– No pares delante, Conrad, pon el coche ahí detrás. Cuando estoy sola no uso la puerta principal y sólo cogí la llave de la cocina.
Él paró el motor y mantuvo los faros encendidos mientras ella se apeaba, abría la puerta trasera y encendía una luz. Los perros habían oído el coche y estaban esperando. La recibieron con una alegría que le resultó muy grata, arrojándose a sus pies y gruñendo de satisfacción.
– ¡Oh! Que perros tan buenos… -Se agachó para acariciarlos-. Siento haber tardado tanto. Pensabais que ya no volvería. Va, salid los dos a regar las margaritas y os daré galletas antes de ir a la cama.
Los perros trotaron alegremente hacia la oscuridad, ladraron al desconocido que se apeaba del coche, lo olfatearon y, tranquilizados cuando él los acarició y les habló suavemente, corrieron hacia los árboles.
Virginia encendió más luces. La gran cocina de fuel roncaba suavemente, la placa estaba caliente. El frigorífico ronroneaba. Conrad entró con la maleta en la mano.
– ¿Quieres que entre el coche?
– No hace falta. Por una noche que se quede fuera. Quita sólo las llaves…
– Ya las he quitado… -Las dejó sobre la mesa.
Se miraron a la luz potente y Virginia se sintió invadida por una ridícula timidez. Para disimular, se refugió en su papel de anfitriona.
– Bueno. ¿Quieres beber algo? El último trago. Edmund tiene whisky de malta para estas ocasiones.
– Estoy bien.
– ¿Pero te apetece?
– Sí.
– Ahora te lo traigo. Un momento.
Cuando volvió con la botella, se había quitado la gabardina y el sombrero. Los perros habían regresado de su expedición nocturna y se habían instalado en sus almohadones junto a la cocina. Conrad, en cuclillas, les hablaba en voz baja y acariciaba sus cabezas erguidas y de buena raza. Cuando entró Virginia, se levantó.
– He cerrado la puerta con llave.
– Muy amable. Gracias. A nosotros se nos olvida cerrar las puertas muchas noches. Y es que en Strathcroy ni los ladrones ni los atracadores son problema. -Puso la botella en la mesa y sacó un vaso-Sírvete.
– ¿Tú no quieres?
Ella movió la cabeza, tristemente.
– No, Conrad, ya he bebido bastante por hoy.
Se sirvió el whisky y acabó de llenar el vaso con agua del grifo. Virginia dio unas galletas a los perros, que las tomaron educadamente, con suavidad, masticando con fruición.
– Hermosos spaniels.
– Son los perros de caza de Edmund y están muy bien adiestrados. Con Edmund, a la fuerza. -Se acabaron las galletas-: Si quieres, puedes subir el vaso. Te enseñaré tu habitación. -Cogió la gabardina y el sombrero y Conrad, la maleta. Ella abrió la marcha, apagando y encendiendo luces por el pasillo, el gran vestíbulo y la escalera.
– Bonita casa.
– Es grande, pero a mí me gustan las casas grandes.
Él la seguía. Abajo se oía el tic-tac del gran reloj de pie, pero sus pasos quedaban ahogados por las gruesas alfombras. El cuarto de invitados estaba en la parte delantera de la casa. Ella abrió la puerta, oprimió el interruptor y la gran araña del techo iluminó la habitación. Era grande y tenía una alta cama de metal y muebles de caoba victorianos, heredados de Vi. Sin flores ni libros, la habitación despedía un aire impersonal y olía a cerrado.
– Lo siento, esto no está muy acogedor. -Dejó la gabardina y el sombrero sobre una silla y abrió la alta ventana. El aire de la noche entró moviendo las cortinas. Conrad se acercó a ella y los dos se asomaron a contemplar la oscuridad. La luz de la ventana dibujaba un cuadro en la grava delante de la puerta principal, pero no se veía nada más.
Él aspiro profundamente.
– Es un aire limpio y suave. Como agua de manantial.
– Tendrás que fiarte de mi palabra pero ante los ojos tienes un espléndido panorama. Ya lo verás por la mañana. El jardín, los campos y las montañas.
En los árboles de la iglesia ululó un búho. Virginia se apartó de la ventana, con un escalofrío.
– Hace frío -dijo-¿Cierro?
– No. Déjala abierta. Sería una lástima que este aire tan puro se quedara fuera.
Ella corrió las cortinas, tapando bien las rendijas.
– Esa puerta da al baño. -Él fue a investigar-. Tiene que haber toallas y, si quieres bañarte, siempre hay agua caliente. -Encendió las lamparitas del tocador y de la mesita de noche y apagó la gran araña de cristal. La habitación parecía ahora más cálida, casi íntima-. Lo siento, pero no hay ducha. La casa, no es muy moderna.
Salió del baño en el momento en que Virginia doblaba una pesada colcha, descubriendo unas mullidas almohadas cuadradas con fundas bordadas y un floreado edredón.
– Hay manta eléctrica. Si quieres, no tienes más que conectarla. -Acabó de doblar la colcha y la dejó encima de una silla-. Bien.
No había nada más en que ocupar las manos ni la atención. Miró a Conrad. Durante un momento, ninguno de los dos habló. La mirada de él, tras sus gafas de concha, era sombría. Ella vio sus facciones rudas y el profundo rictus de su boca. Él todavía tenía el vaso en la mano, pero lo dejó en la mesita de noche. Ella siguió su movimiento y recordó cómo aquella mano había acariciado la cabeza de uno de los perros de Edmund. Un hombre cariñoso.
– ¿Estarás bien, Conrad? -Una pregunta inocente que, nada más salir de sus labios, pareció ambigua.
– No lo sé -respondió él.
No habrá ningún problema, le había dicho ella, pero sabía que el problema había estado latente durante toda la noche y ya no podía seguir cerrando los ojos. De nada servirían las evasivas. Eran dos personas adultas y la vida era un infierno.
– Te estoy muy agradecida -dijo ella-Necesitaba consuelo.
– Y yo te necesito a ti…
– Hoy soñé despierta con Leesport. Que volvía a ver a los abuelos. Eso no te lo he contado.
– Aquel verano me enamoré de ti…
– Me vi llegar en una limusina desde Kennedy. Y todo estaba igual. Los árboles y la hierba y el olor del Atlántico que traía el viento de la bahía.
– Pero tú volviste a Inglaterra…
– Quería que alguien me dijera que era fantástica. Que era inteligente. No quería estar sola.
– Estoy rabiando…
– Dos mundos diferentes, ¿verdad, Conrad? Chocan y se separan. A años luz uno de otro.
– …por estar contigo.
– ¿Por qué las cosas tienen que llegar cuando ya es tarde? ¿Por qué todo tiene que ser imposible?
– No es imposible.
– Lo es. Porque ya acabó. Acabó la juventud. En cuanto tienes un hijo, se acaba la juventud.
– Quiero estar contigo.
– Ya no soy joven. Soy otra persona.
– No he estado con una mujer desde…
– No lo digas, Conrad.
– Y esto te lo hace la soledad.
– Ya lo sé -dijo ella.
Fuera, en el jardín, había quietud. El agua goteaba de las inmóviles hojas de los rododendros. Al fin, una figura se alejó entre los arbustos, por los estrechos senderos, dejando en la hierba mojada las marcas de unos zapatos de tacón alto.
Isobel tomaba café y hacía listas sentada a la mesa de la cocina. Las listas eran una costumbre inveterada, pequeños inventarios de cosas que hacer, comestibles que comprar, platos que guisar y personas a las que llamar, que clavaba en el tablero de la cocina al lado de los recordatorios de sacar esquejes del polianto o retirar los bulbos de los gladiolos, las postales de los amigos y los hijos y la dirección de un hombre que limpiaba el exterior de las ventanas. En este momento, estaba elaborando tres listas. La de hoy, la de mañana y la del viernes. Entre unas cosas y otras, la vida se le había complicado bastante.
Escribió: “Cena de hoy.” Tenía muslos de pollo en el congelador. Podía hacerlos a la brasa o a la cazuela.
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