Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– ¿Y crees que seguirá siéndolo?

– No veo por que no. Al fin y al cabo, debe de andar por los cuarenta, o sea que todavía no ha empezado la decadencia. Hay un retrato suyo en el comedor de Croy. La pintaron a los catorce años y ya entonces era una belleza. Y también hay fotos por todas partes, en marcos y en los álbumes que llenaba el abuelo. A mí me gustaban las tardes de lluvia porque podía dedicarme a mirar fotos. Y cuando la gente habla de ella, aunque la critiquen por haber dado aquel disgusto a sus padres, luego siempre recuerdan alguna anécdota graciosa de Pandora y hay que acabar riendo.

– ¿Le diste una sorpresa cuando la llamaste por teléfono?

– Naturalmente. Pero fue una sorpresa de alegría, no de horror. Eso siempre se nota. Al principio, no podía creer que fuera yo. Pero, luego, dijo: “Claro que podéis venir. Y cuanto antes mejor. Y quedaos todo el tiempo que queráis.” Y me dio las señas y colgó. -Lucilla sonrió-. Conque ya ves, tenemos por lo menos una semana asegurada.

Habían alquilado un coche, un pequeño “Seat”, el más barato que encontraron, y en el viajaban por la isla, entre tierras llanas, intensamente cultivadas y salpicadas de perezosos molinos de viento. Era por la tarde y, delante de ellos, la carretera tremolaba al sol. A la izquierda, a lo lejos, envuelta en la bruma, se veía una cordillera de aspecto infranqueable. Al otro lado, invisible, estaba el mar. Llevaban todas las ventanillas abiertas pero el viento era caliente y seco y estaba cargado de polvo. Jeff conducía y Lucilla, a su lado, sostenía el papel en el que había escrito las indicaciones que Pandora le había dado por teléfono.

Había telefoneado a Pandora desde Palma aquella misma mañana, nada más bajar del barco de Ibiza. Habían pasado una semana en Ibiza, en casa de Hans Bergdorf, un amigo de Jeff. Hans era pintor y su casa sí que les había costado encontrarla, pues se hallaba en lo más alto de la ciudad vieja, dentro de las murallas. Era muy pintoresca, con sus gruesas paredes encaladas, pero también muy primitiva. Desde el balcón de piedra se divisaba la ciudad vieja, la ciudad nueva, el puerto y el mar, pero las delicias panorámicas apenas compensaban la necesidad de cocinar en un fogón de gas miniatura ni el disponer sólo de agua fría y un único grifo. En consecuencia, tanto Jeff como Lucilla estaban bastante sucios por no decir apestosos, y las abultadas mochilas que viajaban en el asiento posterior del coche no contenían más que ropa sudada y pringosa. Lucilla, que no era chica que se preocupara por su aspecto, había empezado a soñar con lavarse el pelo y Jeff, desesperado, se había dejado la barba. Era rubia como su pelo, pero rala y desigual y le confería más aspecto de vagabundo que de vikingo. Realmente, los dos tenían facha de indeseables y había sido un milagro que el hombre de la agencia hubiera querido alquilarles el "Seat". Lucilla había observado en él cierta desconfianza, pero Jeff había sacado un fajo de pesetas y, dinero en mano, el hombre no había podido negarse.

– Ojalá Pandora tenga lavadora -dijo ella.

– Yo prefiero que tenga piscina.

– Pero en la piscina no puedes lavar la ropa.

– ¿Qué te apuestas?

Lucilla miraba por la ventanilla del coche. Las montañas están más cerca y la vegetación era más abundante. Había pinos y, ahora entraba en el coche un olor a resina junto con el polvo. Llegaron a un cruce con una carretera principal. Pararon, esperando un claro en el tráfico. En el indicador se leía “Puerto del Fuego”.

– Vamos por buen camino. ¿Y ahora?

– Tenemos que ir hacia Puerto del Fuego pero, un par de kilómetros antes de llegar, hay que torcer hacia la izquierda por una carretera estrecha con el indicador de “Cala Sa Torre”. -El tráfico amainó y Jeff aprovechó para virar prudentemente-. O sea que si llegamos al puerto es que nos hemos pasado.

– Evidente.

Ya olía a mar. Aparecieron casas, un bloque de apartamentos, un taller de reparación de automóviles. Pasaron ante un picadero, en cuyos pastos arenosos buscaban hierba unos caballos tristes y huesudos.

– Pobres criaturas -dijo la compasiva Lucilla-, pero Jeff no tenía ojos más que para la carretera.

– Ahí dice “Cala Sa Torre.

– Pues es por ahí.

Dejaron la carretera de cuatro carriles cocida por el sol y, de pronto, se encontraron rodeados de una vegetación verde y jugosa, en un paraje totalmente distinto a las tierras bajas y llanas por las que habían viajado hasta entonces. Grandes pinos mediterráneos daban sombra a la carretera, salpicada de manchas de sol, y de unas abigarradas granjas procedían ufanos cacareos y lastimeros balidos.

– De repente, se ha vuelto bonito -observó Lucilla-. ¡Oh, mira qué monada de burro!

– Mira el mapa, niña. ¿Qué viene ahora?

Lucilla, obediente, consultó sus notas.

– Pues ahora viene una curva a la derecha, muy cerrada, después de la cual hay que seguir subiendo. Es la última casa, en la misma cumbre.

Llegaron a la curva. Jeff redujo e hizo el viraje. El “Seat” parecía a punto de arrancar a hervir mientras trepaba por la empinada y sinuosa carretera. Había otras casas, hermosas mansiones apenas entrevistas tras las verjas cerradas y rodeadas de jardines exuberantes.

– Esto es lo que los agentes de la propiedad inmobiliaria llaman zona privilegiada.

– Quieres decir zona de ricachos.

– Me parece que quiero decir zona cara.

– Sí. Tu tía debe de estar forrada.

– Consiguió un divorcio a la californiana -comentó Lucilla, como si eso lo explicara todo.

Unos cien metros más, otro par de curvas de horquilla y llegaron a su punto de destino. Casa Rosa. El nombre, inscrito en decorativas baldosas de cerámica sobre un alto muro, era claramente visible a pesar de la enredadera de flores de color rosa.

La verja estaba abierta. Una avenida bordeada de vegetación ascendía hasta un garaje. El garaje contenía un coche y había otro coche, un envidiable “BMW” plateado aparcado a la sombra de un torturado olivo. Jeff paró el motor. Todo estaba en calma. Entonces, Lucilla oyó un murmullo de agua, como de un surtidor, y el lejano son de esquilas de cordero. Las montañas están muy cerca, con las cumbres áridas y las laderas plateadas de olivares.

Se apearon del coche satisfechos, estirando sus sudorosas extremidades. Allí arriba soplaba la refrescante brisa del mar. Lucilla miró en derredor y observó que la Casa Rosa se alzaba encima de un promontorio rocoso. Unas escaleras conducían hasta la puerta principal. La contrahuella de la escalera era de baldosas azules y blancas y a cada lado montaban guardia unas macetas de geranios. Además, por todas partes había cascadas de buganvillas; y crecía el hibisco y el plumbago, y grandes matas de dondiego. El aire estaba perfumado por el aroma de las flores y de tierra recién regada.

Todo era tan asombroso, tan distinto a lo que habían visto hasta entonces que, durante un momento, a ninguno se le ocurrió qué decir. Luego, Lucilla susurró:

– Yo no me esperaba una cosa así.

– Bueno, pero no podemos quedarnos todo el día aquí plantados.

– No. -Tenía razón. Lucilla se volvió hacia el primer peldaño, abriendo la marcha. Pero, antes de empezar a subir, unos tacones de metal repicaron rápidamente en la terraza que estaba sobre sus cabezas.

– ¡Hola, cariños! -En lo alto de la escalera apareció una figura con los brazos abiertos-. Oí llegar el coche. Ya estáis aquí. Y no os habéis perdido. Qué listos sois y qué alegría me da veros.

La primera impresión de Lucilla al ver a Pandora fue que era una mujer de extrema delgadez. Parecía una criatura etérea que de un momento a otro podía salir volando. Abrazarla era como sostener en la mano a un pajarito. Daba miedo apretar, no fuera a romperse por la mitad. Tenía el pelo castaño, peinado hacia atrás y suelto en frondosos rizos sobre los hombros. Lucilla supuso que Pandora se peinaba de aquel modo desde los dieciocho años y que nunca había encontrado razón para cambiar de estilo. Tenía los ojos gris oscuro, sombreados por unas pestañas negras como el hollín, los labios carnosos y risueños y, en la mejilla izquierda, cerca de la comisura, un provocativo lunar. Llevaba un pijama amplio, del rosa brillante de la flor del hibisco, cadenas de oro en el cuello y aros de oro en las orejas. Olía… Lucilla conocía el perfume. "Poison”. Ella lo había probado y no había podido averiguar si le encantaba o le repugnaba. Al olerlo ahora en Pandora seguía indecisa.

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