Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– No lo sé.

– Yo tampoco lo sé. Pero estoy segura de que, con la sangre de las Highlands que nos corre por las venas, deberíamos creer en ellos.

Volvió a su tumbona y se sentó en el reposapiés, acercando la cara a Lucilla. Y entonces Lucilla pudo ver la huella de los años estampada en aquellas hermosas facciones: las finas arrugas de los ojos y la boca, el cutis macerado, el acusado ángulo de la mandíbula.

– Vamos, pues, a hacer planes. ¿Queréis hacer planes conmigo? ¿Os molestaría que os pidiera este favor?

Lucilla miró a Jeff, que movió la cabeza.

– No nos molestaría -respondió ella.

– Entonces, escuchad lo que vamos a hacer. Nos quedaremos aquí una semana, los tres solos, y vosotros disfrutareis como nunca. Y después cogeremos mi coche y subiremos al trasbordador. Luego, viajaremos por España y Francia tranquilamente, sin prisas, saboreando el viaje. En Calais embarcaremos para Inglaterra. Y seguiremos rumbo al Norte, a Escocia, a casa. A Croy. Anda, Lucilla, di que te parece una idea fantástica.

– Desde luego, totalmente inesperada -fue todo lo que Lucilla pudo decir, pero si Pandora advirtió su falta de entusiasmo no lo dejó traslucir.

Arrastrada por su propia emoción, se dirigió a Jeff:

– ¿Y tú? ¿Qué te parece a ti? ¿O piensas que he perdido el juicio?

– No.

– ¿No te importaría acompañarnos a Escocia?

– Si eso es lo que tú y Lucilla queréis, encantado.

– ¡Está decidido! -exclamó Pandora, triunfalmente-. Nos alojaremos todos en Croy, con Isobel y Archie, y luego acudiremos a la fabulosa fiesta de los Steynton.

– Pero Jeff no tiene invitación -apuntó Lucilla.

– ¡Oh! Eso no importa.

– Tampoco tiene que ponerse.

Pandora se echó a reír.

– Tesoro, estás defraudándome. Creí que eras una artista sublime y, por lo visto, lo único que te preocupa es la ropa. La ropa no importa, ¿no te das cuenta? Nada importa. Lo que importa es que volvemos a casa juntas. Lo que vamos a divertirnos. ¡Y, ahora, a celebrarlo! -Se levantó bruscamente-. Es el momento de abrir la segunda botella de champaña.

SEPTIEMBRE

1

Isobel Balmerino, sentada a la maquina de coser, marcó el último pañuelo con el nombre de HAMISH BLAIR y lo puso encima del montón de ropa que había en la mesa, a su lado. Listos. Sólo quedaban las prendas que había que marcar a mano: medias de rugby, un abrigo y un pullóver gris con cuello de polo, pero esto se podía ir haciendo poco a poco, por la noche, junto al fuego.

No había tenido tanta ropa que marcar desde que Hamish había ido a Templehall por primera vez, hacía cuatro años, pero el chico había dado un estirón tan grande durante el verano que tuvo que llevárselo a Relkirk, lista en mano, y renovarle todo el equipo. La expedición, como había supuesto, resultó mortificante y gravosa. Mortificante porque Hamish no quería pensar en la vuelta a la escuela, no podía sufrir que lo llevaran de tiendas, odiaba la ropa nueva y le producía un gran desconsuelo perder un día de vacaciones. Y gravosa porque el uniforme sólo podía adquirirse en la tienda más cara de la ciudad. Por si eran poco el abrigo, el jersey de cuello polo y las medias de rugby, hubo que comprar cinco pares de enormes zapatos por un importe que casi excedía de lo que Isobel y su cuenta bancaria podían permitirse.

Con intención de animar a Hamish, le compró un helado que él devoró muy compungido y madre e hijo regresaron a Croy en un mutismo hostil. Una vez en casa, Hamish volvió a salir inmediatamente, con la caña de pescar truchas y cara de mártir. Isobel tuvo que subir sola todos los paquetes y cajas, que depositó en el fondo del armario de su hijo cerrando la puerta enérgicamente. Luego, se dirigió a la cocina a poner el agua para el té y empezar a preparar la cena.

La desagradable experiencia de gastar grandes sumas de un dinero destinado a otros fines la deprimió y la patente ingratitud de Hamish no contribuyó precisamente a endulzar las cosas. Mientras pelaba patatas, Isobel se despidió tristemente de sus sueños de comprarse un vestido para el baile de los Steynton. El viejo de tafetán azul marino tendría que servir. Sintiéndose maltratada por la vida, empezó a pensar en animarlo con un detalle blanco en el escote.

Pero de todo aquello hacía dos semanas y ahora ya era septiembre. Eso mejoraba mucho las cosas por varias razones. La más importante era que, hasta mayo, ya no habría más huéspedes. “Visitas a las Tierras de Escocia” había cerrado para todo el invierno y ya había sido despedido el último contingente de americanos, con sus maletas, souvenirs y boinas a cuadros. El cansancio y el malestar que habían afligido a Isobel durante todo el verano se esfumaron instantáneamente ante la sensación de libertad de saber que ella y Archie tenían Croy para ellos solos nuevamente.

Pero eso no era todo. Isobel, nacida y criada en Escocia sentía todos los años aquella euforia cuando caía del calendario la hoja de agosto y se podía dejar de simular que era verano. Había, sí, algún año en que el verano era como los de antaño, cuando la hierba se secaba por falta de lluvia y había que pasar los dorados atardeceres regando las rosas, los guisantes de olor y las lechugas del huerto. Pero los meses de junio, julio y agosto no eran, frecuentemente, sino una larga y húmeda prueba de resistencia a la frustración y el desencanto. Los cielos grises, los vientos fríos y la lluvia persistente podían enfriar el entusiasmo de un santo. Los peores eran esos días oscuros y lluviosos en los que una, desesperada, se retiraba al interior de la casa y encendía el fuego; y entonces el cielo se despejaba instantáneamente y el sol de media tarde hacía resplandecer el empapado jardín incitadoramente cuando ya no había tiempo para nada.

Aquel verano, en concreto, había sido muy decepcionante y, ahora, al recordarlo, Isobel comprendió que aquellas semanas grises y sin sol habían contribuido a su tristeza y su cansancio. Las primeras heladas le habían hecho verdadera ilusión y, por fin, había podido guardar las faldas y blusas de algodón y sacar con agrado sus viejas prendas de cheviot y los pullóvers Shetland.

Pero septiembre era especial en Relkirkshire, incluso después de un verano espléndido. Habían empezado a caer algunas ligeras heladas, que habían limpiado el aire y otorgado tonalidades más vivas a los campos. El intenso azul del cielo se reflejaba en el lago y en el río y, levantadas ya las cosechas, los rastrojos doraban los campos. En las cunetas florecían las campanillas y el brezo de olor, con sus flores, tenía de púrpura las montañas.

Y, lo más importante, septiembre era el mes de la diversión. Aportaba un apretado programa de actos sociales, antes de que llegara el largo y oscuro invierno en que el frío y la nieve aislaban los pueblos. Septiembre quería decir gente. Amigos. Porque entonces, en Relkirkshire, la animación estaba en su apogeo.

A últimos de julio, terminaba la anual invasión de forasteros que venían de vacaciones; se levantaban las tiendas, se remolcaban las caravanas y los turistas volvían a casa. Agosto traía la vanguardia de una segunda inmigración procedente del Sur, los que acudían cada año a Escocia a hacer deporte y asistir a fiestas. Las cabañas de caza, que habían estado abandonadas durante la mayor parte del año, volvían a abrirse y sus dueños, conduciendo por la autopista sus “Range Rovers” cargados hasta los topes de cañas, escopetas, niños, adolescentes, amigos, parientes y perros, volvían a abrirlas muy contentos.

Y las casas se llenaban, no ya de americanos u otros huéspedes de pago, sino de las jóvenes generaciones oriundas del lugar y obligadas a trabajar en Londres, que reservaban vacaciones anuales para volver a casa en esta época. Todas las habitaciones estaban ocupadas, los áticos convertidos en improvisados dormitorios para nietos, y las escasas instalaciones sanitarias tenían que funcionar a pleno rendimiento. Todos los días, se sacaban grandes cantidades de comida a mesas alargadas con los suplementos.

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