuego y los invitados ya estaban de pie, doblando las mantas y cargando los coches-. Sí, es hora de irse.
Vi hizo ademán de levantarse, pero Noel ya estaba de pie delante de ella, tendiéndole la mano.
– Gracias, Noel. -Vi se sacudió la gruesa falda y lanzó una última mirada-. Ya acabó. Un año más. Vamos.
Y empezó a bajar la cuesta.
Noel despertó en la oscuridad con una sed abrasadora y con algo peor. Analizando la sensación, descubrió que se trataba de deseo físico de Alexa. Se quedó en la cama con la boca seca, solo y frustrado en aquella casa extraña, en la habitación desconocida, con las ventanas abiertas a una noche negra, ventosa, sin luces ni coches, con el único sonido del murmullo del viento en las copas de los árboles. Pensó con nostalgia en Londres, en Ovington Street, donde había vivido los últimos meses rodeado de comodidades y de cariño. Si en Londres despertaba con sed no tenía más que alargar el brazo hasta el vaso de agua mineral que Alexa le ponía todas las noches con una rodajita de limón y, si al amanecer la deseaba, sólo tenía que darse la vuelta en la mullida cama y abrazarla. Ella nunca se enfadaba porque la despertara ni se mostraba soñolienta, sino que respondía a su ardor con la suave pasión que él le había comunicado, deleitándose en su nuevo conocimiento y feliz por el deseo que inspiraba.
Estos pensamientos no iban a ayudarle. Finalmente, incapaz de resistir la sed, encendió la luz y saltó de la cama. Entró en el cuarto de baño, abrió el grifo del agua fría y llenó el vaso del cepillo de dientes. El agua estaba helada y tenía un sabor dulce y limpio. Vació el vaso, volvió a llenarlo y regresó al dormitorio. Se quedó delante de la ventana, mirando la oscuridad.
Bebió más agua. La sed estaba apagada, pero su otra necesidad no se mitigaba. Agua clara y Alexa. Pensó que aquellas dos necesidades básicas que en aquel momento se le antojaban las más importantes de la vida eran, en cierto modo, reflejo la una de la otra. Por su mente desfilaron adjetivos: limpia, fresca, pura, transparente, buena, inocente, impoluta. Tanto podían aplicarse al líquido elemento como a la mujer. Y, finalmente, la palabra decisiva: vital.
Alexa.
Noel se enorgullecía de haberla transformado de muchacha insulsa en mujer exquisita -el descubrir que era virgen había sido una de las experiencias más asombrosas e intimidatorios de su vida-, pero sabía también que había recibido algo a cambio, había recibido un gran don de amor, de camaradería y generosidad sin exigencias, porque aunque ella era rica no todos sus bienes eran materiales. Estar con Alexa había sido un buen interludio en su vida, uno de los mejores y, pasara lo que pasara en el futuro sabía que siempre lo recordaría con gratitud.
¿Y qué pasaría? En aquel momento, no deseaba pensar en ella. Había algo más urgente en lo que concentrarse ahora. Alexa. Dormía en su habitación de niña, a pocos pasos de él, al otro lado de rellano, al extremo del corredor. Pensó en ir en su busca, abrir y volver a cerrar la puerta sin hacer ruido y meterse entre las sábanas. Ella le dejaría sitio, se volvería hacia él con los brazos dispuestos a recibirlo y su cuerpo despertaría a él… Consideró esta posibilidad durante unos momentos y la desechó. Por razones de orden práctico más que moral, según se dijo. Sabía por experiencia que era muy fácil perderse en los corredores oscuros de las casas de campo y no le agradaba la idea de ser descubierto en el armario de las escobas, al lado del aspirador y los plumeros. Y aquí, en Balnaid, ni siquiera tenía la excusa de que buscaba el retrete, porque tenía un baño para él solo.
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