Rosamunde Pilcher - Septiembre
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– No hay tiempo. Esto no es España, Pandora. Ni Francia. No podemos perder el tiempo en frivolidades.
– Tesoro, el almuerzo no es una frivolidad.
– Sí que lo es. Y, si tú te pones a charlar con el camarero, no acabaremos nunca.
De modo que pararon en la estación de servicio de la autopista, que resultó tan desagradable como temía Lucilla. Tuvieron que hacer cola con la bandeja para coger los bocadillos y el café y se sentaron en unas sillas de plástico naranja a unas mesas de formica, entre familias irritables con niños pesados, jóvenes punkies con camisetas porno y camioneros musculosos, todos aparentemente encantados de atiborrarse de pescado frito con patatas, pasta de colores siniestros y tazas de té.
Después del almuerzo, Pandora y Lucilla cambiaron de sitio; Pandora se instaló cómodamente atrás y se durmió en el acto. Aún no había despertado, por lo que se perdió el espectacular cruce de la frontera, la desbandada de las nubes y la emoción de sentirse realmente camino de casa.
Cruzaron un pueblo.
– ¿Qué es esto? -preguntó Jeff.
– Kirkthornton.
Las aceras estaban muy concurridas de gente que hacía la compra del sábado por la tarde y en los jardines públicos resplandecían dalias de vivos colores. En los bancos había viejos tomando el sol. Los niños lamían helados. Un puente se arqueaba a gran altura sobre un río espumeante. Un hombre pescaba. La carretera seguía subiendo. Pandora, envuelta en el visón, dormía acurrucada como una niña, con la cabeza apoyada en la chaqueta de Jeff, enrollada a modo de almohada. Un mechón de pelo le cruzaba la cara y sus negras pestañas se destacaban sobre sus pómulos prominentes.
– ¿La despierto?
– Como quieras.
Aquél había sido el programa durante todo aquel largo viaje desde Palma, por España y Francia. Accesos de impetuosa energía actividad, conversación, mucha risa y mucha improvisación.
“Hay que visitar esa catedral. No tenemos que desviarnos más que diez kilómetros.”
“Mirad que río tan fantástico. ¿Por qué no paramos y nos bañamos a pelo? Por aquí no hay nadie.”
“Acabamos de pasar una monada de café. Vamos a dar la vuelta y tomar un trago.”
Y el trago se convertía en un almuerzo largo y sosegado, durante el cual Pandora entablaba conversación con cualquier desconocido. Otra botella de vino. Café y coñac. Y después… a dormir. Podía dormir en cualquier sitio y aunque esto a veces, resultaba violento, por lo menos dejaba de hablar y Lucilla y Jeff llegaron a agradecer esos respiros. Lucilla no estaba segura de haber resistido el viaje de no haber sido por aquellos descansos. Viajar con Pandora era como viajar con un niño revoltoso o con un perro, era divertido y ameno pero también agotador.
El “Mercedes” llegó a lo alto de la cuesta. Desde allí se dominaba un panorama amplio y magnifico. Hayas, campos, granjas dispersas, corderos, el río y, a los lejos, unas montañas tersas y púrpura como ciruelas maduras.
– Si no la despierto ahora, llegará dormida. No faltan más que diez minutos.
– Pues, despiértala.
Lucilla alargó el brazo, puso la mano sobre la suave piel que cubría el hombro de Pandora y la sacudió ligeramente.
– Pandora.
– Humm.
– Pandora. -Otra sacudida-. Despierta. Ya casi hemos llegado. Ya estamos en casa.
– ¿Qué? -Pandora abrió los ojos inexpresivos, desorientados y confusos. Los cerró, bostezó, se agitó y se desperezó-. Que bien he dormido. ¿Dónde estamos?
– Camino de Caple Bridge. Estamos llegando.
– ¿Qué estamos llegando? ¿A Croy?
– Siéntate y mira. Te has perdido lo mejor del viaje, roncando ahí detrás.
– No roncaba. Y no ronco. -Pero al cabo de unos instantes hizo un esfuerzo y se sentó, apartándose el pelo de la cara y ciñéndose las pieles, como si tuviera frío. Volvió a bostezar, miró por la ventanilla. Parpadeó. Su mirada se animó-. ¡Pero… si ya llegamos!
– Ya te lo he dicho.
– Debisteis despertarme hace rato. Y ya no llueve. ¡Si hace sol! ¡Y qué verde! Había olvidado este verde. Que recibimiento. “Caledonia severa y agreste, buena nodriza para un poeta…” ¿Quién lo habrá escrito? Algún viejo tonto. No es severa ni agreste, sino sencillamente hermosa. Que gusto que nos reciba con tan buena cara. -Buscó el bolso, sacó el peine y se lo pasó por el pelo. Un espejo, un poco de rojo de labios. Una generosa rociada de “Poison"-. Quiero oler bien a Archie.
– No olvides la pierna. No esperes que venga corriendo a recibirte y te levante en brazos. Si te levantara, probablemente se caería de espaldas.
– ¡Y qué voy a esperar! -Miró su relojito de brillantes-. Llegamos temprano. Dijimos que a las cinco y no son ni las cuatro.
– Hemos hecho un buen promedio.
– Jeff eres un sol. -Pandora le dio una palmada en el hombro, como si acariciara a un perro-. Un conductor formidable.
Ahora viajaban cuesta abajo. Al pie de la cuesta, tomaron el fuerte viraje del puente Caple, torcieron a la izquierda y se encontraron a la entrada del valle. Pandora se inclinó hacia delante.
– Es asombroso. No ha cambiado nada. En ese cottage vivía un matrimonio llamado Miller. Eran viejísimos. Él había sido pastor. Ya deben de haber muerto. Tenían abejas y vendían miel de brezo. ¡Ay! Hijos, estoy tan nerviosa que me parece que vamos a tener que parar para que haga pis. No; nada de eso, es sólo mi imaginación. -Dio otra palmada en el hombro de Jeff-. Jeff, ya estás otra vez con el número del mudo. ¿Es qué no se te ocurre ni una triste palabra de admiración?
– Claro -sonrió Jeff, de oreja a oreja-. Súper.
– Más que eso, es nuestra tierra. Los Balmerino de Croy. Es algo que te hace vibrar, como un redoble de tambor. Y volvemos a casa. Deberíamos llevar boinas con plumas y tendría que haber una gaita tocando en algún sitio. ¿Por qué no se te ocurrió, Lucilla? ¿Por qué no lo preparaste? Después de veinte años, es lo menos que podías hacer por mí.
– Lo siento -rió Lucilla.
El río volvía a correr paralelo a la carretera. Sus orillas estaban cubiertas de juncos verdes y en los pastos del otro lado pacían rebaños de mansas vacas frisonas. Los campos de rastrojos eran alfombras doradas a la luz del sol. El “Mercedes” tomó un viraje y el pueblo de Strathcroy apareció. Lucilla vio las casas grises, apiñadas, de cuyas chimeneas subía un humo vertical, la torre de la iglesia, los grupos de antiguas hayas y robles. Jeff redujo la marcha a una velocidad prudente y pasaron por delante del monumento a las víctimas de la guerra y la pequeña iglesia episcopaliana, y enfilaron la larga calle mayor.
– El supermercado es nuevo. -Pandora parecía acusadora.
– Sí. Es de unos pakistaníes llamados Ishak. Por aquí, Jeff, a la derecha… por esas verjas…
– ¡Pero si ya no hay parque! Todo son sembrados.
– Pandora, eso ya lo sabías. Papá te lo decía en sus cartas.
– Se me olvidó. Pero resulta raro.
Subían por el camino de atrás. La cuesta pronunciada, el torrente del Pennyburn, que saltaba por debajo del pequeño puente de piedra. La avenida…
– Ya hemos llegado -dijo Lucilla y ladeó el cuerpo para apoyar la palma de la mano en el claxon.
En Croy, la familia de Lucilla había tenido que llenar las largas horas de espera de la tarde. Isobel estaba arriba, dando los últimos toques a las habitaciones, comprobando las toallas y poniendo flores en tocadores y repisas. Hamish había sacado a los perros después del almuerzo y no habían vuelto a verlo. Y Archie, Lord Balmerino, estaba en el comedor poniendo la mesa para la cena.
No había tenido más remedio que hacerlo. No era de los que sabían distraer una espera y a medida que avanzaba el día había ido sintiéndoos más inquieto, impaciente, desazonado. Odiaba la idea de que sus seres queridos estuvieran tragando millas de autopista asesina y no le costaba ningún trabajo imaginar siniestras escenas de choques en cadena, hierros retorcidos y cadáveres. Había pasado mucho tiempo mirando el reloj, acercándose a la ventana al menor zumbido de motor y vagando por la casa, incapaz de estarse quieto ni un momento. Isobel le propuso que segara el campo de croquet, pero se negó porque quería estar seguro de encontrarse en la puerta cuando el coche se detuviera delante de la casa. Se retiró al estudio y se puso a leer The Scotsman pero no pudo concentrarse ni en las noticias, ni en el crucigrama. Soltó el periódico y empezó a deambular otra vez.
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