Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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Sin remordimientos. No estaba preocupado por Virginia. En cuanto a él mismo, sólo sabía que doce años atrás había estado enamorado de ella y que no estaba seguro de que hubiera cambiado algo.

Un movimiento llamó su atención. Apareció un milano planeando a gran altura y empezó a descender en amplios círculos. Segundos después, otra bandada de urogallos alzó el vuelo a mitad de la ladera y se dirigió hacia el Sur a una velocidad asombrosa, con el viento en la cola. Los dos hombres siguieron su vuelo con la mirada.

– Esperaba ver más pájaros -dijo Archie-. Mañana cazaremos en esta cañada. Vendremos a los puestos en coche.

– ¿Usted también?

– Sí; es lo más que puedo permitirme, si es que llego al primer puesto. Una de las cosas que más echo de menos es no poder subir la montaña. Aquellos sí que eran tiempos, cuando salías con unos cuantos amigos y media docena de perros. Pero eso ya acabó.

Conrad vaciló. Habían pasado juntos la mayor parte del día pero Conrad, no deseando parecer curioso o impertinente, se había abstenido de referirse a la evidente incapacidad física de Archie. Ahora parecía la ocasión de mencionarlo.

– ¿Cómo perdió la pierna? -preguntó, con naturalidad.

Archie miraba el milano.

– Me la volaron.

– ¿Un accidente?

– No; no fue un accidente. -El milano planeó, se lanzó en picado y volvió a elevarse con la presa, un conejito, colgando del pico-. Un incidente en Irlanda del Norte.

– ¿Qué hacía usted allí?

– Era soldado. Estaba con mi regimiento.

– ¿Cuándo ocurrió?

– Hace siete u ocho años. -El milano había desaparecido. Archie se volvió hacia Conrad-. El Ejército lleva ya veinte años en Irlanda del Norte. A veces me parece que el mundo se olvida de lo que está durando ese conflicto sangriento.

– Veinte años son muchos años.

– Fuimos para poner fin a la violencia, para preservar la paz. Pero la violencia continúa y la paz parece muy lejos todavía. -Cambió de posición, dejó los prismáticos y se apoyó en el codo-. En verano, alojamos en casa a huéspedes de pago americanos. Les ofrecemos alojamiento, diversiones, comida, bebida y conversación. A veces alguien empieza a hablar de Irlanda del Norte y no falta el chistoso que dice que Irlanda del Norte es el Vietnam de la Gran Bretaña. He aprendido a cambiar de tema rápidamente.

– Yo no iba a decir eso. Me refiero a lo del Vietnam. Sería mucha presunción.

– Ni yo pretendía ser agresivo. -Miró a Conrad- ¿Usted estuvo en el Vietnam?

– No. Uso gafas desde los ochos años, por lo que fui declarado inútil.

– De no haber podido librarse legalmente, ¿habría luchado?

Conrad movió la cabeza.

– No lo sé. Mi hermano fue al Vietnam. Con los marines. Lo mataron.

– ¡Que guerra tan devastadora, sangrienta e inútil! Pero todas las guerras son devastadoras, sangrientas e inútiles. Y la de Irlanda del Norte, la más inútil de todas, porque el problema tiene su raíz en el pasado y nadie quiere arrancar esa raíz para echarla al fuego y pensar en plantar otras cosas nuevas y decentes.

– ¿Al hablar del pasado se refiere a Cromwell?

– Me refiero a Cromwell, y a Guillermo de Orange, y a la batalla del Boyne, y a los “Black-and-Tans” y a los hombres que murieron en huelga de hambre. Y me refiero a los recuerdos amargos y al paro y a la discriminación, y a las zonas prohibidas y a la intolerancia religiosa. Y, lo que es peor, a la imposibilidad de aplicar la lógica a la situación

– ¿Cuánto tiempo estuvo?

– Tres meses. Tenían que ser cuatro, pero cuando el batallón regresó yo estaba en el hospital.

– ¿Qué ocurrió?

– ¿A mí o al batallón?

– A usted.

La respuesta de Archie fue un silencio largo y elocuente a pesar suyo. Conrad le miró y vio que, una vez más, un lejano movimiento, en la montaña de enfrente, había captado su atención. La expresión de su perfil era adusta y abstraída. Conrad advirtió la reserva de su acompañante y rápidamente quiso retirar la pregunta.

– Lo siento.

– ¿Por qué lo siente?

– No quería ser indiscreto.

– No hay cuidado. Fue un incidente. Es el eufemismo que se utiliza para referirse a atentados con bomba, asesinatos, emboscadas y terrorismo en general. La palabra suena en los telediarios un día sí y otro no. Un incidente en Irlanda del Norte. Y me afectó a mí.

– ¿Estaba en una unidad operativa?

– Todas las unidades eran operativas. Concretamente, mi destino era el de oficial al mando de la compañía del Cuartel General.

– Lee uno noticias sobre esos incidentes, pero es difícil imaginar lo que tiene que ser aquello… Dicen que es un país muy hermoso. -Conrad estaba a punto de agregar: “No quise decir eso”, pero calló y dejó continuar a Archie.

– Algunas zonas de Irlanda del Norte son muy hermosas. A veces, pasaba casi todo el día fuera del Cuartel General, visitando los puestos de las unidades establecidas en diferentes puntos del país. Los próximos a la frontera eran como fuertes sitiados, instalados en antiguas comisarías de policía a las que sólo se podía llegar en helicóptero, para evitar las emboscadas. Era fantástico volar sobre aquel país. Conocí una parte en primavera y principios del verano. Fermanagh, con sus lagos, y los montes de Mourne. -Se interrumpió y sonrió tristemente moviendo la cabeza-. Aunque no podías olvidar que no sólo descendían hasta el mar, sino también hasta las tierras peligrosas. La frontera.

– ¿Y estaba usted allí?

– Sí; en pleno fregado. Y un país muy diferente. Campos muy verdes y pequeños, carreteras estrechas y sinuosas, lagos y arroyos. Poca población. Minúsculas granjas diseminadas, caseríos vetustos rodeados de maquinas inmóviles y rotas; coches y tractores viejos pudriéndose a la intemperie. Pero, al mismo tiempo, muy pastoril. Tranquilo. A veces me parecía imposible relacionar aquel escenario con las cosas que estaban pasando.

– Ya tenía que ser duro.

– Bueno, estábamos todos juntos. Estar con el regimiento es un poco como estar con la familia. Uno puede hacer frente a cualquier cosa si tiene la familia alrededor.

Archie volvió a enmudecer. La roca era dura y estaba incómodo. Cambió de posición para aliviar la tensión de la pierna. La perra joven, vigilante, se acercó a él y Archie le acarició la cabeza.

– ¿Tenían su propio cuartel? -preguntó Conrad.

– Sí; si puede llamarse cuartel a una fábrica textil requisada. Todo era muy primitivo. Vivíamos detrás de alambradas de espino, planchas de hierro onduladas y sacos terreros. Casi no veíamos la luz del día y hacíamos poco ejercicio. Trabajábamos en el primer piso, comíamos en la planta baja y dormíamos en el segundo. Yo tenía un asistente-guardaespaldas que me acompañaba a todas partes y llevábamos armas hasta cuando íbamos de paisano. Vivíamos en estado de sitio. Nunca nos atacaron, pero siempre existía la amenaza de una emboscada o un asalto, por lo que había que estar prevenidos ante cualquiera de los distintos métodos utilizados para eliminar de la faz de la tierra un coche o un establecimiento militar. Un método consistía en apoderarse de un "Land Rover" del Ejercito, cargarlo de potentes explosivos y obligar al pobre diablo que lo conducía a llevarlo al cuartel y aparcarlo, para entonces volarlo por control remoto. Esto sucedió una a dos veces, por lo que se ideó un sistema para hacer frente a tal contingencia. Un foso de hormigón con una pronunciada rampa. Había que llevar el vehículo al foso y salir corriendo dando gritos antes de que la barraca volara por los aires. La devastación era grande, pero por lo menos se salvaban vidas.

– ¿Eso le pasó a usted?

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