Y, luego, septiembre. De pronto, en septiembre, todo cobraba vida, como si un celestial director de escena hubiera terminado la cuenta atrás y hubiera accionado el interruptor. El “Hotel de la Estación” de Relkirk perdía su habitual abulia victoriana y adquiría una gran animación al convertirse en punto de reunión de viejos, amigos. Y en el hostal de Strathcroy, ocupado por la asociación, que pagaba a Archie un dinero muy bien venido por el privilegio de matar faisanes en su páramo, no se hablaba más que de caza.
En Croy, las invitaciones se acumulaban en la repisa de la chimenea de la biblioteca y abarcaban todo tipo de actos sociales. La aportación de Isobel al programa era un buffet almuerzo anual, que precedía al Festival de Strathcroy. Archie era el presidente del festival y encabezaba el desfile inaugural de los vecinos más relevantes del pueblo, que acomodaban consideradamente la marcha al inseguro paso de Archie. En tan importante ceremonia, él lucía la gorra de su regimiento y llevaba la espada desenvainada. Archie tomaba muy en serio sus responsabilidades y, al término de la jornada, hacía entrega de los premios no sólo a la mejor música y danza, sino también al jersey de lana hilada a mano tejido con más habilidad, al bizcocho más ligero y al mejor tarro de mermelada de fresa casera.
Isobel tenía la maquina de coser en el viejo cuarto ropero de Croy, tanto por conveniencia como porque era su rincón favorito. No era una habitación grande pero sí desahogada y, en los días claros, muy soleada, con las ventanas orientadas al Oeste, hacia el campo de croquet y la senda que ascendía hasta el lago. Las cortinas eran de algodón blanco, el suelo de linóleo marrón y las paredes estaban cubiertas de grandes armarios pintados de blanco en los que se guardaban todas las sábanas, toallas, mantas y colchas de repuesto de la casa. La robusta mesa que sostenía la maquina de coser también servía para cortar patrones y la tabla de planchar estaba siempre montada, para su uso inmediato. La habitación olía a ropa limpia y al espliego de las bolsitas que Isobel introducía entre las tersas fundas de almohada, aromas que contribuían a crear aquella grata sensación de placidez.
Por ello, una vez marcada la ropa, Isobel no tuvo prisa por marcharse y se quedó sentada en la silla de madera, con los codos apoyados en la mesa y la barbilla en la palma de la mano. Por la ventana abierta se veían sobre las copas de los árboles las cimas redondeadas de las montañas más próximas. Todo estaba envuelto en una luz dorada. La brisa movía las cortinas y hacía susurrar las hojas de los álamos plateados que crecían al otro lado del prado.
Cayó una hoja, balanceándose como una pequeña cometa.
Eran las tres y media y estaba sola en casa. Dentro había silencio pero a lo lejos, en la granja, sonaban unos martillazos y el ladrido de un perro. Por una vez, Isobel tenía tiempo para sí, nada ni nadie reclamaba su atención con urgencia. Casi no recordaba cuando había sido la ultima vez que se había encontrado en esta situación y su pensamiento retrocedió a la infancia y la adolescencia y al goce lánguido de los días de ocio.
Una tabla del suelo crujió. Una puerta se cerró con un golpe seco. Croy. Una casa vieja con pulso propio. Su hogar. Recordaba el día, hacía más de veinte años, en que Archie la había traído a esta casa por primera vez. Tenía diecinueve años. Se organizó un partido de tenis y después se sirvió un té en el comedor. Isobel, hija de un abogado de Angus, no tenía belleza ni aplomo y se sintió impresionada por las proporciones y la majestad de la casa y también por la clase y el desparpajo de los otros amigos de Archie, que parecían conocerse de toda la vida. Estaba locamente enamorada de Archie, pero no se hacía ilusiones ni comprendía por qué se había molestado él en incluirla en la invitación. Lady Balmerino también parecía perpleja pero se mostró muy amable, la sentó a su lado durante el té y se esforzó por incluirla en la conversación.
Había otra muchacha, rubia y de piernas largas, que parecía creerse dueña de Archie y lo pregonaba así a todos los presentes bromeando con él y lanzándole miraditas por encima de la mesa como si ambos compartieran un millón de secretos. Archie es mío les decía, me pertenece y no será de nadie más.
Pero, al final del día, Archie había decidido casarse con Isobel. Cuando sus padres superaron la primera impresión, se mostraron encantados y recibieron a Isobel en la familia no ya como a la mujer de Archie, sino como a una hija más. Había tenido mucha suerte. Los Balmerino eran educados, divertidos, hospitalarios, sencillos y encantadores, todo el mundo los adoraba e Isobel no fue la excepción.
En la granja se puso en marcha uno de los tractores. Otra hoja cayó planeando. Isobel pensó que aquella podía ser una tarde de las de entonces, como si el tiempo hubiera retrocedido. Una de aquellas tardes en las que los perros buscaban la sombra y los gatos se tumbaban en el alféizar de la ventana con la barriga al sol. Vio a Mrs. Harris, seguida de una de las doncellas, salir de la cocina y dirigirse al huerto, a llenar un bol con las últimas frambuesas o a coger ciruelas, antes de que las avispas se le adelantaran. Todo Croy como era antes. Nadie se había ido. Nadie había muerto. Todavía vivían los dos encantadores viejos; la madre de Archie estaba en la rosaleda cortando las flores secas y charlando con uno de los jardineros, que pasaba el rastrillo por la grava polvorienta; y el padre, dando una cabezada en la biblioteca, con el pañuelo de seda cubriéndole la cara. Isobel no tenía más que salir en su busca. Se imaginaba a sí misma bajando la escalera, cruzando el vestíbulo y quedándose en el umbral de la puerta abierta. Veía a Lady Balmerino acudir hacia ella con su sombrero de paja y el cesto lleno de rosas mustias. Pero cuando viera a Isobel frunciría la frente, desconcertada, porque una Isobel de cuarenta años se antojaría tan irreal como un fantasma…
– ¡Isobel!
La voz se elevó, introduciéndose en su ensueño. Isobel comprendió que ya había sonado antes más de una vez, pero que apenas la había oído. ¿Quién la buscaba ahora? De mala gana, volvió a la realidad, empujó la silla y se puso de pie. Quizá era mucho pedir que la dejaran en paz más de cinco minutos. Salió de la habitación, recorrió el pasillo pasando por delante del cuarto de los niños y se asomó a la barandilla de la escalera. Abajo, aplastada por la perspectiva, vio la figura de Verena Steynton, que había entrado por la puerta principal y estaba en medio del vestíbulo.
– ¡Isobel!
– Estoy aquí.
Verena alzó la cabeza.
– Empezaba a pensar que no había nadie en casa.
– Sólo estoy yo -Isobel empezó a bajar la escalera-. Archie se ha llevado a Hamish y a los perros al partido de cricket.
– ¿Estás muy ocupada?
Verena no tenía aspecto de haber estado ocupada. Como siempre, estaba impecable y seguramente acababa de salir de la peluquería.
– He marcado la ropa que Hamish tiene que llevarse a la escuela. -Instintivamente, Isobel se atusó el pelo, como si el ademán pudiera arreglar su revuelta mata de rizos-. Ya he terminado.
– ¿Tienes un momento?
– Desde luego.
– Tengo muchas cosas que decirte y dos favores que pedir. Quería telefonearte pero he estado en Relkirk todo el día y, ahora, al ir hacia casa, me pareció más práctico y más agradable entrar a verte.
– ¿Quieres una taza de té?
– Después. No corre prisa.
– Vamos a sentarnos. -Isobel llevó a su visita al salón, no para darse importancia, sino, simplemente, porque allí entraba el sol y la biblioteca y la cocina estaban sombrías a aquella hora del día. Por las ventanas abiertas entraba el aire fresco, un ramo de guisantes de olor que Isobel había cortado aquella misma mañana y que había colocado en una antigua sopera perfumaba el ambiente con su fragancia.
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