Virginia rió moviendo la cabeza.
– No es eso. Es sólo que me ha pillado por sorpresa. ¿Crees que Henry tiene idea de lo que es la caza con hurones? Es una cosa bastante sangrienta.
– Lo ignoro. Pero ya nos enteraremos cuando vuelva. Willy se encargará de traerlo a la hora.
– Siempre creí que no te fiabas en absoluto de ese borrachín.
– No se atrevería a faltar a una promesa que me haya hecho a mí y por la tarde nunca se emborracha. Cuenta, ¿cómo estás? ¿Lo has pasado bien?
– Muy bien. Toma… -Puso en manos de Violet un paquete plano, con un envoltorio impresionante-. Un regalo de la gran ciudad.
– Hija, no era necesario.
– Es por cuidar de Henry.
– Me gusta tenerlo conmigo. Pero está deseando verte y volver a Balnaid. Esta mañana, ya había hecho el equipaje mucho antes del desayuno. Bueno, quiero que me lo cuentes todo. Ven a ver cómo abro el regalo.
La llevó a la sala y se instaló en su butaca, al lado de la chimenea. Era un alivio descansar los pies. Virginia se sentó en el brazo del sofá y se quedó mirándola. Violet deshizo el lazo de la cinta y quitó el papel. Apareció una caja plana, naranja y marrón. Levantó la tapa. Dentro, bajo dos capas de papel de seda, había un pañuelo “Hermès”.
– ¡Oh!, Virginia. Es demasiado.
– No más de lo que mereces.
– Pero tener a Henry en casa ha sido fantástico.
– A él también le he traído un regalo. Está en el coche. pensé que podría abrirlo aquí, antes de irnos a casa.
El pañuelo era una fantasía de rosas azules y verdes en seda. Ideal para animar el vestido de lana gris.
– No sabes cuanto te lo agradezco. Es precioso. Y ahora… -dobló el pañuelo, lo guardó en la caja y lo dejó a un lado-. Ahora, mientras tomamos el té, me cuentas cosas de Londres. Quiero todos los detalles. ¿Cuándo has vuelto?
– Anoche, en el puente. Edmund me esperaba en Turnhouse, cenamos en Edimburgo, en el “Rafaelli’s, y después volvimos a Balnaid.
– Espero… -Violet miró fijamente a Virginia-, espero que aprovecharais el tiempo para liquidar vuestras diferencias.
Virginia no disimuló su confusión.
– ¡Oh!, Vi. ¿Tanto se notaba?
– Era evidente para todo el que tuviera ojos en la cara. Yo no he querido decir nada hasta ahora, pero debéis comprender que para Henry es muy triste que sus padres no estén en buena armonía.
– ¿Te ha dicho algo Henry?
– Sí. Está muy nervioso. Creo que piensa que tener que ir a Templehall es ya bastante malo, pero el que tú y Edmund andéis a la greña es más de lo que puede soportar.
– No andábamos lo que se dice a la greña.
– La cortesía glacial es casi peor.
– Lo sé. Y lo siento. Edmund y yo hemos tenido una explicación. Nada ha cambiado. Edmund no cede y yo sigo pensando que es una tremenda equivocación. Pero hemos firmado una tregua. -Con una sonrisa mostró su fina muñeca rodeada por una ancha pulsera de oro-. Me lo dio después de cenar. Un regalo de bienvenida. Sería de muy mal gusto seguir enfurruñada.
– No sabes cuánto me alegro. He conseguido convencer a Henry de que los dos lo habíais pensado mejor y volvíais a ser amigos. Es un alivio no tener que pensar que le he engañado. Él necesita mucha seguridad, Virginia, mucha tranquilidad.
– Vi, como si no lo supiera…
– Hay otra cosa. Está muy preocupado por Edie. Tiene miedo de Lottie. Piensa que Lottie puede hacerle daño.
Virginia frunció el entrecejo.
– ¿Eso te ha dicho?
– Hemos hablado de ello, sí.
– ¿Y crees que tiene razón?
– Los niños tienen instinto. Lo mismo que los perros. Reconocen el mal donde quizá los adultos no sabemos verlo.
– El mal es una palabra muy fuerte, Vi. Esa mujer me da escalofríos, pero siempre he intentado convencerme de que no es más que una pobre desequilibrada inofensiva.
– Realmente, no sé qué decirte. Pero prometí a Henry que entre todos vigilaríamos lo que ocurre. Si te habla de eso, escúchale y procura tranquilizarle.
– Desde luego.
– Ahora… -una vez despachados los asuntos urgentes, Violet llevó la conversación hacia temas más placenteros-, háblame de Londres. ¿Te compraste el vestido? ¿Y qué más hiciste? ¿Viste a Alexa?
– Sí. -Virginia se inclinó para volver a llenarse la taza-. Sí, me compré el vestido y sí, vi a Alexa. Y de eso quiero hablarte. Ya se lo he dicho a Edmund.
A Violet le dio un vuelco el corazón ¿Que ocurría ahora?
– ¿Está bien?
– Mejor que nunca. -Virginia se apoyo en el respaldo de la silla-. Hay un hombre en su vida.
– ¿Alexa tiene novio? ¡Qué alegría! Empezaba a pensar que a mi niña no iba a ocurrirle nunca nada interesante.
– Viven juntos, Vi.
Momentáneamente, Vi se quedó sin habla. Luego:
– ¿Viven juntos?
– Sí. Y no son conjeturas. Ella me pidió expresamente que te lo dijera.
– Pero, ¿dónde viven juntos?
– En Ovington Street.
– Pero… -Violet, aturdida, no encontraba palabras-. Pero…¿desde cuándo?
– Hace unos dos meses.
– ¿Quién es él?
– Se llama Noel Keeling.
– ¿Qué hace?
– Se dedica a la publicidad.
– ¿Cuántos años tiene?
– Es de mi edad. Guapo. Simpático.
La edad de Virginia. Violet tuvo un pensamiento horrendo.
– Espero que no esté casado.
– No. Es un soltero muy apetecible.
– ¿Y Alexa…?
– Alexa está radiante de felicidad.
– ¿Crees que se casarán?
– Ni idea.
– ¿Es bueno con ella?
– Supongo que sí. Lo vi sólo unos momentos. Volvía de la oficina y bebimos algo todos juntos. Llevaba unas flores para Alexa. Y él no sabía que yo iba a estar allí, o sea que no las compró para impresionarme.
Violet guardaba silencio, intentado asumir la asombrosa revelación. Vivían juntos. Alexa vivía con un hombre. Compartía la cama, compartía la vida. Sin estar casados. No le parecía bien, pero sería mejor guardarse su opinión. Lo importante era que Alexa supiera que todos estarían a su lado, pasara lo que pasara.
– ¿Qué dijo Edmund?
Virginia se encogió de hombros.
– No mucho. Desde luego, no piensa coger el primer avión con la escopeta bajo el brazo. Pero me parece que esta preocupado, aunque sólo sea porque Alexa es bastante rica… Tiene la casa y el dinero que heredó de Lady Cheriton. Que, según Edmund, es bastante.
– ¿Teme que el joven pueda ir tras el dinero?
– Es una posibilidad, Vi.
– Tú lo viste. ¿Qué piensas de él?
– Me gustó…
– ¿Pero con reservas?
– Tiene buena presencia. Aplomo. Como te digo, simpático. No estoy segura de si me fiaría de él…
– ¡Ay, Dios mío!
– Pero es una opinión personal. Puedo estar equivocada.
– ¿Y qué hacemos?
– No podemos hacer nada. Alexa tiene veintiún años y debe decidir por sí misma.
Violet comprendía que así era. Pero Alexa… tan lejos. En Londres.
– Si, al menos, pudiéramos conocerlo. Eso haría las cosas más normales.
– Estoy completamente de acuerdo y lo conocerás. -Violet miró a su nuera y vio que sonreía, tan satisfecha de si misma como el gato que se ha comido la nata-. Mal que me pesara, hice el papel de madre, les hablé y estuvieron de acuerdo en venir para el fin de semana de la fiesta de los Steynton. Se hospedarán en Balnaid.
– ¡Qué idea más inteligente! -Violet hubiera dado un beso a Virginia de buena gana-. Eres una chica brillante. La mejor manera de disponer las cosas sin darle bombo.
– Es lo que pensé. Y hasta Edmund está de acuerdo. Pero vamos a tener que ser muy naturales, muy prudentes y muy circunspectos. Ni miradas insinuantes ni observaciones de doble sentido.
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