Leesport. Ajá. Ahora iba camino del aeropuerto, a tomar el jet para Kennedy y, allí, una limusina hasta Leesport. Allí no llovería. Allí tendrían el fabuloso otoño de Long Island, el cielo azul, las hojas doradas y la brisa fresca del Atlántico soplando en la bahía. Leesport, inmutable. Las calles anchas, el cruce, la ferretería y el drugstore con los chicos en la puerta dando vueltas en bicicleta. Después, Harbor Road. Vallas de madera blanca, árboles de hoja ancha y grandes extensiones de césped regado por aspersores. La carretera que bajaba hasta la orilla, el club marítimo con su bosque de mástiles. La verja del country club y, a continuación, la casa de la abuela. Y la abuela en el jardín, haciendo como que rastrillaba las hojas pero en realidad esperando el coche, para estar en la acera cuando llegara.
– ¡Oh, tesoro! Ya estás aquí. -La mejilla suave y arrugada, el olor a “White Linen” -. Demasiado tiempo sin vernos. ¿Has tenido un buen viaje? ¡Qué alegría!
Entraba en la casa. Los olores. A humo de leña, a aceite bronceador, a cedro, a rosas. Esteras de palma y fundas descoloridas. Cortinas de cretona ondeando en las ventanas. Y el abuelo, que venía de la terraza, con las gafas en lo alto de la cabeza y el New York Times debajo del brazo…
– ¿Dónde está mi novia?
En la sucia semioscuridad brillaban enjambres de luces. Relkirk. Vuelta a la realidad, y Virginia se dijo que tendría que parar un momento allí. Necesitaba ir al aseo, refrescarse, encontrar un bar y beber algo para volver a sentirse un ser humano. Necesitaba calor y la comodidad almibarada de la música ambiental y la iluminación indirecta. No tenía por que correr, nadie la esperaba en casa. Aquello también era una cierta libertad. No había nadie que se preocupara de si tardaba ni de lo que hacía.
Entró en la ciudad. Las calles adoquinadas, relucientes las gotas de lluvia brillaban a la luz de los faroles, las aceras, repletas de gente equipada con botas e impermeable, con paraguas y bolsas en la mano, todo el mundo, con prisa por llegar a casa, en busca del fuego de la chimenea y una taza de té.
Se dirigió al “King’s Hotel” porque lo conocía y sabía dónde estaba el tocador. Era un edificio anticuado, situado en el centro de la ciudad, por lo que no tenía aparcamiento propio. Virginia encontró un hueco al otro lado de la calle y dejó allí su “Subaru”, debajo de un árbol que chorreaba. Cuando estaba cerrando la puerta, frente al hotel paró un taxi del que se apeó un hombre con gabardina y sombrero de cheviot. El hombre pagó al taxista y, con una maleta en la mano, subió las escaleras que conducían de la acera a la puerta giratoria del hotel. Entró. Virginia se paró para dejar pasar a los coches, cruzó la calzada corriendo y entró tras él.
El tocador estaba al otro lado del vestíbulo. El hombre se detuvo en el mostrador de recepción y sacudió el agua del sombrero.
– ¿Diga?
La recepcionista era una muchacha de aspecto hosco, con unos gruesos labios de color rosa y el pelo pajizo y encrespado.
– Buenas tardes. Tengo habitación reservada. Llamé desde Londres hace una semana.
Americano. Una voz bien timbrada, un poco áspera. Aquella voz tenía algo que llamó la atención de Virginia, como si alguien le hubiera tirado de la manga. Se paró en medio del vestíbulo y lo miró. Vio la espalda de un hombre alto, de hombros anchos y pelo oscuro veteado de gris.
– ¿Qué nombre ha dicho?
– No lo he dicho. Pero es Conrad Tucker.
– ¡Ah, sí! Si tiene la bondad de firmar aquí…
Virginia repitió:
– Conrad.
Él se volvió vivamente. Se contemplaron a distancia. Conrad Tucker. Más viejo, canoso. Pero Conrad. Las mismas gafas con montura de concha, el mismo bronceado indeleble. Él se quedó desconcertado un segundo y luego, lentamente, sonrió con incredulidad.
– Virginia.
– No puedo creerlo…
– Que me cuelguen si…
– Me ha parecido reconocer tu voz.
– ¿Qué haces aquí…?
La muchacha con cara de palo no parecía divertida.
– Perdón, señor, pero si no le importa, tiene que firmar…
– Vivo cerca de aquí.
– No tenía idea…
– ¿Y tú…?
– Estoy de paso…
– ¿Y cómo pagará? -Otra vez la cara de palo-. ¿Tarjeta de crédito o cheque?
– Mira -dijo Conrad a Virginia-, esto no tiene remedio. ¿Y si nos encontrásemos en el bar dentro de cinco minutos? ¿Podrás? ¿Tienes prisa?
– No; no tengo prisa.
– Me inscribo, me aseo y bajo. ¿Qué te parece?
– Cinco minutos.
– Nada más.
El tocador, con sus volantitos de cretona, estaba vacío, afortunadamente. Virginia se había quitado su viejo chaquetón “Barbour”, había pasado por el excusado y ahora se miraba al espejo más atónita que nunca por el asombroso encuentro con Conrad. Conrad Tucker, en el que no había vuelto a pensar desde hacía más de doce años, aquí, en Relkirk. Llegado de Londres con fines ignorados. Pero sólo sabía que nunca se había alegrado tanto de ver una cara conocida, porque ahora, por lo menos, tenía con quien hablar.
No iba vestida para alternar. Tejanos y un viejo jersey de cachemir de cuello alto. Y la cara no estaba mucho mejor que la indumentaria. El pelo, lacio por la lluvia, y la cara lavada. Vio las arrugas de la frente y de las comisuras de los labios y las oscuras ojeras señales de la noche de insomnio. Abrió el bolso, sacó un peine, se alisó el pelo y se lo recogió con una goma.
Conrad Tucker.
Doce años. Ella tenía veintiuno. Había pasado tanto tiempo y habían sucedido tantas cosas que le costó un poco recordar detalles de aquel verano en concreto. Se habían conocido en el country club de Leesport. Conrad era abogado y trabajaba en Nueva York con su tío. Tenía un apartamento en el barrio Este pero su padre poseía una vieja casa en Southampton y había ido de allí a Leesport con motivo de un campeonato de tenis.
Eso. ¿Cómo jugaba al tenis? Eso quedaba escondido entre la bruma del tiempo. Virginia sólo recordaba que había presenciado el partido y le había animado a él, y que después él la buscó y la invitó a un refresco, que era lo que ella se había propuesto.
Buscó en el bolso la barra de labios, pero no encontró más que una botellita de esencia y se perfumó.
Aquel verano había sido bueno. Conrad aparecía por Leesport casi todos los fines de semana, y había barbacoas y mariscadas de medianoche en la playa de Fire Island. Jugaban mucho al tenis y navegaban en el viejo balandro del abuelo en las azules aguas de la bahía. Recordó haber bailado con él los sábados por la noche en la terraza del club con el cielo lleno de estrellas y la orquesta que tocaba The Look of Love .
Una vez, entre semana, fue con su abuela de compras y al teatro a Nueva York, y se hospedaron en el “Colony Club”. Y Conrad llamó por teléfono y las llevó a cenar a “Lespleiades” y después fueron al “café Carlyle” y estuvieron escuchando a Bobby Short hasta la madrugada.
Doce años. Años luz. Virginia cogió el bolso y el “Barbour”, salió del tocador y subió las escaleras del bar. Conrad todavía no había aparecido. Pidió un whisky con soda y un paquete de cigarrillos y se sentó en una mesa de un rincón.
Bebió medio whisky de un trago y al momento se sintió más entonada y un poco más fuerte. El día no había terminado aún, pero por lo menos ahora se le ofrecía un respiro y ya no estaba sola.
– Empiezas tú, Conrad -dijo ella.
– ¿Por qué yo?
– Porque, antes de decir ni una palabra más, tengo que saber que estás haciendo aquí. ¿Qué te trae a Escocia, a Relkirk? Tiene que haber una explicación lógica, pero no se me ocurre cual puede ser.
– En realidad, no estoy haciendo nada -sonrió él-. Me he tomado unas largas vacaciones. No es lo que se dice un año sabático, sino sólo un descanso.
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