– Veo que lo llevas todo bien organizado, Gordon. Muchas gracias por venir. Hasta mañana…
Gordon y sus perros se fueron y Archie siguió barriendo las hojas. Estaba a punto de terminar la tarea cuando en el camino de atrás empezó a zumbar otro automóvil y pensó que probablemente sería el alquilado por el Americano Triste. Se dijo que ojalá supiera cómo se llamaba el condenado y se dispuso a recibirlo. Volvió a detener el tractor, paró el motor y estaba apeándose trabajosamente cuando apareció el coche. Era el “Subaru” de Edmund, por lo que el que llegaba no podía ser el Americano Triste. Virginia estaba al volante, pero a su lado había un hombre. El “Subaru” se detuvo y Archie, con las articulaciones entumecidas, se adelantó mientras los recién llegados bajaban y se dirigían a su encuentro.
– Virginia.
– Hola, Archie. Te traigo a vuestro invitado. -Archie, desconcertado, se volvió hacia el desconocido, que era alto, de buena figura y facciones atractivas aunque algo toscas. tendría treinta y tantos años y usaba gafas con gruesa montura de concha-. Conrad Tucker; Archie Balmerino.
Los dos hombres se estrecharon las manos.
– Perdón, pero creí que venia solo, en un coche de alquiler… -dijo Archie.
– Ese era mi plan, pero…
Virginia terció:
– Yo te explicaré. Se trata de una coincidencia asombrosa, Archie. Encontré a Conrad ayer por la tarde en el “King’s Hotel” de Relkirk. Por pura casualidad. Somos viejos amigos. Nos conocimos en Long Island, de muy jóvenes, así que, en lugar de pasar la noche en el hotel como tenía pensado, se vino conmigo y ha dormido en Balnaid.
Todo explicado.
– Qué casualidad y qué buena idea. -Y Archie agregó, dirigiéndose a Conrad-: Es ridículo, pero a mi mujer o no le dijeron su nombre o se le olvidó, por lo que Virginia no pudo saber que usted era nuestro invitado. Siento reconocer que a veces somos bastante despistados.
– Son muy amables al alojarme en su casa.
– En fin… -Archie titubeó, deseando que Isobel estuviese allí-…esto es fantástico. Vamos. Entremos. Estoy solo en casa, porque todos se han ido de compras. ¿Trae maleta, Conrad? ¿Qué hora es? Las doce menos cuarto. El sol todavía no está en el cénit, pero creo que podríamos tomar un gin-tonic…
– No, Archie -dijo Virginia. Estaba nerviosa, envarada. Archie la miró atentamente y observó su palidez, mal disimulada por el bronceado, y sus ojeras. Parecía disgustada y entonces recordó que la víspera había tenido que acompañar a Henry a Templehall y dejarlo allí. Eso lo explicaba todo.
Y le dijo, solícito:
– ¿Por qué no? Te hará bien.
– No es que no quiera quedarme, es que tengo que llevar unas cosas a Verena. Floreros y demás. Si no te importa, volveré a casa.
– Como quieras.
– Nos veremos mañana en el picnic de Vi.
– A mí no. Salgo de caza. Pero Lucilla, Jeff y Pandora llevarán a Conrad.
Conrad sacó la maleta del coche de Virginia y se quedó esperando. Virginia se acercó y le dio un beso.
– Hasta mañana, Conrad.
– Gracias por todo.
– Encantada.
Virginia volvió a subir al “Subaru”, que se alejó por entre los árboles y empezó a bajar la cuesta. Cuando el coche se perdió de vista, Archie se volvió hacia su invitado:
– Qué bien que ya conociera a Virginia. Venga conmigo, le enseñaré su cuarto…
Se dirigió hacia la escalera exterior y la puerta, seguido de Conrad, que andaba despacio, acomodándose al paso lento e irregular de su anfitrión.
Otra vez en Balnaid, Virginia se dirigió al trastero y se dedicó a reunir jarrones, ánforas, urnas y viejas soperas, contenta de tener algo que hacer. En aquel momento, menos adecuado era tener las manos ociosas y la menta vacía. Recogió su arsenal, sin olvidar ganchos y alambres para asegurar los pesados adornos florales y, en dos o tres viajes, fue llevándolo al coche y colocándolo cuidadosamente en la parte trasera. Mientras, hacía planes. Al día siguiente, a primera hora de la mañana, llegaban de Londres Alexa, Noel y el perro de Alexa. Habrían viajado durante toda la noche y llegarían a Balnaid a la hora del desayuno. Cuando volviera de Corriehill prepararía las habitaciones para Alexa y Noel. Habitaciones. No una sola habitación. En Londres dormían en la misma cama, pero Virginia sabía que si en Balnaid les daba una cama de matrimonio Alexa estaría incómoda y más violenta que su padre.
Mañana. Pensaría en mañana. No en ayer ni en anteayer, ni en la última noche. Aquello había terminado. Para siempre. De una vez. Aquello nada podía cambiar y nada cambiaría.
Cuando las habitaciones estuvieran preparadas, se dedicaría a hacer listas, como Isobel. Iría a la tienda de Mrs. Ishak y compraría muchas cosas. Tendría que sacar a los perros. después podría hacer algo en la cocina, un pastel o una olla de caldo. O buñuelos para el picnic de mañana. Entonces, ya sería casi de noche y aquel día largo, de soledad y cavilaciones, habría terminado. Se acostaría en su cama vacía, en su casa vacía. Sin Edmund y sin Henry. Pero por la mañana llegarían Alexa y Noel y en su compañía todo tendría que mejorar y la vida parecería menos imposible, más soportable.
En Corriehill encontró una vorágine. En la grava, había furgonetas y camiones aparcados y el interior de la casa estaba tomado por un ejercito de obreros, como si la familia fuera a mudarse o acabara de llegar. Casi todos los muebles y alfombras del vestíbulo habían sido retirados y por el suelo serpenteaban cables en todas direcciones. Las puertas del comedor estaban abiertas revelando que, con ayuda de un material a rayas oscuras, había sido convertido en una oscura caverna. El night-club. Virginia se detuvo a admirar el efecto y, casi al momento, un joven de pelo largo que transportaba un pesado aparato acústico le indicó que hiciera el favor de apartarse.
– ¿Sabe dónde puedo encontrar a Mrs. Steynton?
– Pruebe en la carpa.
Virginia se dirigió a la biblioteca abriéndose paso por entre la barahúnda y desde allí descubrió la mastodóntica carpa, que había sido instalada la víspera en aquella parte del jardín. Era muy alta y muy ancha, y restaba casi toda la luz a las habitaciones. Habían quitado los batientes de la puerta-ventana de la biblioteca, de la que partía un amplio pasillo que unía la casa a la carpa. Virginia lo recorrió y se encontró en la gran tienda de lona, inundada de una luz difusa y subacuatica. Vio los postes, altos como mástiles, y las rayas amarillas y blancas del tapizado interior. Los electricistas estaban subidos a unas altas escaleras colocando lámparas y, en el extremo opuesto a la puerta, dos fornidos operarios, con caballetes y tablas, construían el estrado para la orquesta. Olía a hierba aplastada y a lona, lo mismo que una exposición agrícola. En medio de todo aquel ajetreo, Virginia vio a Verena hablando con Mr. Abberley, jefe de la operación que, al parecer, estaba recibiendo un rapapolvo.
– … y es ridículo decir que las medidas están mal. Las tomó usted mismo.
– Pero, Mrs Steynton, es que el suelo viene en unidades prefabricadas de tres pies de lado. Ya se lo expliqué cuando me pidió usted la carpa más grande que tuviera.
– No creí que eso fuera problema.
– Y otra cosa. El terreno no es llano.
– Tiene que serlo. Era una pista de tenis.
– Lo siento, pero en ese rincón baja por lo menos un palmo. Por lo tanto, habrá que poner cuñas.
– Pues, pónganlas. Pero asegúrense de que el suelo no se hunde.
Mr. Abberley la miró ofendido.
– Mis suelos no se hunden -dijo, y se fue a meditar sobre la situación.
Virginia dijo:
– Verena. -La interpelada se volvió-. Me parece que no vengo en buen momento.
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