Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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Cuando salieron, en los jardines de Croy la temperatura era gratamente cálida, el sol se filtraba por entre las doradas hojas de los árboles y sólo una leve brisa refrescaba el ambiente. Pero allí, en las alturas, aquel mismo aire era puro y cristalino como agua de manantial y el viento del Noroeste barría el páramo sin árbol ni obstáculo que se alzara en su camino y cortaba la cara.

Archie abrió la puerta trasera del “Land Rover” y las dos perras, que hacía ya mucho rato que esperaban este momento, saltaron al suelo. Él se agachó y sacó dos astrosas chaquetas impermeables, sucias y rotas, pero provistas de un buen forro de lana.

– Tenga. -Arrojó una a Conrad y, apoyando el bastón en la parte trasera del “Land Rover“, se puso la otra. Los bolsillos estaban descosidos y la parte delantera tenía manchas de sangre de alguna liebre o algún conejo sacrificado hacía tiempo-. Nos sentaremos un rato. A pocos pasos de aquí hay un sitio resguardado del viento…

Abrió la marcha dejando atrás la dura superficie de la pista y se introdujo entre el brezo. Usaba el bastón como una tercera pierna para abrirse paso. Conrad le seguía, observando el trabajoso avance de su anfitrión, pero sin ofrecerse a ayudarle. Al poco rato, llegaron a un saliente de granito, erosionado por un millón de años de intemperie y cubierto de un líquen que asomaba como un monolito de su lecho de brezo. Su forma era de tosco asiento y el respaldo no resultaba muy confortable pero, una vez instalados, quedaron al abrigo del viento.

Las perras habían recibido la orden de ¡Junto! pero en cuanto Archie se sentó y sacó los prismáticos la más joven, menos disciplinada que su madre, olfateó la caza, dio un salto y espantó a una bandada de urogallos. Ocho aves levantaron el vuelo a pocos pasos de donde ellos estaban. Lanzando su chillido estridente, descendieron hacia las profundidades del valle, dibujaron un quiebro en el aire bajo la línea del horizonte, se posaron en el fondo y desaparecieron.

Conrad siguió su vuelo con asombrada complacencia. Pero Archie gruñó a la perra y el animal, contrito, volvió junto a su amo, apoyó la cabeza en su hombro y le pidió perdón humildemente. Él la rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí, olvidando su atolondramiento.

– ¿Vio adónde iban? -preguntó a Conrad.

– Creo que sí.

Archie le pasó los prismáticos.

– A ver si las encuentra.

Conrad se ajustó los prismáticos a los ojos y buscó. El paisaje se aproximó. Registró atentamente las grandes matas de brezo que crecían en el fondo del valle, pero no pudo descubrir rastro de las aves ni advertir movimiento alguno. Se habían ido. Devolvió los prismáticos a Archie.

– Nunca creí poder ver urogallos tan cerca.

– Al cabo de tantos años siguen asombrándome. Son listos y valientes. Pueden volar a ochenta millas por hora y usan mil y una mañas para burlar al cazador. Son adversarios muy escurridizos y por eso su caza es tan emocionante.

– Pero usted los mata.

– Lo he hecho toda la vida. Aunque cuanto mayor me hago, menos cazo y con más reservas. Hasta ahora, mi hijo Hamish no ha mostrado escrúpulos, pero Lucilla es contraria a todo esto y se niega a salir al campo conmigo. -Archie, envuelto en su vetusta chaqueta, tenía la pierna buena doblada y el codo apoyado en la rodilla. Se había echado la gorra de tweed sobre los ojos, para protegerse de los momentos de sol-. Ella da mucha importancia al hecho de que sean animales silvestres, de que forman parte de la Creación. Con lo de silvestres quiero decir que se perpetúan por sí mismos. Es imposible criarlos como a los faisanes, porque todos los pollos de incubadora que pusiéramos en el páramo serían inmediatamente devorados por los depredadores.

– ¿De qué se alimentan?

– De brezo. De bayas. Pero, sobre todo, de brezo. Por eso conviene quemar periódicamente franjas de páramo. La quema está limitada por la ley a unas semanas de abril. Si no has quemado entonces, tienes que esperar al año siguiente.

– ¿Por qué lo queman?

– Para que crezca mejor. -Señaló con el bastón-. Desde aquí puede ver las franjas negras del Mid Hill que quemamos este año. El brezo más alto sirve de protección a los pájaros.

Conrad contemplaba con cierta perplejidad las millas de terreno ondulado que los rodeaban.

– Esto me parece mucha tierra para unos cuantos pájaros.

– Sí, resulta un anacronismo en estos días -sonrió Archie-. Pero, de no ser por los grandes cotos de caza de Escocia, muchas tierras quedarían abandonadas o agotadas por un cultivo abusivo o se dedicarían a la explotación forestal.

– ¿Es malo plantar árboles?

– Ese es un tema delicado. El árbol indígena es el pino de Escocia, no el sitka de Noruega, ni el abeto americano. Pero un bosque de sitkas noruegos destruye el hábitat de las aves de las tierras altas, que no anidarán a menos de novecientos metros. Porque en el bosque hay muchos depredadores, zorros y cuervos. Y no me refiero sólo a la codorniz sino también a la agachadiza, el frailecillo y el zarapito. Y otras formas de vida. Insectos, ranas, víboras. Y plantas. Jacintos silvestres, hierbas, musgos, hongos, asfódelo de los pantanos… Bien protegido, el páramo es un potente y racional ecosistema.

– Pero, ¿no se ha ridiculizado un tanto la figura del rico que se dedica a disparar a los pájaros en su coto de caza?

– Sí; el aristócrata degenerado que carga la escopeta con billetes de diez libras. Pero me parece que esa imagen se va borrando, a medida que hasta el más cerril de los políticos comprende que la relación entre caza y conservación tiene una gran importancia para preservar el ecosistema básico de las tierras altas de Escocia.

Los dos hombres enmudecieron. Poco a poco, unos pequeños sonidos fueron poblando el silencio como el agua filtrada va invadiendo una cavidad. El leve susurro del viento. El murmullo del arroyo lejano, que bajaba crecido. Al otro lado de la cañada, en una ladera, unos corderos pacían, corrían, balaban. Y a medida que el silencio se llenaba de ruidos, Conrad, que se sentía cómodo en compañía de su anfitrión, notó que le embargaba una tranquilidad, una paz de espíritu que casi había olvidado.

Quizá no tenía derecho a sentirse así. Quizá, después de lo sucedido la noche antes, hubieran debido atormentarle los remordimientos. Pero su conciencia estaba tranquila, incluso satisfecha.

“Me siento fatal porque te deseo”, le había dicho a Virginia.

Sí, había tenido remordimientos cuando le acometió la necesidad física de acostarse con la mujer de otro, a espaldas del otro y en la casa del otro. Pero poco podía hacer para reprimir su deseo y, menos aún, cuando advirtió claramente que Virginia tenía tanta necesidad de consuelo y cariño como él mismo. Para él, había sido una noche de gozosa liberación tras meses de celibato forzoso. Y para ella, quizás, un alivio de su soledad y un último e impetuoso arranque juvenil.

Cuando llegaron a Balnaid la víspera, ella, intuyendo el peligro como un animal del bosque, se mostraba tímida y esquiva, refugiándose en su papel de anfitriona. Pero esta mañana estaba serena. Él, después de dormir como hacía meses que no dormía, se despertó tarde y solo. Se vistió, bajó a la cocina y la encontró preparando el desayuno, haciendo café y hablando con los perros. Todavía estaba pálida, pero menos tensa, y le saludó con una sonrisa. Mientras comían los huevos con tocino, hablaron de cosas triviales y él respetó su reticencia. Quizás fuera mejor así, que ninguno de los dos analizara sus sentimientos ni tratara de explicar los sucesos de aquella noche.

Una aventura de una noche. Para Virginia, quizá. Conrad no estaba seguro de lo que significaría para él. Por el momento, estaba agradecido al azar que los había reunido en un momento en que los dos se sentían vulnerables, abandonados y necesitados el uno del otro. Las cosas habían seguido su curso natural, en un proceso tan simple como el de la respiración.

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