Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– ¿Y si Lottie se niega a ir?

– No se negará.

– Imagina que en el coche tiene un ataque y le da por estrangularte.

– Edie irá con nosotras. Y se lo impediremos. Sé que esto será un alivio para la buena de Edie. No puede negarse.

– Yo iría con vosotras, pero…

– No; creo que es preferible que te mantengas al margen.

– ¿Me llamarás cuando todo haya terminado?

– Desde luego.

– Ten mucho cuidado. -Virginia abrazó y besó a Violet-. Y muchas gracias. Te quiero mucho, aunque me haya decidido a decírtelo.

Violet se enterneció, pero había otras cosas en que pensar.

– Buena chica. -Palmeó distraídamente el hombro de Virginia mientras pensaba en lo que iba a decir a Edie y Lottie-. Nos veremos mañana en el picnic.

– Claro que sí. Y también estarán Alexa y Noel.

Alexa y Noel. Más familia, más amigos. Cuanta gente, cuantas exigencias, cuantas decisiones, cuantas cosas que resolver. Mañana cumplo setenta y ocho años, se dijo Violet y pensó por que no estaría sentada tranquilamente en una silla de ruedas con un gorrito de encaje. Tomó el bolso, sacó las llaves del coche y abrió la puerta. Alexa y Noel.

– Lo sé -dijo a Virginia-. No se me había olvidado.

Temía que Lottie hiciera una escena, pero no hubo ningún tropiezo. Encontró a Lottie sentada en la butaca de Edie, viendo la televisión con aire inofensivo. Violet se detuvo unos momentos a bromear con ella, pero Lottie estaba más interesada en la señora gruesa del televisor, que demostraba cómo hacer una pantalla plisada con un trozo de papel de la pared. Por la ventana de la cocina, Violet vio a Edie tendiendo la ropa en el jardín. Fue hacia ella y, puesto que la prima no podía oírla, le expuso clara y sucintamente lo decidido y dispuesto. Edie, que últimamente parecía más cansada que nunca, la miró como si fuera a echarse a llorar:

– Yo no quiero sacarla de casa.

– Edie, esto empieza a ser demasiado para todos nosotros. Siempre ha resultado demasiado para ti y ahora la ha tomado con Virginia y anda diciendo cosas terribles, ya sabes a lo que me refiero.

Desde luego Edie lo sabía; entre ellas no hacía falta decir más.

– Lo temía -reconoció.

– Está enferma, Edie.

– ¿Se lo ha dicho?

– Todavía no.

– ¿Y qué le dirá?

– Que el doctor Martin quiere verla. Tenerla un par de días en el “Relkirk Royal”.

– Se pondrá furiosa.

– Creo que no.

Edie colgó la ultima prenda y se agachó para recoger el cesto de la colada. Lo levantó como si pesara una tonelada o como si estuviera cargando con todas las tribulaciones de la Humanidad.

– Debí vigilarla.

– ¿Cómo ibas a vigilarla?

– La culpa es mía.

– Nadie hubiera podido hacer más de lo que has hecho tú -sonrió Violet-. Ven, tomaremos una taza de té y luego, mientras le haces la maleta, yo le diré lo que ocurre.

Las dos mujeres cruzaron el largo jardín en dirección al cottage.

– Me siento como una asesina -dijo Edie-. Es mi prima y le he fallado.

– Es ella quien te ha fallado a ti. Tú no le has fallado a ella ni a ninguno de nosotros.

A las seis de la tarde, el triste episodio quedó concluido y Lottie fue internada en el “Relkirk Royal”, al cuidado de una amable enfermera y de un increíblemente juvenil doctor Martin. Afortunadamente, Lottie no puso objeciones cuando Violet le dijo lo que iban a hacer. Sólo manifestó que esperaba que ahora el doctor Faulkner le hiciera un poco más de caso y, alzando la voz, advirtió a Edie que no olvidara meter en la maleta el jersey verde.

Hasta se acercó a la puerta del hospital, acompañada por la enfermera, y se despidió de ellas agitando la mano alegremente mientras Violet conducía el coche por el severo jardín que tan bonito parecía a Lottie.

– No te preocupes por ella, Edie.

– No puedo remediarlo.

– Has hecho cuanto estaba en tu mano. Has sido una santa. Siempre puedes venir a visitarla. Esto no es el fin.

– Pobrecilla.

– Necesita atención médica. Y a ti te sobra trabajo. Ahora procura olvidarlo todo y distraerte. Mañana es mi picnic. No quiero ver caras largas en mi cumpleaños.

Edie guardó silencio durante un rato. Al cabo, preguntó:

– ¿Ha adornado el pastel? -Estuvieron haciendo planes para el picnic y, cuando Violet la dejó en el cottage, parecía que había pasado lo peor.

Violet volvió a Pennyburn, entró por la puerta trasera y exhaló un suspiro de alivio al verse otra vez en casa, sana y salva. El pastel seguía en la mesa. Setenta y siete años. No era de extrañar que estuviera molida. El chocolate se había endurecido y ya no se podían hacer bolitas, por lo que el pastel tendría que quedar como estaba. Lo metió en una caja y se dirigió a la sala. Se sirvió un generoso whisky con soda, se sentó al escritorio y se dispuso a hacer una llamada telefónica, la última del día y de vital importancia.

– Escuela de Templehall.

– Buenas tardes. Soy Mrs. Geordie Aird, la abuela de Henry Aird y deseo hablar con el director.

– Soy su secretaria. ¿Puedo tomarle el recado?

– No; me temo que no puede.

– El director está ocupado en este momento. ¿Quiere que le diga que la llame?

– No; he de hablar con él ahora mismo. Haga el favor de decirle que estoy al teléfono.

La secretaria, tras breve vacilación, repuso de mala gana:

– Está bien. Pero quizás tarde unos minutos.

– Esperaré -dijo Violet, augustamente.

Esperó. Al cabo de mucho rato, oyó acercarse pasos por un lejano corredor sin alfombrar:

– Al habla el director.

– ¿Mr. Henderson?

– Sí.

– Soy Mrs. Geordie Aird, la abuela de Henry Aird. Perdone que le moleste, pero es importante que dé usted a Henry un recado de mi parte. ¿Me hará el favor?

– ¿Qué recado? -El hombre parecía impaciente o enfadado.

– Dígale sólo que Lottie Carstairs ha vuelto al hospital y ya no vive con Edie Findhorn.

– ¿Eso es todo? -parecía incrédulo.

– Sí; eso es todo.

– ¿Y es importante?

– De importancia vital. Henry estaba muy preocupado por Miss Findhorn y le alegrará saber que Lottie Carstairs ya no vive con ella. Le quitará un peso de encima.

– En tal caso, será preferible que tome nota.

– Sí, creo que será preferible. Se lo repetiré. -Así lo hizo, alzando la voz y recalcando cada sílaba, como si el director fuera sordo como una tapia-. LOTTIE CARSTAIRS HA VUELTO AL HOSPITAL. YA NO VIVE EN CASA DE EDIE FINDHORN. ¿Lo tiene?

– Alto y claro -dijo el director, demostrando un fino sentido del humor.

– ¿Y se lo dirá usted a Henry?

– Se lo diré inmediatamente.

– Es usted muy amable. Lamento haberle molestado. -Pensó en preguntar por Henry, cómo estaba, pero desistió. No quería parecer una abuela pesada-. Adiós, Mr. Henderson.

– Adiós, Mrs. Aird.

Archie detuvo el “Land Rover” en lo alto de la larga cuesta, en el punto en que la áspera pista abierta con buldózer coronaba el Creagan Dubh. Allí los dos hombres se apearon y contemplaron el espléndido panorama.

Era por la tarde y venían de Croy por el camino que cruzaba la granja y el portón de los ciervos y, tras bordear el lago, se encaramaba por las agrestes laderas. El Wester Glen quedaba ahora a su espalda, ya lejos, y, a sus pies, las azules aguas del lago refulgían como una alhaja. Frente a ellos, el valle de Creagan descendía en una sucesión de abruptas quebradas hasta el lugar en que las aguas bravas de un estrecho arroyo brillaban como un hilo de plata a un sol huidizo. Hacia el Norte, el terreno formaba profundos pliegues como una sucesión de baluartes hasta perderse de vista. La luz oscilaba con el paso de las nubes y las cumbres lejanas aparecían bañadas de un tinte azulado.

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