– Bueno. manos a la obra. ¿Dónde está el equipaje? ¿Eso es todo? ¿Ni maletas, ni baúles, ni sombrereras? Yo llevo más cosas para una sola noche. Andando…
Volvió a subir las escaleras, a buen ritmo, y ellos volvieron a seguirla, Lucilla con su bolsa de piel y Jeff con las dos mochilas.
– Os he puesto en la casa de los invitados. Allí estaréis a vuestras anchas y completamente independientes. Yo por las mañanas no estoy muy despejada, por lo que tendréis que haceros vosotros el desayuno. La nevera está repleta de cosas apetitosas y en el armario hay café y demás. -Estaban otra vez en la terraza-. ¿Creéis que estaréis bien?
– Desde luego.
– Cenaremos a eso de las nueve. Una cena fría, porque yo no guiso ni aunque me maten y Serafina, la criada, se va a última hora de la tarde. Pero nos lo dejará todo preparado. Venid a las ocho y media y tomaremos una copa. Ahora voy a echar un sueñecito y os dejo en libertad para que os instaléis. Luego, antes de cambiarme para la cena, quizá venga a nadar un rato.
La posibilidad de que Pandora se vistiera con algo todavía más fastuoso que aquel pijama de seda rosa planteó la irritante cuestión de la indumentaria.
– Pandora, nosotros no tenemos nada para cambiarnos. Casi todo está sucio. Jeff tiene una camisa limpia pero sin planchar.
– ¡Oh!, cariño, ¿quieres que te preste algo?
– ¿No tendrías una camiseta limpia?
– Naturalmente, que estúpida soy, debí ofrecértela. Esperad un momento.
Aguardaron. Ella desapareció tras unas puertas correderas en lo que sin duda era su dormitorio y casi inmediatamente volvió con una blusa de seda azul noche con un castillo de fuegos artificiales bordado en lentejuelas.
– Toma, es bastante ordinaria pero muy divertida. -La lanzó a Lucilla, que la cogió al vuelo-. Y ahora, adiós, al nido. Si queréis algo, pedídselo a Serafina por el teléfono interior. -Les tiró un beso-. Hasta las ocho y media.
Y desapareció, dejando a Lucilla y a Jeff en completa libertad. Lucilla vacilaba, saboreando anticipadamente lo que se avecinaba.
– Jeff, no me lo creo. Tenemos una casa para los dos solos.
– ¿Y qué estamos esperando? Si no me lanzo a esa piscina dentro de dos minutos, exploto.
Lucilla se adelantó, caminando por la escalera de la terraza y el jardín. La casita los esperaba. Cruzaron la terraza y abrieron la puerta de una sala de estar. Las cortinas estaban echadas y Lucilla las corrió. La luz inundó la habitación y la muchacha descubrió, al otro lado de la casa, una recoleta parcela de jardín.
– ¡Si hasta tenemos nuestro propio solárium!
Había una chimenea con sus correspondientes troncos, varias butacas, una bandeja con bebidas y vasos, una mesita de centro provista de revistas y una librería que ocupaba una de las paredes. Abrieron las puertas dobles y encontraron un dormitorio de matrimonio y un espacioso baño.
– Esta habitación es formidable. Desde luego, es la mayor que he tenido. -Jeff dejó las mochilas en el suelo embaldosado y Lucilla descorrió las cortinas.
– Desde aquí se ve el mar. Sólo un trocito, un triángulo, pero podemos decir que tiene vistas al mar.
Abrió los armarios y vio unas hileras de perchas acolchadas. Todo olía a lavanda. Puso en una de las perchas la blusa prestada, que quedó colgando en un solitario esplendor.
Jeff se descalzó empujando las zapatillas con los dedos de los pies mientras se despojaba de la camiseta.
– Tú puedes jugar a las amas de casa cuanto quieras. Yo voy a bañarme. ¿Vienes?
– Ahora mismo.
Él salió. Un instante después, le oyó zambullirse a la carrera e imaginó la sedosa delicia del agua fresca. Pero, luego. Ahora quería explorar.
Tras detallada inspección, la casa de invitados de Pandora resultó perfecta y Lucilla se admiró de la meticulosa previsión y esmero con que había sido equipada. Alguien…, ¿Y quién si no Pandora…?, había pensado en todo lo que el visitante pudiera necesitar, desde flores frescas y estupendos libros recién editados hasta mantas para las noches frías y bolsas de agua caliente para los estómagos revueltos. El baño disponía de todos los jabones, colonias, champús, cremas, lociones y aceites que pudieran desear. Había gruesas toallas y alfombras de baño blancas y, colgados detrás de la puerta, dos esponjosos albornoces también blancos.
Abandonando todos estos lujos, Lucilla cruzó la sala de estar y fue en busca de la cocina. Refulgía de limpia y estaba completamente cubierta por armarios de madera oscura llenos de cacharros de barro de la alfarería española, relucientes sartenes, cazuelas y una batería de cocina completa. Si se quería y Lucilla no quería, se podía preparar una cena para diez personas. Había cocina eléctrica y cocina de gas, lavavajillas y nevera. Abrió la nevera y encontró dos botellas de agua “Perrier” y una de champaña junto a los ingredientes necesarios para un abundante desayuno. En la cocina había otra puerta. La abrió y encontró… el colmo de la dicha: un lavadero completo, con su lavadora, su tendedero, su tabla de planchar y su plancha. La visión de estos modestos objetos le produjo mayor alegría que la suma de todos los demás. Porque ahora, por fin, podrían ponerse ropa limpia.
Sin perder más tiempo, empezó a trabajar. Volvió al dormitorio, se quitó la ropa, se puso uno de los albornoces y empezó a deshacer el equipaje. La labor consistió en vaciar las mochilas en el suelo del dormitorio. En el fondo de la suya estaba su neceser, el cepillo y el peine, el bloc de dibujo, un par de libros y el sobre en el que su padre le había enviado el cheque, la carta y la invitación a un baile de Verena Steynton. Sacó la invitación y la puso encima del tocador. Estaba un poco sobada pero le pareció que imprimía una nota personal a la habitación, como si Lucilla hubiera tomado posesión de ella.
Lucilla Blair
Mrs. Angus Steynton
Recepción
Para Katy
¿Por qué le parecía tan grotesco? Se rió. Otra vida y otro mundo. Recogió una brazada de calcetines, shorts, tejanos, bragas y camisetas y se dirigió al lavadero. Sin entretenerse en separar las prendas (a su madre le daría un ataque si viera calcetines rojos y camisas blancas revueltos; pero su madre no estaba allí para protestar, por lo que no importaba). Lucilla lo embutió todo en la lavadora, echó el detergente, cerró la puerta y conectó la maquina. El agua entró a presión y el tambor empezó a girar. Lucilla se apartó y contempló el proceso con tanto placer como si se tratara de un esperado programa de televisión.
Luego, apartó con el pie el resto de la ropa sucia, fue a buscar su bikini y se reunió con Jeff en la piscina.
Nadó mucho. Al cabo de un rato, Jeff salió del agua y se tumbó al sol a secarse. Dos largos más y vio que ya no estaba, había entrado en la casa. Salió del agua y escurrió su oscura melena. Entró en la casa y lo encontró tendido en una de las camas. Parecía a punto de quedarse dormido. Ella no quería que durmiera. Le llamó, tomó carrerilla y se lanzó sobre él.
– Jeff.
– ¿Sí?
– Ya te dije que era muy guapa.
– ¿Quién?
– Pandora, ¿quién va a ser? -Jeff no respondió inmediatamente. Tenía mucho sueño y pocas ganas de conversación. Su brazo servía de almohada a la cabeza de Lucilla. La piel le olía a cloro y a piscina-. ¿A ti no te parece guapa?
– La encuentro muy sexy.
– ¿Te parece sexy?
– Pero muy vieja para mí.
– No parece vieja.
– Y un poco flaca.
– ¿No te gustan las flacas?
– No; a mí me gustan las mujeres con mucha teta y mucho culo.
Lucilla, que había heredado la figura de su padre y era alta, delgada y bastante lisa, golpeó a Jeff con el puño.
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