Eran casi las diez e Isobel estaba en la cocina con Pandora, acabando de fregar las cacerolas y las sartenes, los cuchillos de mango de marfil y las fuentes que no cabían en el lavavajillas. Teóricamente, Pandora la ayudaba pero después de secar un par de cuchillos y poner tres sartenes en el armario equivocado, soltó el paño, se preparó una taza de “Nescafé” y se sentó a tomarlo.
Durante la cena, la conversación no había cesado ni un momento. Había mucho que contar y mucho que escuchar. El accidentado viaje de Lucilla y Jeff en autocar desde París hasta el sur de Francia; su bohemia estancia en Ibiza y, finalmente, las delicias de Mallorca y la casa Rosa. Isobel escuchaba encandilada a Lucilla, que describía el jardín.
– Cómo me gustaría verlo.
– Tendrías que venir. Tumbarte al sol a no hacer nada.
Archie rió:
– ¿Isobel, tumbarse al sol sin hacer nada? Tú no sabes lo que dices. Cuando quisieras darte cuenta, la tendrías agachada arrancando hierbajos.
– En mi jardín no hay hierbajos -dijo Pandora.
Y, después, la información local. Pandora escuchaba ávidamente hasta la menor noticia. Lo último acerca de Vi, los Aird, los Gillock. Willy Snoddy. ¿Tenía Archie noticias de Harris y de Mrs. Harris? Escuchó horrorizada las tribulaciones de Edie Findhorn con su prima Lottie.
– ¡Qué pesadilla! No me digáis que esa bruja anda otra vez cerca de nosotros. Menos mal que me habéis advertido. Estaré alerta para cambiar de acera si la veo venir.
Le hablaron de la familia Ishak, exiliados de Malawi, que habían llegado a Strathcroy casi sin un penique.
– … pero tenían amigos en Glasgow a los que les había ido bastante bien. Les ayudaron a quedarse con la tienda de Mrs. McTaggart. No la conocerías. Es todo un supermercado. No creíamos que durasen mucho pero estábamos equivocados. Trabajan como hormigas, siempre tienen abierto y el negocio va viento en popa. Aquí todos los queremos. Son amables y serviciales.
Y así sucesivamente, de todos los vecinos de los Balmerino, ligeramente más opulentos, lo cual significaba cualquiera que viviera en un radio de veinte millas; los Buchanan-Wright, los Ferguson-Crombie, la nueva familia que se había instalado en Ardnamoy, que tenían una hija que se había casado hacía poco y un hijo que nadie lo diría pero era agente de Bolsa y estaba ganando millones en la City.
No había detalle pequeño. El único tema que no se tocó como por acuerdo tácito, fue el de Pandora y lo que había hecho durante los últimos veintiún años.
A ella no le importaba. Había vuelto a Croy y, de momento, esto era lo esencial. Los años de ausencia parecían irreales, borrosos, como una vida ajena y ahora, rodeada de su familia, los olvidó sin pesar.
Pandora bebía su café sentada a la mesa de la cocina y contemplaba a Isobel, que restregaba la cacerola en el fregadero. Isobel llevaba unos guantes de goma rojos y un delantal azul y blanco que protegía su vestido bueno y Pandora, mirándola, pensó que era una mujer excepcional. Trabajaba apaciblemente sin quejarse, mientras el resto de la familia había desaparecido dejándole la tarea de limpiar los restos de la cena.
Porque hubo una desbandada general. Archie se excusó y bajó a su taller. Hamish, con la promesa de una recompensa en metálico, accedió a aprovechar la última luz del día para cortar la hierba del campo de croquet. Pandora quedó impresionada al verle acceder de buen grado. Pero no sabía lo mucho que ella le había impresionado a él. Una tía que viene a casa a pasar unos días no parece un plan muy interesante. Hamish esperaba a una persona tipo Vi, de pelo gris y zapatos de cordones, y recibió la impresión de su vida, cuando le presentaron a Pandora. Fenomenal. Como una estrella de cine. Mientras comía su plato de faisán, fantaseó con la posibilidad de presumir con ella delante de sus compañeros de clase de Templehall. Quizá su padre la llevara a ver algún partido. El prestigio de Hamish entre sus amigos se dispararía hasta las nubes. Se preguntó si le gustaría el rugby.
– Me encanta Hamish, Isobel.
– A mí tampoco me cae mal. Ojalá no se haga enorme.
– Va a ser guapísimo. -Bebió otro sorbo de café-. ¿Te gusta Jeff?
Jeff, comprensiblemente harto de la compañía femenina y de los desacostumbrados refinamientos de las dos últimas semanas se había llevado a Lucilla al “Strathcroy Arms” a tomar una jarra de buena cerveza en un ambiente reconfortantemente masculino.
– Parece buen chico.
– Es muy amable. Y en todo el viaje no ha perdido la paciencia ni una sola vez. Poco hablador, desde luego. Imagino que todos los australianos son fuertes y lacónicos. Aunque no lo sé. No he conocido a otro.
– ¿Crees que Lucilla está enamorada de él?
– Yo diría que no. Sólo son…, que horribles frases…, buenos amigos. Además, ella es muy joven. A los diecinueve años no apetece pensar en relaciones permanentes.
– ¿Quieres decir matrimonio?
– No, querida, no quiero decir matrimonio.
Isobel no hizo ningún comentario y Pandora pensó que quizá había dicho una inconveniencia y buscó un tema más ameno y menos espinoso.
– Isobel, no me habéis dicho nada de Dermot Honeycombe y su amigo Terence. ¿Todavía tienen la tienda de antigüedades?
– ¿No te lo ha escrito Archie? -Isobel se volvió de espaldas al fregadero-. Una pena. Terence murió. Hará unos cinco años.
– No lo puedo creer. ¿Y qué hizo el pobre Dermot? ¿Buscar otro jovencito?
– No; ni hablar. Desconsolado y fiel. Todos pensamos que se iría de Strathcroy pero se quedó. Todavía tiene la tienda y sigue viviendo en su pequeño cottage, ahora solo. De vez en cuando, nos invita a cenar y nos da unas raciones minúsculas de platos exquisitos con salsas exóticas. Archie siempre vuelve a casa hambriento y tengo que darle un plato de sopa o copos de maíz antes de que se acueste.
– Pobre Dermot. Tengo que ir a verle.
– Se alegrará. Siempre pregunta por ti.
– Le compraré alguna chuchería para regalársela a Katy Steynton en su cumpleaños. Tampoco hemos hablado de eso. Me refiero al baile. -Isobel había terminado por fin y se quitó los guantes, los dejó en la tabla de escurrir y se sentó frente a su cuñada-. ¿Seremos muchos en casa?
– No. Solo nosotros. Hamish ya estará en el colegio. De forasteros, sólo habrá un americano triste al que Katy conoció en Londres y lo invitó porque le dio lástima. Verena no tiene sitio y por eso viene aquí.
– ¡Qué bien! Un hombre para mí. ¿Por que está triste?
– Porque hace poco que murió su mujer.
– Vaya, espero que no esté muy alicaído. ¿Dónde dormirá?
– En tu antigua habitación.
Esto explicaba la cuestión.
– ¿Y la noche del baile? ¿Dónde cenaremos?
– Aquí. Podríamos invitar a los Aird y a Vi. Mañana vienen a almorzar; se lo diré a Virginia.
– No lo sabía.
– ¿Qué, que vienen a almorzar? Bueno, ahora ya lo sabes. Por eso Hamish está cortando la hierba del campo de croquet.
– Diversión familiar para la tarde, todo previsto. ¿Qué te pondrás para el baile? ¿Te has comprado algo?
– No. Se me acabó el dinero. Tuve que comprar a Hamish cinco pares de zapatos para el colegio…
– Pero, Isobel, tienes que estrenar un vestido. Saldremos juntas a comprarlo. ¿Adónde vamos? A Relkirk. Pasaremos todo el día…
– Pandora, te he dicho que… No me es posible.
– ¡Oh! Cariño, lo menos que puedo hacer es regalarte alguna cosilla. -Se abrió la puerta del jardín y entró Hamish, que había terminado su tarea antes de que acabara de oscurecer y volvía a tener hambre-. Después hablaremos.
Hamish se preparó el resopón. Un tazón de cereales, un vaso de leche y un puñado de galletas de chocolate. Pandora apuró el café y dejó la taza. Bostezó.
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