Este año… Dijo:
– Este año yo no estaré.
– No. Este año estarás en el colegio.
– ¿No podrías celebrar el cumpleaños un poco antes para que yo pueda estar?
– Henry, los cumpleaños no se mueven. Pero no será lo mismo sin ti.
– ¿Me escribirás una carta contándomelo todo?
– Claro que sí. Y tú me escribirás a mí. ¡Habrá tantas cosas que querré saber!
– No quiero ir a ese colegio -dijo él.
– No. Ya lo sé. Pero tu padre piensa que debes ir. Y casi siempre tiene razón.
– Mamá tampoco quiere que vaya.
– Es por lo mucho que te quiere. Sabe que te echará de menos.
Descubrió entonces que era la primera vez que él y Vi hablaban de su marcha. Henry no quería ni pensar en ella y, mucho menos, hablar y Vi nunca había sacado la conversación. Pero descubrió que hablando se sentía mejor. Sabía que a Vi podía decírselo todo y que ella no lo contaría a nadie.
– Están peleados -dijo-. Hace tiempo que están peleados.
– Sí -repuso Vi-. Lo sé.
– ¿Cómo lo sabes, Vi?
– Yo soy vieja pero no soy tonta. Y tu padre es mi hijo. Las madres saben muchas cosas de sus hijos. Lo bueno y lo menos bueno. No por eso dejan de quererles, pero les comprenden mejor.
– Es tan terrible que se hablen de ese modo.
– Debe de serlo.
– Yo no quiero ir al colegio, pero no puedo sufrir que estén enfadados. Es como si toda la casa estuviera enferma, como si flotara un dolor de cabeza.
– Si quieres saber lo que pienso, Henry -suspiró Vi-, creo que los dos son unos egoístas que no ven más allá de sus narices. Pero no puedo decir nada, porque no es asunto mío. Es otra de las cosas que una madre no debe hacer. Entrometerse.
– Yo quiero ir a casa mañana, pero… -La miró, dejó la frase sin terminar porque en realidad no sabía lo que intentaba decir.
Vi sonrió. Cuando sonreía, la cara se le fruncía en mil arrugas. Le oprimió la mano. Vi tenía la mano cálida, seca y áspera de tanto trabajar en el jardín.
– Hay un viejo refrán que dice que la separación aviva el cariño. Tus padres han estado separados unos días y han tenido tiempo para reflexionar. Estoy segura de que los dos se habrán dado cuenta de lo equivocados que estaban. Porque se quieren mucho y, si tú quieres a una persona, necesitas tenerle cerca, a tu lado. Necesitas hacerle confidencias, reírte con ella. Eso es tan importante como respirar. Estoy segura de que ahora ya lo han descubierto. Y también estoy segura de que todo volverá a ser como antes.
– ¿Segura de verdad, Vi?
– Segura de verdad.
Parecía tan convencida que Henry se convenció también. Qué bien. Fue como si se le hubiera quitado un gran peso de los hombros. Y esto hacía que todo pareciera mejor. Ni la idea de tener que marcharse de casa y dejar a sus padres para ir a Templehall interno parecía tan terrible. Nada podía ser tan malo como pensar que su casa no volvería a ser la misma. Más tranquilo y lleno de amor y gratitud hacia su abuela, Henry abrió los brazos, ella se inclinó y él se abrazó fuertemente a su cuello dándole prietos besos en la mejilla. Cuando se soltó, vio que ella tenía los ojos muy relucientes y vivos.
– Es hora de dormir -dijo.
De repente, sintió sueño. Se tendió en la cama y metió la mano debajo de la almohada, buscando a Moo.
Vi se rió, pero bajito, con una burla muy leve.
– ¿Y qué falta te hace ese pedazo de manta de bebé? Ya eres mayor. Ya sabes hacer galletas y puzzles y te acuerdas de los nombres de todas esas flores. Creo que ya puedes dormir sin Moo.
Henry arrugó la nariz.
– Pero esta noche no, Vi.
– Bueno. Esta noche, no. Pero mañana, a lo mejor.
– Sí. -Bostezó-. A lo mejor.
Ella se inclinó, le dio un beso y se levantó de la cama. Los muelles volvieron a crujir.
– Buenas noches, tesoro.
– Buenas noches, Vi.
Apagó la luz y salió de la habitación dejando la puerta abierta. La noche era tibia, con viento y olor a campo. Henry se puso de lado, se acurrucó y cerró los ojos.
Cuando, diez años antes, Violet Aird compró Pennyburn a Archie Balmerino, se convirtió en propietaria de una casa lóbrega y destartalada, sin más virtudes que la vista y el pequeño arroyo que saltaba en el linde occidental de la propiedad. El arroyo había dado el nombre a la casa.
Pennyburn se encontraba en el centro de la hacienda de Archie, sobre la ladera que ascendía desde el pueblo, y se llegaba por el camino posterior de Croy y un sendero lleno de roderas, infestado de cardos y cercado por unos postes torcidos y un alambre de espino roto.
El llamado jardín se hallaba en la pendiente, al sur de la casa. También estaba rodeado de estacas podridas y alambre destrozado, y consistía en un pequeño tendedero, un huerto lleno de maleza y un desolado gallinero invadido de unas ortigas que llegaban hasta la cintura.
La casa era de piedra parda, con el tejado gris y las maderas de color vino, y se hallaba en un abandono lamentable. Unas escaleras de hormigón conducían del jardín a la puerta y en el interior había unas habitaciones pequeñas y oscuras, un papel horrendo semidesprendido de las paredes, olor a humedad y goteo insistente de un grifo defectuoso.
Realmente, la propiedad era toda tan poco atractiva que Edmund Aird, cuando la vio por primera vez, recomendó a su madre que desistiera de vivir allí y siguiera buscando.
Pero a Violet, nadie sabía por qué, le gustó la casa. Llevaba deshabitada varios años, lo cual explicaba su penoso estado pero, a pesar del moho y la oscuridad, poseía cierto atractivo. Tenía el pequeño arroyo, que saltaba por la ladera, y tenía el paisaje. Mientras recorría la casa, Violet se detenía delante de una ventana, hacía una mirilla en el polvo del cristal con la yema de los dedos y veía el pueblo a sus pies, el río, el valle y las montañas. No encontraría otra casa con una vista como aquella. La vista y el arroyo la convencieron e hizo oídos sordos a los consejos de su hijo.
Acondicionar la casa constituyó una fantástica diversión. Se tardaron seis meses en terminar los trabajos y Violet, declinando amablemente la invitación de Edmund de quedarse en Balnaid hasta que su nuevo hogar estuviera habitable, los pasó viviendo en una caravana que alquiló en un parque situado a unas cuantas millas del pueblo. Nunca había vivido en una caravana, a pesar de que la idea siempre había seducido a su alma bohemia, y aprovechó la oportunidad. La caravana estaba aparcada detrás de la casa, entre hormigoneras, carretillas, palas e imponentes montones de escombros, y desde la puerta podía vigilar a los obreros y salir rápidamente a hablar con el sufrido arquitecto en cuanto veía bambolearse su coche por el camino. Los dos primeros meses de esta alegre vida gitana era verano y las únicas molestias fueron los mosquitos y una gotera. Pero, cuando empezaron a soplar los vendavales del invierno, la caravana tremolaba y oscilaba en su precario anclaje como una barca en la tempestad. A Violet le encantaba aquello y las noches de temporal eran para ella una emocionante diversión. Tendida en su cama, que era corta y estrecha para una dama de su envergadura, escuchaba el rugido del viento y veía correr las nubes por los fríos cielos iluminados por la luna.
Pero Violet no se dedicaba sólo a azuzar a los obreros alternando reproches y halagos. Para Violet, el jardín era aún más importante que la casa. Antes de que los hombres empezaran sus trabajos, había contratado a un hombre con un tractor que arrancó todos los postes que sostenían los alambres y se los llevó. En su lugar, plantó un seto de haya a cada lado del camino y alrededor de la propiedad. Al cabo de diez años, la cerca no era muy alta todavía, pero sí gruesa y firme, siempre con hojas y, por lo tanto, un buen refugio para los pájaros.
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