Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Me parece que me voy a la cama. Estoy molida. -Se puso en pie-. Buenas noches, Hamish.

No trató de besarle y el chico no supo si alegrarse o sentirlo.

– ¿Está Archie en el taller? Bajaré a hablar con él un momento. -Dio un beso a Isobel-. Buenas noches, cariño. Es una delicia estar aquí. La cena estaba estupenda. Hasta mañana.

Archie estaba en el sótano, trabajando con ahínco a la luz de una potente bombilla cubierta por una amplia pantalla, que proyectaba un círculo luminoso sobre el banco de trabajo. Pintar la figura de Katy y su perro estaba resultando una operación difícil y delicada. Los cuadros desvaídos de la falda, la textura del jersey, los reflejos del pelo, todo entrañaba dificultades que ponían a prueba su habilidad.

Dejó el pincel de marta, tomó otro y entonces oyó acercarse a Pandora. Los pasos que sonaban en la escalera de piedra que bajaba desde las cocinas eran inconfundibles, lo mismo que el taconeo en las losas del mal iluminado pasillo. Archie se quedó en suspenso, y al levantar la mirada, vio abrirse la puerta y asomar la cabeza de Pandora.

– ¿Molesto?

– No.

– Que oscuro está esto. No he podido encontrar el interruptor la luz. Es como una mazmorra. Desde luego, estás tranquilo. -Arrimó una silla y se sentó a su lado-. ¿Qué haces?

– Pinto.

– Ya lo veo. Es bonita esa figura. ¿De dónde la has sacado?

Él respondió ufano:

– La he hecho yo.

– ¿Tú? Archie, eres fantástico. No sabía que tuvieras esa habilidad.

– Es para el cumpleaños de Katy. Son ella y su perro.

– Que buena idea. Tú nunca fuiste mañoso. Era papá el que nos arreglaba los juguetes y pegaba las cosas de porcelana. ¿Has aprendido en algún sitio?

– Sí. Cuando me hirieron… Cuando me volaron la pierna -rectifico- y me dieron de alta en el hospital, me enviaron a Headley Court. Es un centro de rehabilitación del Ejército para los individuos que tienen alguna incapacidad. Que están más o menos inútiles. Ahí te ponen las prótesis. Piernas, brazos, manos, pies… Te dan todo lo que te falte. Desde luego, dentro de ciertos límites. Y luego te hacen pasar unos meses de infierno hasta que aprendes a desenvolverte.

– No parece muy agradable.

– No estuvo mal. Y siempre hay algún pobre diablo que está peor que tú.

– Por lo menos, estás vivo. No te mataron.

– Muy cierto.

– ¿Es muy horrible tener una piernas de aluminio?

– Mejor que no tener ninguna, que parece ser la alternativa.

– Nunca me has explicado como fue.

– Es mejor que no lo sepas.

– ¿Fue como una pesadilla?

– Toda violencia es siempre una pesadilla.

Terreno vedado. Retrocedió.

– Perdona… Continúa.

– Bien…, cuando… -había perdido el hilo. Se quitó las gafas y se frotó los ojos-. Cuando empecé a andar, me enseñaron a utilizar una sierra de calar de pedal. Terapia ocupacional y buen ejercicio para la pierna. Y así empezó…

No había que temer. El momento de peligro había pasado. Si Archie no quería hablar de Irlanda del Norte, Pandora no quería escuchar.

– ¿Arreglas cosas como hacía papá?

– Sí.

– Es bonita esa figura. ¿Cómo se empieza a hacer cosas así? ¿Por dónde empezaste?

– Empiezas con un bloque de madera.

– ¿Qué clase de madera?

– Para esta usé haya. Haya de Croy, una rama desgajada por el viento hace años. Saqué el bloque con la sierra. Luego, hice dos dibujos de la foto, vista frontal y vista lateral. Después trasladé la elevación frontal al frente del bloque y la lateral, al costado. ¿Me sigues?

– Completamente.

– Luego, lo corté con la sierra de calar.

– ¿Qué es una sierra de calar?

La señaló con la mano.

– Ahí la tienes. Lleva un motor eléctrico y está bien afilada, conque será mejor que no la toques.

– No pensaba tocarla. ¿Y después qué haces?

– Empiezo a tallar. A cortar.

– ¿Con qué?

– Con herramientas de tallar la madera. Un cincel, una navaja…

– Estoy asombrada. ¿Es la primera que haces?

– Ni mucho menos, pero sí la más difícil, por la composición. La chica sentada y el perro. Resultó difícil. Antes sólo había hecho figuras de pie. Casi siempre, soldados con diferentes uniformes. Saco los detalles de un libro que encontré en la biblioteca de papá. El libro me dio la idea. Son un buen regalo de boda, si el novio está en el Ejército.

– ¿Puedes enseñarme alguno?

– Sí. Tengo uno. -Se levantó, fue a un armario y sacó una caja-. Éste no lo regalé porque no acababa de gustarme. Hice otro. Pero te dará una idea.

Pandora cogió la figura del soldado y la giró varias veces. Era la réplica de un oficial de la Black Watch, fiel hasta el último detalle, polainas, kilt y plumero rojo en la boina caqui. Le pareció perfecto y lo contempló con muda admiración por el insospechado talento de Archie, su precisión y su innegable arte.

También, con incredulidad.

– ¿Y dices que las regalas? Archie, tú estás mal de la cabeza. Estas tallas son preciosas. Únicas. Los turistas te las quitarían de las manos. ¿Nunca has pensado en venderlas?

– No. -Pareció sorprendido por la sugerencia.

– ¿Ni se te ha ocurrido?

– No.

Tuvo un acceso de irritación fraternal.

– Eres el colmo. Siempre fuiste un poco corto pero esto es ridículo. Isobel, trabajando como una esclava para las riadas de americanos cuando tú podrías hacer una fortuna fabricando estas cosas.

– Lo dudo. De todos modos, no se trata de fabricar. Requieren mucho tiempo.

– Pues toma a alguien que te ayude. Contrata a un par de personas. Crea una industria.

– Aquí no tengo sitio.

– ¿Y los establos? Están vacíos. ¿O uno de los graneros?

– Habría que reconstruirlos, equiparlos, poner electricidad, ajustarlos a las normas de seguridad, prevención de incendios.

– ¿Y qué?

– Pues que cuesta dinero. Y el dinero es un hermoso artículo que escasea.

– ¿No podrías pedir una subvención?

– Las subvenciones, en este momento, también escasean.

– Al menos, podrías intentarlo. ¡Oh! No seas tan apocado, Archie. Sé un poco emprendedor. Creo que es una idea maravillosa.

– Pandora, tú siempre has estado llena de ideas maravillosas. -Le cogió la figura del soldado y la guardó en la caja-. Pero tienes razón en lo de Isobel. La ayudo cuanto puedo, pero comprendo que tiene que atender demasiadas cosas. Antes de ir a Irlanda del Norte, había pensado buscar algún empleo, representaciones o algo así. No sé quien me hubiera admitido, pero no quería marcharme de Croy y eso parecía lo único que podía hacer… -Su voz, cavilosa, se hundió en el silencio.

– Pero ahora has aprendido un nuevo oficio. Este. Has revelado un talento que estaba oculto. Lo que necesitas es un poco de energía y decisión.

– Y mucho dinero.

– Archie. -Habló casi con irritación-. Con una pierna o con dos, no puedes rehuir tu responsabilidad.

– ¿Lo dices por experiencia?

– Touché -rió Pandora, agitando la cabeza-. Desde luego, soy la menos indicada para predicar. Hablar es fácil. -Bruscamente, abandonó la discusión, bostezó y se desperezó, levantando los brazos y extendiendo las manos-. Estoy cansada. Solo he venido a darte las buenas noches. Me voy a la cama.

– Que tengas felices sueños.

– ¿Y tú?

– Yo quiero terminar esto así podré estar más tiempo contigo.

– Eres un sol. -Se puso de pie, y se inclinó para darle un beso-. Me alegro de haber vuelto a casa.

– Yo también.

Fue hacia la puerta, la abrió, vaciló y volvió sobre sus pasos.

– ¿Archie?

– ¿Qué ocurre?

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