Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Pandora.

Los problemas de la iglesia quedaron olvidados. Vi se apartó de Virginia, caminando sobre el reluciente parquet con la espalda erguida, los brazos abiertos y el abultado bolso de piel columpiándosele del codo.

– Pandora, tesoro mío. Que alegría. Que delicia volver a verte.

– … Pero, Isobel, no podemos venir todos a cenar. Seremos demasiados.

– No. Si no me equivoco, seremos once. Sólo uno más que ahora.

– ¿Verena no te ha colado a nadie en casa?

– Sólo a un hombre.

– Conocido como el Americano Triste -terció Pandora-, porque Isobel no recuerda su nombre.

– Pobre tipo -dijo Archie desde la cabecera de la mesa-. Ya ha sido encasillado antes de llegar.

– ¿Por qué está triste? -preguntó Edmund, alargando la mano hacia el vaso de cerveza. En Croy nunca se servía vino con el almuerzo. No era por economía, sino por una tradición familiar que se remontaba a los padres y los abuelos de Archie y que Archie mantenía porque le parecía buena idea. El vino ponía a la gente charlatana y soñolienta, y el domingo por la tarde, en su opinión, debía dedicarse a realizar sanas actividades al aire libre y no a dar cabezadas en una butaca con el periódico en la mano.

– Probablemente, ni siquiera estará triste -le dijo Isobel-. A lo mejor, es un individuo sensato y animado. Hace poco que enviudó, se ha tomado un par de meses de vacaciones y vendrá aquí para distraerse.

– ¿Verena lo conoce?

– Ella, no; Katy. Le dio lástima y pidió a Verena que le enviara una invitación.

– Ojalá no sea una de esas personas terriblemente sinceras y solemnes. Ya sabéis, esa gente tan educada que tiene transportes de éxtasis si les enseñas una alcantarilla. Te juran que lo encuentran muy interesante y preguntan la fecha de construcción -dijo Pandora.

– Pandora -rió Archie-, ¿cuántas veces has enseñado una alcantarilla a un americano?

– ¡Oh! Cariño, nunca. Era sólo un ejemplo.

Estaban sentados a la mesa. El rosbif había quedado en su punto, tierno, jugoso y sonrosado, y lo habían consumido entre muestras de aprobación junto con las judías tiernas, los guisantes frescos, las patatas asadas y salsa de rábano picante con el jugo de la carne delicadamente aderezado con vino tinto. Ahora, degustaban la mousse de arándano de Isobel y la tarta.

El día, como una mujer inconstante, había dejado de torcer el gesto y había decidido animar el semblante. Se había levantado una brisa fresca. De vez en cuando, un rayo de sol refulgía sobre la plata y los vasos de cristal tallado.

– Si venimos todos a cenar -dijo Virginia volviendo a llevar la conversación a las cuestiones practicas-, tendrás que dejar que te ayude. Yo haré el entremés, o un postre, o algo.

– Eso me vendría muy bien -reconoció Isobel-. Porque la víspera voy a tener que ir a Corriehill a ayudar a Verena con las flores.

– Pero si es mi cumpleaños. -Vi estaba indignada-. Es el día del picnic.

– Ya lo sé, Vi, lo siento, pero por primera vez en muchos años no voy a poder ir.

– Bueno, espero que no me falle nadie más. Tú no tendrás que ir también a arreglar flores, ¿verdad, Virginia?

– No. A mí sólo me han pedido que preste mis macetas y mis floreros más grandes, pero puedo llevarlos a Corriehill el miércoles.

– ¿Cuándo llega Alexa? -preguntó Lucilla.

– El jueves por la mañana. Ella y Noel harán el viaje de noche. Noel no puede dejar el trabajo antes. Y, naturalmente, traerán el perro de Alexa. O sea que por lo menos ellos estarán en el picnic, Vi.

– Tendré que hacer una lista -dijo Vi-, porque, si no, perderé la cuenta y haré demasiada comida o me quedaré corta. -Se inclinó para mirar a Henry. El niño tenía una expresión sombría. No le gustaba que hablaran del cumpleaños de Vi porque él no iba a estar-. Mandaré a Templehall dos buenos trozos de pastel. Uno para Henry y el otro para Hamish.

– Pero que no rezume. -Hamish recogía con la cuchara los restos de la mousse-. Una vez mamá me mandó un pastel y toda la crema se salió y la gobernanta se puso lívida. Lo tiró todo al cubo de basura de la enfermería.

– Que asco de gobernanta -dijo Pandora, compasiva.

– Es una vaca. Mamá, ¿puedo comer un poco más?

– Sí, pero antes ofrece a los demás.

Hamish se levantó y obedeció, llevando una fuente en cada mano.

– Nosotros tenemos un pequeño problema -dijo Lucilla. Todos la miraron, interesados pero no preocupados-. Jeff no tiene nada que ponerse. Para el baile, quiero decir.

Las miradas se volvieron a Jeff, que apenas había hablado durante todo el almuerzo. Se quedó un poco cohibido y pareció alegrarse de la interrupción de Hamish, que se acercaba a él para ofrecerle una segunda ración de postre.

Se sirvió una cucharada más de lo que quedaba del mousse de arándano.

– Cuando salí de Australia no creí que fueran a invitarme a una fiesta de gala. Además, en la mochila no cabía el esmoquin.

Consideraron el problema.

– Te prestaría el mío -dijo Archie-, pero tengo que ponérmelo

– Papá, Jeff no cabe en tu esmoquin.

– Podría alquilar uno. En Relkirk hay un sitio…

– Son carísimos, papá.

Archie se disculpó con humildad.

– Lo siento. No lo sabía.

Edmund miró al australiano desde el otro lado de la mesa.

– Debes de usar la misma talla que yo. Si quieres, puedo prestarte algo.

Violet se asombró al oírlo. Volvió la cara para mirar a su hijo, que estaba sentado a su lado. Él, ajeno a su mirada, mantenía un perfil serio, sereno e impasible. Intentando analizar la causa de aquel asombro suyo tan poco maternal, descubrió que la verdad era que nunca habría creído a Edmund capaz de una sugerencia tan amable y espontánea.

¿Y por qué? Era su hijo, el hijo de Geordie. Sabía que, en los asuntos importantes, siempre había sido generoso -tanto con su dinero como con su tiempo-, compasivo y considerado. Violet podía recurrir a él, y lo había hecho muchas veces, segura de que él no regatearía esfuerzos para resolver un problema o ayudarla a tomar una decisión.

Pero en las cosas pequeñas… las cosas pequeñas eran distintas, el detalle, la palabra amable, el regalo trivial que sólo cuesta unos peniques y unos minutos pero que trasciende por la atención que revela. Sus ojos cruzaron la mesa y se posaron sobre Virginia y la gruesa pulsera de oro que rodeaba su muñeca. Edmund le había regalado aquella pulsera -y Violet no quería ni imaginar lo que había costado-, para componer sus desavenencias, como si fuera un tubo de pegamento. Pero habría sido mejor no pelearse y ahorrarse semanas de sufrimiento.

Y ahora se brindaba a hacer un favor al tal Jeff, el amigo de Lucilla. No supondría ninguna molestia para él, pero la espontaneidad con que había efectuado el ofrecimiento le recordó a Geordie. Ello hubiera debido colmarla de satisfacción, pero la entristeció porque no recordaba cuando había visto por ultima vez en Edmund algún rasgo heredado de su afable y generoso padre.

Jeff parecía tan desconcertado como ella.

– No. No quiero abusar. Alquilaré algo.

– No supone ninguna molestia. En Balnaid tengo varias cosas. Ven a probártelas, a ver como te sientan.

– ¿No le harán falta?

– Yo llevaré mi kilt, como el hombre de las cajas de galletas.

Lucilla estaba muy agradecida.

– Edmund, eres un santo. Qué peso nos quitas de encima. Ahora sólo falta que yo encuentre algo para mí.

– Isobel y yo vamos a ir de compras a Relkirk -dijo Pandora-. ¿Por qué no vienes con nosotras?

Lucilla, sorprendiéndoles a todos, respondió:

– Encantada. -Pero el asombro duró poco-. En Relkirk hay un mercadillo estupendo y uno de los puestos tiene solo preciosidades de los años treinta. Estoy segura de que encontraré algo.

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