Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Eso es mentira.

– Bueno, ¿que quieres que diga? -rió él.

– Ya sabes lo que quiero que digas.

Él atrajo su cara hacia la suya y la besó fuertemente.

– ¿Suficiente?

– Me parece que vas a tener que afeitarte esa barba.

– ¿Y por qué?

– Porque se me va a poner una cara como si la hubiera frotado con papel de esmeril.

– También podría dejar de besarte. O besarte donde no se vea.

Guardaron silencio. El sol estaba muy bajo y pronto, bruscamente, oscurecería. Lucilla recordó los crepúsculos de verano en Escocia, que duraban casi hasta medianoche.

– ¿Crees que son amantes? -preguntó-. ¿Te parece que tienen un idilio?

– ¿Quién?

– Pandora y Carlos Macaya.

– Ni idea.

– Él es guapísimo.

– Sí. No tiene mala pinta.

– Y muy simpático. Es fácil hablar con él.

– A mí me gustó el coche.

– Tú siempre pensando en lo mismo. ¿A qué crees tú que se refería cuando dijo aquello?

– ¿El qué?

– “Avísame si cambias de parecer”. Y ella contestó: “No cambiaré de parecer.” Tiene que haberle pedido algo. Que hiciera algo por él.

– Bueno, lo que fuera no parecía importarle mucho a ella.

Pero Lucilla no estaba satisfecha.

– Estoy segura de que era algo muy importante. Un hito en sus vidas.

– Ya empiezas con tus fantasías. A lo mejor quería quedar para jugar al tenis.

– Sí. -Sin saber por que, Lucilla intuía que no se trataba de eso. Lanzó un suspiro que acabó en bostezo-. Quizá.

A las ocho y media, estaban preparados para reunirse con Pandora y Lucilla se dijo que no estaban tan mal al fin y al cabo. Se habían duchado restregándose bien y ahora olían al dulzón champú de obsequio. Jeff se había recortado la barba con unas tijeras de las uñas y Lucilla le había planchado su única camisa limpia y había rescatado del montón de ropa del lavadero los tejanos más pasables.

Ella se había lavado su largo cabello oscuro y se lo había secado con el cepillo, se había puesto unos leggings negros y estaba abrochándose la blusa prestada. La gruesa seda tenía un tacto deliciosamente fresco y el bordado de lentejuelas, entornando los ojos en el espejo, no parecía tan basto, quizá fuera efecto del entorno. Quizá aquel ambiente de gran lujo ayudara a absorber los tintes de vulgaridad. Era una idea interesante que le habría gustado discutir detenidamente, pero ahora no había tiempo.

– Vamos -dijo Jeff-. Ya es la hora. Necesito beber algo.

Se dirigió hacia la puerta y ella le siguió, no sin cerciorarse de que las luces de la casa de invitados quedaban apagadas. Estaba segura de que a Pandora no le importaría en absoluto que las dejaran todas encendidas, pero Lucilla, educada por una ahorrativa madre escocesa, tenía bien inculcadas estas pequeñas economías domésticas como si su subconsciente estuviera programado como un ordenador. Esto le parecía extraño, porque otras normas posteriores habían hecho tan poca mella en su personalidad como el agua en la espalda de un pato. Otro pensamiento interesante sobre el que habría que volver en el futuro.

Salieron a una noche azul, estrellada, suave y cálida como el terciopelo. El jardín despedía una fragancia que mareaba, la piscina estaba iluminada y en el borde de todo el sendero de losas brillaban luces. Lucilla oía el canto incesante de las cigarras y la música que llegaba de la casa de Pandora.

Rachmaninoff. El Concierto para Piano Número Dos. Banal, quizá, pero perfecto para la noche mediterránea. Pandora había preparado la escena y los esperaba en la terraza, tumbada en una otomana con una copa de champaña a su lado, sobre la mesa.

– ¡Ah, ya estáis aquí! -les gritó cuando se acercaron-. Ya he descorchado el champaña. No podía esperar más.

Los jóvenes subieron las escaleras y se aproximaron a la zona brillantemente iluminada que envolvía a su anfitriona. Se había puesto un vestido negro calado y unas sandalias doradas. El olor a "Poison” era aún más penetrante que los aromas del jardín.

– ¿No estáis elegantes? No veo por que os preocupaba vuestro aspecto. Y, Lucilla, esa blusa te sienta de maravilla, tienes que quedarte con ella. Ahora sentaos. ¡Oh! Caray, he olvidado las copas. Lucilla, guapa, ¿querrías traerlas? El mueble bar está justo detrás de la puerta, ahí encontrarás de todo. Tengo otra botella de champaña en la nevera, pero la dejaremos para cuando hayamos acabado esta. Tú, Jeff, siéntate aquí, a mi lado. Quiero que me cuentes todo lo que habéis hecho tú y Lucilla…

Lucilla, obediente, los dejó solos y entró en la casa por una puerta amplia flanqueada por cortinas, en busca de las copas. El bar estaba justo al lado y era un simple armario con todo lo que un ser humano podría necesitar para prepararse un trago. Cogió dos copas pero no volvió inmediatamente a la terraza. Era la primera vez que pisaba la casa de Pandora y se halló en una habitación tan espaciosa y espectacular que momentáneamente olvidó a que había venido. Todo era fresco y claro, con alguna que otra nota de color. Almohadones de colores celeste y turquesa y lirios coral apretados en un jarrón cuadrado. Unas vitrinas empotradas, sabiamente iluminadas, contenían una colección de figuras de Sajonia y esmaltes de Battersea. Una mesita de centro de cristal sostenía libros, revistas, más flores y una pitillera de plata. Había una chimenea de cerámica azul y blanca sobre la que colgaba un cuadro de flores con marco de espejo. En el extremo opuesto de la habitación, la mesa -también de cristal- estaba puesta para la cena, con velas y más flores. A los ojos admirados de Lucilla, aquello, más que una habitación, parecía un escenario. No obstante, observó algunos detalles personales. Un libro de bolsillo en un sofá; un tapiz a medio hacer, para los ratos perdidos. Y fotos. Archie e Isobel el día de su boda. Los abuelos de Lucilla, tan queridos, vestidos de cheviot y con los perros al lado.

A Lucilla le resultaron muy conmovedoras todas estas señales de nostalgia. No sabía por que no había esperado encontrarlas, quizá porque no creía a Pandora capaz de tal sentimiento. Ahora imaginaba a Pandora llevándolas siempre consigo, en su turbulenta vida de nómada, con sus sonadas aventuras amorosas. La veía sacarlas de la maleta en casas de California, en habitaciones de hotel, en apartamentos de Nueva York y de Paris. Y, ahora, en Mallorca. Poniendo el sello de su pasado y de su identidad en otro hogar temporal.

(No había a la vista fotografías de los hombres que poseían los apartamentos y que habían ocupado parte tan importante de la vida de Pandora, pero quizá guardaba estas en el dormitorio.)

Una brisa cálida entraba por las ventanas, mientras Rachmaninoff brotaba de un estéreo invisible, oculto tras una celosía dorada. El solo de piano desgranaba sus notas, puras como gotas de lluvia. De la terraza llegaba el murmullo de una apacible conversación. Pandora y Jeff parecían tranquilos y relajados.

Sobre la repisa había más fotos y Lucilla se acercó para verlas mejor. La vieja Lady Balmerino, sonriente y tocada con una boina con plumas, inaugurando unos festejos del pueblo. Una instantánea de Archie y Edmund Aird, muy jóvenes, sentados en la barca en la orilla del lago con las canas y las cestas amontonadas en el banco. Finalmente, una fotografía de estudio de la propia Lucilla y de Hamish, ella con un vestido de lino con bordados de nido de abeja, sosteniendo en las rodillas al gordinflón de su hermanito. Archie debió de enviársela a Pandora en una carta y ella le había puesto un marco de plata y la había colocado en el lugar de honor. Prendida en el marco, vio una invitación cuyo formato le resultó instantáneamente familiar.

Pandora Blair

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