Abajo la cremallera, fuera el vestido con mucho cuidado y a la caja.
– ¡Pandora! -susurró Isobel con premura, tendiendo la mano hacia su combinación “Marks & Spencer”-. Ni siquiera has preguntado el precio.
– Si tienes que preguntar el precio es que no puedes comprarlo -susurró a su vez Pandora y desapareció.
Isobel, dividida entre la euforia y el arrepentimiento, se puso la blusa y la falda, se abrochó la chaqueta y se ató los zapatos. Cuando terminó estas operaciones, el cheque ya se había extendido, se había quitado la etiqueta y se había introducido el vestido en una gran caja muy elegante.
La vendedora les abrió la puerta.
– Muchas gracias -dijo Isobel.
– Celebro que haya encontrado algo de su agrado.
La compra no les había llevado más de diez minutos. Pandora e Isobel se pararon en la soleada acera.
– No sabes cómo te agradezco…
– No me des las gracias…
– En mi vida había tenido un vestido como éste…
– Pues ya iba siendo hora. Te lo mereces…
– Pandora…
Pero Pandora no quería oír más. Miró el reloj.
– No son más que las once y cuarto. ¿Qué podemos comprar ahora?
– Pero, ¿no te has gastado todavía suficiente dinero?
– Ni hablar. No he hecho más que empezar. ¿Qué llevará Archie en la fiesta? ¿Kilt?
– No; desde lo de la pierna no ha vuelto a ponérselo. Dice que enseñar una rodilla de aluminio es una obscenidad. Se pondrá el esmoquin.
Pandora se paró en medio de la calle.
– Lord Balmerino no puede ir a un baile de las Highlands de esmoquin.
– Pues hace años que va.
Una mujer gruesa con un cesto, irritada por la obstrucción, pasó entre las dos empujando.
– Perdonen.
Pandora hizo como si no la hubiera oído.
– Entonces, ¿por qué no lleva calzas a cuadros?
– Porque no tiene.
– ¿Y por qué no?
Isobel no podía explicarse por que no se había adoptado esta solución años atrás, resolviendo el problema de una vez por todas, pero se dijo que Archie, al perder la pierna, había perdido también todo interés por su aspecto personal. Era como si ya no tuviera importancia. Además, las prendas de gala eran caras y siempre había algo que parecía más urgente.
– No lo sé.
– Él, siempre tan elegante en los bailes. Y tan presumido. Con chaqueta de esmoquin parecerá un empleado de pompas fúnebres o un camarero. O, lo que es peor, un “Sassenach” 1. Ven, vamos a comprarle algo espectacular. ¿Sabes la talla?
– No la recuerdo; pero su sastre la tendrá.
– ¿Dónde está el sastre?
– En la próxima calle.
– ¿Tendrá calzas hechas?
– Supongo que sí.
– Entonces, ¿a qué esperamos? -Y Pandora ya estaba otra vez en marcha, haciendo ondear el abrigo de visón abierto. Isobel, abrazada a su caja, tenía que correr para mantenerse a su altura.
– Pero, aunque encontremos calzas, ¿qué llevara en la parte de arriba? No puede ponerse la chaqueta del esmoquin.
– Papá tenía una chaqueta de terciopelo muy bonita. Verde botella descolorido. ¿Qué ha sido de ella?
– Está en el desván.
– Pues, bájala. ¡Oh!, qué divertido. Imagina lo fabuloso que va a estar.
Encontraron al viejo sastre trabajando en su taller situado en la trastienda de su establecimiento, “Sastrería especializada en el traje escocés adecuado para cada ocasión”. El hombre levantó la mirada de una pieza de paño de tweed que tenía desenrollada y, al ver a Isobel, dejó la tijera y la obsequió con una amplia sonrisa.
– Lady Balmerino.
– Buenos días, Mr. Pittendriech. Mr. Pittendriech, ¿se acuerda de mi cuñada, Pandora Blair?
El viejo miró a Pandora por encima de las gafas.
– Sí que me acuerdo pero hace mucho tiempo, entonces debía de ser casi una niña. -Él y Pandora se estrecharon la mano por encima de la mesa-. Celebro volver a verla. ¿Y cómo está Milord, Lady Balmerino?
– Muy bien.
– ¿Puede subir la montaña?
– Sí, aunque sin ir muy lejos…
Pandora, impaciente, interrumpió:
– Venimos a comprarle un regalo, Mr. Pittendriech. Unas calzas de paño. Usted tiene sus medidas. ¿Podría ayudarnos a escogerlas?
– Desde luego. Será un placer. -El sastre salió de detrás de la mesa y las condujo a la tienda, donde el visitante quedaba deslumbrado por la gran variedad de lanas a cuadros y las bolsas de piel para llevar sobre el “kilt”, medias de rombos, pecheras de encaje, zapatos con hebilla de plata y broches de cristal de roca color topacio o burdeos.
Al parecer, Mr. Pittendriech pensaba que la transacción quedaba un poco por debajo de su dignidad.
– ¿No sería preferible que se los hiciera a medida? Milord nunca se compra la ropa hecha.
– No queda tiempo -respondió Isobel, por segunda vez aquella mañana.
– En tal caso, ¿colores de regimiento o colores de familia, los cuadros?
– Colores de familia -contestó Pandora, con firmeza-. Son muy bonitos.
Encontrar los colores y la talla adecuados les llevó algún tiempo. Hubo que medir la entrepierna de varios pares de calzas. Finalmente, Mr. Pittendriech encontró lo que buscaba.
– Estas irán bien a Milord.
Isobel las examinó.
– No serán muy estrechas, ¿verdad? No le entraría la pierna artificial.
– No; son bastante holgadas y cómodas.
– Nos las llevamos -decidió Pandora.
– ¿Desean una faja, Miss Blair?
– Puede llevar la de su padre, Mr. Pittendriech. -Le dedicó una de sus sonrisas deslumbrantes-. Pero quizás una buena camisa de algodón…
Más paquetes, más cheques y a la calle otra vez.
– Es hora de almorzar -dijo Pandora.
Y las dos mujeres, encantadas la una con la otra, enderezaron sus pasos hacia el “Wine Bar”. La puerta giratoria las propulsó al vestíbulo del popular establecimiento y allí encontraron el primer obstáculo del día. No había rastro de Lucilla ni de Jeff, la mayoría de las mesas estaban ocupadas y las que no lo estaban tenían el letrerito de “Reservada”.
– Una mesa para cuatro -pidió Pandora a la mujer que la miraba con aires de superioridad desde detrás del mostrador.
– ¿Tienen reserva?
– No; pero queremos una mesa para cuatro.
– Lo siento, pero si no han reservado tendrán que esperar.
Pandora abrió la boca para discutir, pero antes de que pudiera decir palabra el teléfono empezó a sonar y la mujer se volvió para atender la llamada.
– Aquí, “Wine Bar”.
Pandora dio un codazo a Isobel y, con la mayor naturalidad, se acercó a una mesa desocupada, situada al lado de la ventana. Al llegar junto a la mesa, escamoteó disimuladamente el letrero metiéndoselo en el bolsillo del abrigo. Fue un brillante número de ilusionismo. Luego, se sentó elegantemente, dejó el bolso y los paquetes, extendió el visón sobre el respaldo de la silla y cogió el menú.
Isobel la miró, horrorizada.
– Pandora, no puedes hacer eso.
– Ya está hecho. Esa bruja… Siéntate.
– Pero esta mesa está reservada.
– Pues ahora es nuestra. La posesión es las nueve décimas partes de la ley… -Isobel, que tenía pánico a las escenas, titubeaba, pero Pandora se mantuvo indiferente y, al cabo, no tuvo más alternativa que sentarse frente a la facinerosa de su cuñada-. ¡Oh! Mira, podemos tomar un cóctel. Y pedir quiche y ensalada o una omelette aux fines herbes.
– Esa mujer se pondrá furiosa.
– No puedo sufrir los cócteles, ¿a ti te gustan? ¿Tendrán champaña? Se lo preguntaré cuando venga apuntándonos con todos sus cañones.
Lo cual sucedió casi inmediatamente.
– Perdone, señora, pero esta mesa está reservada.
– ¿Sí? -Los ojos de Pandora eran redondos, dulces e inocentes-. Pues no tenía el letrero.
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