Sus dedos huesudos eran extrañamente fuertes y apretaban como un torno. Violet sintió pánico y repulsión por un instante. Su primer impulso fue desasirse de aquellos dedos y echar a correr pero, en aquel momento, una muchacha empujando un cochecito con un niño pasó por delante de ellas y el sentido común vino en ayuda de Violet. El pánico y el enojo se disiparon. Al fin y al cabo, no era más que la pobre Lottie Carstairs, tan maltratada por la vida, a la que sus tristes frustraciones sexuales y su imaginación desbordante hacían desvariar. Y si Edie era capaz de vivir con su prima, Violet podría soportarla una sola tarde.
Sonriendo, dijo:
– Eres muy amable preocupándote tanto, Lottie, pero Henry es un niño completamente normal y más sano que una manzana. Y ahora… -Ladeó el cuerpo ligeramente para mirar el reloj y sintió que los dedos de Lottie aflojaban su presión y resbalaban. Violet, sin precipitarse, cogió el bolso-…ya es hora de que busquemos un buen sitio para tomar el té. Empiezo a tener hambre. Me apetece pescado frito con patatas. ¿Y a ti?
Si Isobel se retiraba de vez en cuando al cuarto de costura, fatigada por las exigencias de su ajetreada vida, su marido encontraba su solaz en el taller. Se encontraba en el sótano de Croy, una zona de pasillos enlosados y bodegas débilmente iluminadas. Allí habitaba la vieja caldera, un monstruo lúgubre y maloliente, que parecía lo bastante grande como para accionar un trasatlántico y exigía constantes cuidados y enormes cantidades de carbón. Del sótano se utilizaban un par de habitaciones para almacenar la porcelana y los muebles que no se utilizaban, el carbón y la leña, y una colección de botellas muy menguada. El resto, o sea la mayor parte del sótano, sólo servía para acumular telarañas y albergar durante el invierno a familias de ratones del campo.
El taller estaba contiguo al cuarto de la caldera, lo que hacía que tuviera siempre una temperatura muy agradable. Tenía unas grandes ventanas provistas de rejas y orientadas al Sur y al Oeste por las que entraba luz suficiente para alegrarlo. El padre de Archie había sido muy aficionado a los trabajos manuales y lo había equipado con grandes bancos de trabajo, herramientas, tornos y tenazas. Y allí había trabajado, reparando los juguetes de sus hijos, recomponiendo los inevitables desperfectos de la casa y preparando sus propias moscas para el salmón.
Tras su muerte, el taller estuvo varios años abandonado y acumulando polvo. Pero cuando Archie volvió a Croy tras los ocho meses pasados en el hospital, bajó trabajosamente las escaleras de piedra, recorrió el largo pasillo renqueando y tomó posesión de ello. Lo primero que vio al entrar fue un sillón cuyas patas traseras se habían partido bajo el peso de algún ocupante. El sillón había sido llevado al taller antes de la muerte de Lord Balmerino, que empezó a repararlo pero no pudo terminar el trabajo, y había quedado allí olvidado.
Archie observó el maltrecho mueble durante un rato. Luego, llamó a gritos a Isobel. Ella acudió y le ayudó a quitar el polvo, las telarañas, los excrementos de ratón y los montones de viejo aserrín. Desalojaron a las arañas, eliminaron los botes de cola solidificada, los montones de periódicos amarillentos y las viejas latas de pintura. Isobel limpió los cristales y peleó con las ventanas hasta conseguir abrirlas para que entrase aire puro.
Mientras, Archie, una vez limpias y engrasadas las excelentes herramientas, volvió a colocar ordenadamente en las estanterías escoplos, martillos, sierras y cepillos. Cuando acabó, se sentó y confeccionó una lista de todo lo que necesitaba e Isobel se lo trajo de Relkirk.
Entonces, por fin, pudo poner manos a la obra y terminar la compostura que su padre había empezado.
Ahora, estaba sentado frente al mismo banco. El sol de la tarde penetraba oblicuamente por la mitad superior de la ventana. Archie acababa de dar una capa de imprimación a la talla en la que trabajaba a ratos perdidos desde hacía un mes. Tenía unos veinticinco centímetros de alto y representaba la figura de una muchacha sentada en una roca, con un pequeño terrier apoyado en la rodilla. La muchacha vestía jersey y kilt y su pelo ondeaba al viento. Era la reproducción de Katy Steynton y su perro. Verena había dado a Archie una foto de su hija tomada en el páramo el año anterior y de aquella foto él había hecho los dibujos para la talla. Cuando la capa de imprimación se secara, la pintaría intentando copiar con la mayor fidelidad posible los suaves colores de la fotografía. Y sería el regalo de cumpleaños de Katy.
Listo. Dejó el pincel y echó el cuerpo hacía atrás para desentumecerse mientras contemplaba su obra por encima de la media luna de sus gafas. Nunca hasta entonces se había atrevido con las complicaciones de una figura sentada, y por añadidura femenina, y estaba francamente satisfecho. La muchacha y el perro formaban una composición muy bella. Mañana la pintaría. Estaba deseando darle los últimos toques.
Arriba sonaba el timbre del teléfono. Apenas se oía. Hacía meses que él e Isobel decían que convendría instalar otro timbre en el sótano, para que él pudiera oírlo más fácilmente si alguien llamaba mientras estaba solo en casa. Pero no habían hecho nada, ahora estaba solo en casa y no sabía cuanto tiempo llevaba sonando aquel teléfono, ni si tendría tiempo de subir y cogerlo antes de que el comunicante se cansara y colgara. Pensó en ignorarlo pero el timbre seguía sonando. Quizá fuera importante. Empujó la silla y, despacio, recorrió el pasillo y subió las escaleras para contestar el maldito instrumento. El aparato más próximo era el de la cocina y todavía sonaba con estridencia cuando Archie se acercó al aparador y lo cogió:
– Croy.
– ¡Papá!
– ¡Lucilla! -El corazón le saltó de alegría. Se acercó una silla.
– ¿Dónde estabas? Llevo horas llamando.
– Abajo, en el taller. -Se sentó para dejar descansar la pierna.
– ¡Oh, lo siento! ¿No está mamá?
– No. Ha ido con Hamish a buscar arándano. Lucilla, ¿dónde estás?
– En Londres. Y nunca adivinarías desde dónde te llamo. Ni en mil años.
– Entonces, será mejor que me lo digas.
– Desde el “Ritz”.
– ¿Qué demonios haces tú en el Ritz?
– Pasar la noche. Mañana seguiremos viaje. Llegaremos a casa por la noche.
Archie se quitó las gafas; sintió que por su cara se extendía una sonrisa de dicha.
– ¿Quiénes llegaréis?
– Jeff Howland y yo. Y… atención… Pandora.
– ¿Pandora?
– Ya sabía yo que te llevarías una buena sorpresa…
– ¿Y qué hace Pandora con vosotros?
– Ir a casa. Ella dice que es para el baile de Verena Steynton, pero yo sospecho que en realidad es para ver Croy y veros a todos vosotros.
– ¿Está ahora contigo?
– No. Está durmiendo un poco. Te llamo desde mi habitación. Estoy completamente sola, bueno, con Jeff. Tengo muchas cosas que contaros a ti y a mamá, pero ahora no puedo porque todo es muy complicado…
Archie no estaba dispuesto a admitir excusas.
– ¿Cuándo llegasteis a Londres?
– Esta mañana, antes del almuerzo. Hemos cruzado España y Francia en el coche de Pandora. Lo hemos pasado de fábula. Esta mañana embarcamos en el ferry y llegamos a Londres. Yo quería seguir viaje a casa, pero Pandora dijo que necesitaba recobrar aliento y nos trajo aquí. Insistió. Y no te preocupes por la cuenta porque paga ella. Desde que salimos de Palma lo ha pagado todo, gasolina, hoteles, todo.
– ¿Cómo…? -Le falló la voz. Era ridículo, impropio de un hombre ser tan sentimental. Probó otra vez-: ¿Cómo está?
– Muy bien. Guapísima. Y muy divertida. Papá, no te importa que la traiga a casa, ¿verdad? ¿No será mucho trabajo para mamá? Pandora no es una persona muy hacendosa y no creo que mueva ni un dedo para ayudar, pero está deseando veros. ¿Está bien?
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