– No; a mí no me pasó. Tengo pesadillas con los condenados fosos, pero no conocí esa experiencia. Extraño, ¿no? Claro que no hay manera de explicar los mecanismos del subconsciente.
Conrad, perdida ya toda inhibición, preguntó:
– Entonces, ¿qué ocurrió?
Archie rodeó con el brazo el cuello de la perra joven y el animal se tumbó apoyando la cabeza sobre la rodilla de su amo, cubierta con el pantalón de tweed.
– Era junio, principios de verano. Sol y flores por todas partes. Hubo un incidente en la frontera, en un cruce de carreteras, cerca de Keady. Colocaron una bomba bajo la carretera, en un desagüe. Dos vehículos blindados, “cerdos”; los llamábamos, habían salido de patrulla, con cuatro hombres en cada uno. La bomba estalló por control remoto. Uno de los “cerdos“ voló en mil pedazos y con él sus cuatro hombres. El otro quedó averiado, con dos muertos y dos heridos. Uno de los heridos era el sargento que mandaba la patrulla y él radió el informe al Cuartel General. Yo estaba junto a la radio cuando llegó el mensaje con todos los detalles. En estos casos, por razones de seguridad, no se dan nombres pero cada uno; de los hombres del batallón tiene un numero de identificación. Por lo tanto, cuando el sargento nos dio los números supe inmediatamente quienes eran los muertos y quienes los heridos. Y todos eran hombres míos.
– ¿Suyos?
– Como le decía, yo era el comandante pero, más que una compañía de fusileros, yo mandaba la compañía Administrativa. Es decir, Intendencia, Pagaduría y Gaitas y Tambores.
– ¿Gaitas y Tambores? -Conrad apenas podía disimular su incredulidad-. ¿Quiere decir que tenían una banda?
– Desde luego. Las Gaitas y Tambores son una parte importante de todo regimiento escocés. Tocan diana y silencio, tocan retreta en ocasiones solemnes, tocan en los bailes, en los conciertos y, en las noches de visita, en los comedores de oficiales y suboficiales. Y tocan también en los funerales. “Las flores del bosque” es el sonido más triste que puede oírse en este mundo. Pero, aparte de formar parte del batallón, cada gaita y cada tambor es también un soldado y un artillero. Varios de ellos cayeron en aquella emboscada. Yo los conocía a todos. Uno era un muchacho llamado Neil MacDonald, de veintidós años, hijo del guarda mayor de Ardnamore, el último pueblo del valle, más allá de Tullochard. Le oí tocar por primera vez en los Juegos de Strathcroy. Tenía quince años y se llevó todos los premios. Yo le dije que, cuando tuviera la edad, se alistara en el regimiento. Y aquel día, mientras oía los números por la radio, supe que Neil MacDonald había muerto.
Conrad no sabía que decir, por lo que, muy sensatamente, no dijo nada. Se hizo una amigable pausa y Archie, espontáneamente, prosiguió:
– Para estas emergencias hay una Fuerza Aérea de Reacción en alerta constante. Dos destacamentos y un helicóptero “Lynx” dispuesto para despegar. Aquel día, dije al sargento que se quedara en tierra y ocupé su puesto. Íbamos ocho en el helicóptero, el piloto, su ayudante, cinco soldados y yo. Tardamos menos de diez minutos en llegar. Dimos una vuelta de reconocimiento. El explosivo, que había destruido por completo el primer “cerdo”, había abierto un cráter y, al borde del cráter, estaba el segundo “cerdo” panza arriba. Alrededor todo eran hierros retorcidos, ropa trozos de red de camuflaje, cadáveres, más ropa, neumáticos ardiendo. Mucho humo, llamas, olor a goma quemada, a fuel y pintura. Pero no había señales de vida. No había el menor movimiento.
Una vez más, Conrad sintió extrañeza por lo que le parecía un contrasentido.
– ¿Quiere decir que no había nadie, ni un vecino, ni un campesino que al oír la explosión hubiera ido a ver que ocurría?
– No; nadie. En aquella parte del mundo, nadie se acerca donde hay líos de estos, a no ser que quiera estar muerto o sin rodilla antes de una semana. No había nadie, sólo humo y muerte. Había una franja de hierba, una especie de arcén, al lado de la carretera. El helicóptero aterrizó allí y todos saltamos. Nuestra primera tarea era reconocer el terreno y sacar a los heridos mientras el helicóptero volvía a la base en busca del médico y sus muchachos. Pero apenas había despegado el helicóptero cuando aún no habíamos tenido tiempo de desplegarnos, nos pilló una granizada de fuego de ametralladora que disparaban desde el otro lado de la frontera. Estaban esperándonos. Observando y esperando. Tres de mis hombres murieron instantáneamente, otro fue herido en el pecho y a mí me dieron en la pierna. Destrozada. Cuando volvió el helicóptero con el médico, nos llevaron a un hospital de Belfast. El sargento murió por el camino. En el hospital, me amputaron la pierna por encima de la rodilla. Estuve allí varias semanas y regresé a Inglaterra para empezar el largo proceso de rehabilitación. Por fin, volví a Croy, retirado y con el grado de teniente coronel.
Conrad trató de echar la cuenta de las bajas pero se perdió y renunció.
– ¿Y qué consiguieron con el incidente? -preguntó.
– Nada. Hacer un agujero en la carretera y matar a unos cuantos soldados británicos. A la mañana siguiente, el IRA reivindicó oficialmente el atentado.
– ¿Siente odio o rencor por lo ocurrido?
– ¿Por qué? ¿Por haber perdido una pierna? ¿Por tener que arrastrar este artilugio de aluminio? No. Yo era militar, Conrad. Que te hagan trizas es uno de los gajes del oficio. Pero también hubiera podido ser un paisano, un tipo corriente que tratara de vivir su vida tranquilamente. Un viejo que hubiera ido a Enniskillen el día del Armisticio para rendir homenaje a su hijo muerto y acabara aplastado por un montón de escombros. O un muchacho que llevara a su novia a un bar de Belfast y la viera volar en pedazos por una bomba-trampa. O un soldado con permiso, en mal coche, mal sitio y mal momento, arrastrado por la turba a un descampado, desnudado, molido a palos y liquidado de un balazo.
Conrad se estremeció. Se mordió los labios, avergonzado de su debilidad.
– Cuando leía esas cosas me daban ganas de vomitar.
– Es una violencia ciega, gratuita y sangrienta. Y hay otros crímenes que ni siquiera se publican en los periódicos, que quedan inéditos. Un hombre entra en un bar a tomar unas cervezas. Es un chico corriente, pero del IRA. Uno de los individuos con los que está sentado opina que sería divertido destrozarle las rodillas a alguien. Él nunca lo ha hecho pero, con tres cervezas en el cuerpo, se siente capaz. Le dan una pistola, sale del bar y se va al barrio protestante. Ve a una chica que vuelve de casa de una amiga. Se esconde en un callejón, se echa sobre ella, la tira al suelo y le dispara en las dos rodillas. Esa muchacha no volverá a andar. Uno de tantos incidentes. Pero me obsesiona porque aquella muchacha hubiera podido ser mi Lucilla. Por eso no siento odio ni rencor, sino mucha pena, por la gente de Irlanda del Norte, la gente corriente que intenta salir adelante y educar a sus hijos bajo la amenaza de la sangre, la venganza y el miedo. Y siento pena por toda la especie humana porque, si esta barbarie se acepta como norma, no veo futuro para nosotros. Es horrible. Y temo por mí mismo, porque todavía tengo pesadillas que me aterrorizan y me hacen gritar como un niño. Y, lo que es peor, me siento culpable de la muerte de ese muchacho, Neil MacDonald, muerto a los veintidós años. De su cuerpo no quedó nada que enterrar. Sus padres no tienen ni el consuelo de ir a visitar su tumba. Yo vi a Neil de soldado y era un buen soldado, pero lo recuerdo sobre todo con quince años, en el estrado, tocando la gaita en el festival de Strathcroy. Recuerdo el día: el sol brillaba sobre la hierba, el río y las montañas, y él y su gaita formaban parte de la escena. Un muchacho. Con toda la vida ante sí, tocando aquella música maravillosa.
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