Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– En absoluto. ¿Vive mucha gente en el pueblo?

– Bastante. Y luego están los Balmerino, y el ministro presbiteriano y su esposa, y el rector y su esposa, y los Aird. Archie Balmerino es el Laird, o sea, el dueño del pueblo y de miles de acres de tierra. Croy es enorme, pero sin pretensiones. Isobel también es muy sencilla. Trabaja más que cualquiera de las mujeres que conozco, que ya es decir, porque en Escocia las mujeres no paran. Cuando no llevan una casa enorme, crían hijos, o trabajan en el jardín, se dedican a organizar actos benéficos multitudinarios o trabajan en industrias familiares, como granjas que venden sus productos directamente al consumidor, o secan flores, o tienen colmenas, o restauran antigüedades, o confeccionan cortinas para venderlas.

– ¿Y nunca se divierten?

– Sí, también se divierten, pero no al estilo de Long Island. En agosto y septiembre hay mucha animación, fiestas casi todas las noches, bailes, cacerías y demás. Llegas en buen momento, Conrad, aunque te cueste trabajo creerlo, con este tiempo. Luego, en invierno, cada uno en su casa.

– ¿Y cómo te reúnes con tus amigas?

– Pues no lo sé. -Trató de averiguarlo-. Esto no es como otros sitios. Vivimos muy lejos unos de otros y no hay vida de club. Quiero decir que no hay country clubs como en los Estados Unidos. Y los pubs no son como en el Sur, aquí la mujer no va al pub. Hay clubs de golf, desde luego, pero casi todos son para hombres y las mujeres no son bien recibidas. Puedes encontrarte con alguna amiga en Relkirk, pero la vida social se hace en las casas particulares. Almuerzos de mujeres y cenas de matrimonios. Para cenar nos vestimos de gala y, como te decía, hacemos cuarenta millas o más. Y esa es una de las razones por las que la vida social se interrumpe durante el invierno. Entonces es cuando la gente escapa. Los que pueden, se van a Jamaica, o a Val d’Isere, a esquiar.

– ¿Y qué haces tú?

– A mí el invierno no me desagrada. Me fastidian los veranos lluviosos, pero los inviernos son agradables. Y me voy a esquiar a las montañas. Hay una estación de esquí a diez millas de Strathcroy, con un par de remontes y pistas bastante buenas. Lo malo es que, cuando hay mucha nieve, la carretera queda cortada y no se puede esquiar, lo que resulta paradójico.

– A ti te gustaba mucho la equitación.

– Me gustaba cazar. Para mí, la caza es la finalidad de la equitación. Cuando llegué a Balnaid, Edmund dijo que podía tener un par de caballos, pero aquí no se caza a caballo, por lo que no tiene objeto.

– ¿Y en qué ocupas el tiempo?

– Hasta ahora, me lo ocupaba Henry. -Miró a Conrad con desconsuelo porque aquella pregunta era el compendio de todas sus angustias. Henry había sido arrancado de su lado. Tú lo asfixias, le había dicho Edmund, y ella se había sentido herida e indignada, pero cuidar de Henry había sido su diaria ocupación y su mayor alegría.

Ahora, privada de Henry, sólo tenía a Edmund.

Pero Edmund estaba en Nueva York. O, si no, en Frankfurt, o en Tokio, o en Hong Kong. Había podido soportar aquellas largas separaciones porque tenía a Henry a su lado, que la consolaba y le hacía compañía, y también porque tenía plena confianza en la fortaleza, la fidelidad y el amor de Edmund.

Pero ahora… las dudas y los negros temores de su noche de insomnio volvían a acometerla. Lottie Carstairs, la loca…, aunque quizá no tan loca… había dicho a Virginia cosas que nunca había pensado tener que oír. Edmund y Pandora Blair. ¿Por qué cree usted que su marido se larga a América de la noche a la mañana? La engañará como engañó a la primera, la pobre.

De pronto, aquello resultó demasiado para ella.

Con horror, sintió que le temblaban los labios y le escocían los ojos. Conrad la miraba y, durante un instante de desvarío, tuvo la tentación de desahogarse con él, de hacerle confidente de sus angustiosas dudas. Entonces, las lágrimas la cegaron y pensó: “Vaya, tengo una rabieta.” Salvada en el último segundo. Afortunadamente, había reaccionado a tiempo. No debía decírselo a nadie porque las palabras, pronunciadas en voz alta, podían hacerlo realidad. Podían hacer que ocurriera.

– Perdona -dijo-. Soy una idiota.

Aspiró profundamente, buscando un pañuelo sin encontrarlo. Conrad le tendió el suyo por encima de la mesa, blanco, limpio y bien planchado. Ella lo tomó agradecida y se sonó.

– Estoy cansada y desmoralizada. -Intentó restarle importancia-. También estoy un poco cabreada.

– No estás en condiciones de conducir.

– No tengo más remedio.

– Pasa la noche aquí y regresa por la mañana. Podemos pedir una habitación.

– No puedo.

– ¿Por qué no?

Volvieron a brotar las lágrimas.

– Tengo que regresar por los perros.

Él no rió.

– Aguarda un momento -dijo-. Pide el café. Tengo que llamar por teléfono.

Él dejó la servilleta, retiró la silla y se alejó. Virginia se enjugó la cara, volvió a sonarse y miró en derredor, temiendo que alguien hubiera reparado en su súbito llanto. Pero los demás clientes estaban absortos en sus respectivas cenas, masticando con fruición su pescado frito o atacando la essselente crema. Afortunadamente, las lágrimas cesaron. La camarera retiró los platos.

– ¿Les ha gustado el filete?

– Sí; estaba muy bueno.

– ¿Tomarán postre?

– No, gracias. Pero, ¿podría traernos café?

Les sirvió el café y Virginia había empezado ya a beber el brebaje, que sabía como a jarabe, cuando Conrad volvió. Le miró interrogativamente y él repuso:

– Todo arreglado.

– ¿Qué es lo que has arreglado?

– He anulado las reservas del hotel y del coche de alquiler. Yo te llevaré a casa.

– ¿Y te irás a Croy?

– No. No me esperan hasta mañana por la mañana. Puedo dormir en el hostal.

– No puedes, porque no hay sitio. Está lleno de cazadores, los que tienen arrendado el páramo de Archie. -Hipó por ultima vez y le sirvió el café-. Puedes dormir en Balnaid. La habitación de invitados está preparada. -Le miró y, al ver la expresión de su cara, añadió-: No habrá ningún problema. -Pero mientras lo decía sabía que lo habría.

Conrad conducía. Había dejado de llover, como si a los cielos se les hubiera acabado el agua, pero soplaba húmedo el viento del Sudoeste y el cielo seguía nublado. La carretera subía, se retorcía y bajaba. El agua que rebosaba de los diques había formado charcos en las hondonadas. Virginia, arrebujada en el chaquetón, recordaba la última vez que había hecho aquel trayecto; fue la noche en que Edmund fue a esperarla al puente aéreo y luego cenaron juntos en Edimburgo. Entonces, el cielo era una maravilla de rosas y grises. Ahora, la oscuridad era lúgubre y amenazadora, apenas mitigada por las luces de las granjas diseminadas por los alrededores de Strathcroy, que parecían tan lejanas e inaccesibles como las estrellas.

Virginia bostezó.

– Tienes sueño -dijo Conrad.

– No es sueño. Es el vino. -Bajó el cristal y sintió en la cara el aire frío, húmedo y con olor a musgo. Los neumáticos del “Subaru” siseaban en el asfalto mojado. El grito prolongado de un zarapito sonó en la oscuridad.

– El saludo en la vuelta al hogar -dijo ella.

– Desde luego, vives lejos de todas partes.

– Ya casi hemos llegado.

La calle del pueblo estaba vacía. Hasta Mr. Ishak había cerrado la tienda y las únicas luces eran las que brillaban detrás de las cortinas cerradas. En noches como aquella, la gente se quedaba en casa a ver la televisión y preparar el té.

– A la izquierda, por ese puente.

Cruzaron el río y entraron en la senda arbolada, la verja abierta y la avenida de la casa. Como era de esperar, todo estaba a oscuras.

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