– ¡Oh! Virginia -Verena se mesó el cabello de un modo impropio en ella-. Voy a volverme loca. ¿Has visto alguna vez un fregado semejante?
– A mí me parece impresionante. Fantástico.
– Pero esta tienda es tan enorme…
– Piensa que va a venir mucha gente. Cuando la veas llena de flores y de invitados, con la orquesta y todo lo demás, será muy diferente.
– ¿No crees que va a ser un fracaso estrepitoso?
– Claro que no. Será el baile del año. Te he traído los floreros. Si me dices dónde los quieres, los descargo y me marcho para no estorbar.
– Eres un sol. En la cocina encontrarás a Katy con unas amigas. Están haciendo estrellas de plata, guirnaldas y cosas para decorar la carpa. Ella te dirá dónde puedes dejarlo.
– Si necesitas algo más…
Pero Verena ya estaba pensando en otra cosa.
– Si se me ocurre algo, te llamaré… -había tantos cabos sueltos…-. Mr. Abberley, ahora que me acuerdo. Quiero preguntarle…
Virginia volvió a casa. Eran casi las dos cuando llegó a Balnaid. Empezaba a tener hambre y decidió que, antes de nada, tomaría un bocado. Un sandwich de ternera fría, quizás, unas galletas, queso y una taza de café. Dejó el “Subaru” en la puerta trasera y entró en la cocina.
Inmediatamente, se olvidó de la comida. Se quedó inmóvil y su vacío estómago se contrajo en un espasmo de sorpresa e indignación.
Porque allí estaba Lottie. Esperando. Sentada a la mesa de la cocina. No parecía violenta, ni mucho menos, sino que sonreía como si Virginia la hubiera invitado a visitarla y ella hubiera aceptado graciosamente la invitación.
– ¿Qué está haciendo aquí? -Esta vez Virginia no se esforzó por disimular su irritación. Estaba sorprendida y también furiosa-. ¿Qué quiere?
– Sólo estaba esperándola. Para decirle una palabrita.
– No tiene usted derecho a entrar en mi casa.
– Pues debería aprender a cerrar las puertas.
Se miraban por encima de la mesa.
– ¿Cuánto hace que ha llegado?
– ¡Oh! Una media hora.
¿Dónde habría estado? ¿Qué habría hecho? ¿Habría curioseado? ¿Habría subido a las habitaciones, abierto armarios y cajones, tocado la ropa?
– Pensé que no tardaría en volver. Como la puerta estaba abierta. Claro que los perros ladraron, pero yo los tranquilicé. Los animales conocen a una amiga.
Una amiga.
– Creo que debe marcharse inmediatamente, Lottie. Y le agradeceré que no vuelva, a menos que se lo pida.
– ¡Oh! La señora marquesa. ¿Es que no soy lo bastante buena para tratar con gente como usted?
– Márchese, haga el favor.
– Me iré cuando yo quiera. Y cuando haya dicho lo que he venido a decirle.
– No tiene usted nada que decirme.
– En eso se equivoca, señora de Edmund Aird. Tengo muchas cosas que decirle. Se picó usted mucho en el puente. No le gustó lo que le dije, ¿verdad? Ya me di cuenta. No soy tonta.
– Todo era mentira.
– ¿Y por qué tendría que decir mentiras yo? Yo no tengo por que decir mentiras, porque la verdad es ya bastante mala. Una “puta” llamé a Pandora Blair y usted arrugó la nariz como si hubiera dicho una palabrota. Como si fuera pura y virtuosa.
– ¿Qué quiere?
– Quiero acabar con el mal y la fornicación -tronó Lottie, como el ministro de una secta religiosa amenazando a su rebaño con la condenación eterna-. La vileza de los hombres y las mujeres. Practicas lujuriosas…
Virginia la atajó, furiosa.
– Eso son tonterías.
– ¿Conque tonterías, verdad? -Lottie volvía a ser ella-. ¿Y es una tontería que, en cuanto su marido da media vuelta y usted se libra del niño, traiga a su casa a su gigoló y se acueste con él? -Era imposible. Lo inventaba. Su imaginación tortuosa se dejaba arrastrar por sus propias obsesiones sexuales-. ¡Ja! Ya sabía yo que se le cerraría la boca, señora de Edmund Aird. No es usted más que una buscona.
Virginia oprimía el borde de la mesa. Procurando mantener la voz serena y fría, dijo:
– No sé de que me habla.
– ¿Y quién es la que dice mentiras ahora, si se me permite la pregunta? -Lottie, apretando las manos en el regazo, se inclinó mirarla con sus ojos fijos. Tenía la piel amarilla como una vela y el labio sombreado por el bigote-. Yo estaba allí, señora de Edmund Aird. -Bajó la voz y habló en el tono apagado de la persona que cuenta una historia de miedo procurando hacerla lo más tétrica posible-. Anoche estaba ahí fuera cuando ustedes entraron. Los vi llegar. La vi encender todas las luces y subir la escalera con su gigoló. Los vi asomados a la ventana del dormitorio, cuchicheando como dos enamorados. La vi correr las cortinas y quedarse con su impudicia y su adulterio.
– No tenía ningún derecho a estar en mi jardín, ni lo tiene a estar en mi casa. Esto se llama allanamiento y puedo avisar a la policía.
– La policía -rió Lottie, con un cacareo-. Para lo que sirve la Policía… ¿Y no les interesaría saber lo que pasa cuando Mr. Aird está en América? Lo echaba de menos, ¿verdad? Pensaba en él y en Pandora. Yo se lo conté, ¿no? Estas cosas dan que pensar. Le hará pensar de quien puede usted fiarse.
– Quiero que se marche ahora mismo, Lottie.
– Y él no estará muy contento cuando se entere de lo que ha pasado.
– Fuera. Ahora.
– Una cosa es segura. No es usted mejor que las demás. Y no trate de convencerme de que no es culpable, porque la cara la delata…
Virginia perdió los estribos. Apretando los dientes, gritó:
– ¡MÁRCHESE! -señalaba la puerta-. ¡Márchese de aquí y no vuelva más, bruja asquerosa!
Esto silenció a Lottie. No se movió. Miró a Virginia con ojos de odio. Virginia estaba tensa, temiendo lo que pudiera pasar. Si Lottie hacía un solo movimiento hacia ella, le echaría encima la pesada mesa y la aplastaría como si fuera una cucaracha. Pero Lottie lejos de esbozar siquiera un gesto de violencia física, asumió una actitud de viva satisfacción. El brillo de sus ojos se apagó. Ya había dicho lo que tenía que decir y conseguido lo que pretendía. Sin prisa, sosegadamente, se puso en pie y se abrochó el jersey.
– Bueno -anunció-. Me marcho. Adiós, perritos. Me alegro de haberos conocido.
Virginia la siguió con la mirada. Lottie, taconeando con garbo hacia la puerta. Allí, se volvió.
– Lo he pasado muy bien. Ya nos veremos.
Y salió. Cerrando con suavidad.
Violet envuelta en su delantal, estaba delante de la mesa de la cocina de Pennyburn adornando el pastel de cumpleaños. Lo había hecho Edie, de tres capas. Y, ahora, Violet había unido las tres capas con crema de chocolate y estaba esparciendo por encima del pastel el resto de la crema. No era una experta en repostería y su obra, una vez terminada, tenía un aspecto un poco rustico. Parecía un campo recién arado. Pero, cuando le agregara unas pastillas de colores y una vela -porque no iba a poner más que una-, tendría un aspecto muy festivo.
Dio un paso atrás para contemplar la obra, lamiéndose las yemas de los dedos. Oyó que un coche subía la cuesta y entraba en el camino de la casa, levantó la mirada y vio por la ventana que su visitante era Virginia. Se alegró. Virginia venía sola y a Violet le gustaba que su nuera fuera a verla inesperadamente, porque significaba que tenía ganas de charlar con ella, y hoy la complacía especialmente la visita porque podría saber de Henry.
Mientras se lavaba las manos, oyó abrirse y cerrarse la puerta de la entrada.
– Vi.
– Estoy en al cocina. -Se secó las manos y fue a desatarse las cintas del delantal.
– ¡Vi!
Violet tiró el delantal y salió al vestíbulo. Le bastó ver a su nuera al pie de la escalera para comprender que había ocurrido algo malo. Virginia estaba tan blanca como el papel y sus luminosos ojos azules tenían una mirada fija y brillante, como si en su interior hirvieran las lágrimas. Se alarmó.
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