Dentro de la cerca, a cada lado de la casa, plantó árboles. Al Este, coníferas. No eran sus favoritos, pero crecían deprisa y servirían para protegerla de los vientos más fríos. Al Oeste, junto al arroyo, crecían retorcidos saúcos, sauces y cerezos blancos. Al pie del jardín puso sólo plantas bajas que no le quitaran vista. Allí, entre la áspera hierba, florecían azaleas y agrimonias y macizos de bulbos de primavera.
Dos arriates formaban semicírculo, uno herbáceo y otro de rosas y, entre los dos, una buena extensión de césped. Pero hacía pendiente y costaba trabajo cortarlo. Violet compró una segadora eléctrica, pero Edmund entrometiéndose otra vez decidió que su madre podía cortar el cable y electrocutarse, por lo que contrató a Willy Snoddy para que fuese un día a la semana a hacer este trabajo. Violet sabía perfectamente que Willy era mucho menos competente que ella en el manejo de máquinas complicadas, pero se resignó a la idea para no crear complicaciones. Cuando Willy tenía una de sus fenomenales resacas y no se presentaba, Violet, muy contenta, cortaba el césped con pericia.
Pero sin decírselo a Edmund.
En cuanto a la casa, la transformó por completo y la volvió del revés, convirtiendo la parte trasera en delantera y tirando tabiques. Ahora la puerta principal miraba al Norte y la vieja puerta delantera se había convertido en una vidriera por la que desde la sala de estar se salía directamente al jardín. Mandó quitar las escaleras de hormigón y poner en su lugar unos peldaños de piedra recuperada de un viejo dique en semicírculo. En los intersticios de las piedras crecían el poleo y el tomillo, que perfumaban el aire cuando se pisaban.
Tras mucho pensarlo, Violet decidió que no soportaba el color pardo de las paredes de piedra de Pennyburn y las hizo revocar y pintar de blanco. Las puertas y las ventanas estaban ribeteadas de negro, lo que confería a la fachada de la casa un aspecto cuidadoso y campestre a la vez. Para adornar la fachada, plantó una wistaria pero al cabo de diez años apenas le llegaba al hombro. Cuando alcanzara el tejado, ella probablemente ya habría muerto. A los setenta y siete años, había que conformarse con las robustas enredaderas anuales.
Lo que le faltaba era un invernadero. El de Balnaid había sido construido al mismo tiempo que la casa. Su existencia se debía a la insistencia de la madre de Violet, Lady Primrose Akenside, que no era amiga de intemperies. Lady Primrose opinaba que el invernadero era imprescindible para el que no tenía más remedio que vivir en la agreste Escocia. Aparte de mantener la casa bien abastecida de plantas de interior y de uva, servía para tomar el sol al abrigo de ese viento que cortaba como un cuchillo. Todo el mundo sabía que durante el invierno, la primavera y el otoño había muchos días de sol y viento. Pero Lady Primrose también pasaba en el invernadero buena parte del verano, recibiendo a sus amistades y jugando al bridge.
A Violet le gustaba el invernadero de Balnaid por razones menos mundanas: por el color, la paz, el olor a tierra húmeda, a helechos y a frisias. Cuando las inclemencias del tiempo impedían trabajar en el jardín, siempre podías trajinar en el invernadero y ¿qué mejor sitio para refugiarse después del almuerzo a intentar hacer el crucigrama del Times?
Sí, lo echaba de menos; pero, después de pensarlo, decidió que Pennyburn era demasiado pequeña y modesta para tan lujoso aditamento. Parecía que la casa quería aparentar aires de grandeza y resultaría ridícula, y Violet se guardaría bien de hacer semejante trastada a su nuevo hogar. Además, tampoco era tan duro intentar hacer el crucigrama en su abrigado y soleado jardín.
Ahora estaba en el jardín y llevaba trabajando toda la tarde, estacando las matas de margaritas de septiembre antes de que los vientos del otoño las tumbaran. El día convidaba a pensar en el otoño. Había refrescado y el aire desprendía cierto aroma picante. Los campesinos estaban cosechando y el lejano zumbido de las máquinas que trabajaban en los campos de cebada era propio de la estación y extrañamente tranquilizador. El cielo era azul pero las nubes venían cabalgando del Oeste. Un día de guiños, como decían los viejos, de sol y nubes.
A diferencia de mucha gente, a Violet no le entristecía pensar que acababa el verano y se acercaba un invierno largo y oscuro. “¿Cómo se puede vivir en Escocia?”, le preguntaban a veces. “Con ese tiempo tan inseguro, con tanta lluvia, con tanto frío.” Violet sabía que ella no podría vivir en ningún otro sitio y nunca había sentido el deseo de marcharse. En vida de Geordie, viajaban mucho. Habían explorado Venecia y Estambul y recorrido los museos de Florencia y de Madrid. Un año hicieron un crucero arqueológico a Grecia; otra vez navegaron por los fiordos de Noruega hasta el Circulo Ártico y el sol de medianoche. Pero sin él no sentía deseos de ir a ningún sitio. Prefería quedarse aquí, donde sus raíces eran profundas, rodeada de una tierra que conocía desde niña. Y en cuanto al tiempo, se desentendía de él, sin importarle si helaba, nevaba, soplaba el viento, llovía o achicharraba, siempre y cuando ella pudiera estar al aire libre y formar parte del cuadro.
Y así lo demostraba su piel, curtida y arrugada como la de un viejo campesino. Pero, a los setenta y siete años, ¿qué importaban unas cuantas arrugas? Era un bajo precio que pagar por una vejez activa y enérgica.
Clavó la ultima estaca y retorció el último alambre. Listos. Retrocedió para contemplar su obra. Las cañas se veían, pero en cuanto las flores revinieran quedarían disimuladas. Miró el reloj. Casi las tres y media. Suspiró. Siempre sentía tener que entrar en casa. Pero se quitó los guantes y los dejó caer en la carretilla, luego recogió las herramientas, las cañas sobrantes y el rollo del alambre y lo llevó todo al garaje donde guardó cada cosa en su sitio, hasta el próximo día.
Luego, entró por la puerta de la cocina, se quitó las botas empujando con los dedos gordos de los pies y colgó la chaqueta de un gancho. Llenó de agua el cazo eléctrico y lo conectó. Preparó una bandeja con dos tazas y dos platos, una jarra de leche, un azucarero y un platillo de galletas digestivas al chocolate. (Virginia no comería nada con el té, pero Violet no se resistía a un ligero tentempié.)
Subió a su habitación, se lavó las manos, sacó un par de zapatos, se arregló el pelo y se empolvó la nariz. En aquel momento oyó que un coche subía la cuesta y entraba en el sendero. La portezuela del coche chasqueó, se abrió la puerta de la casa y sonó la voz de Virginia.
– Vi.
– Ahora mismo bajo.
Se arregló las perlas, se sujetó un mechón de pelo y bajó. Su nuera estaba en el recibidor, esperándola; sus largas piernas estaban enfundadas en un pantalón de pana y llevaba una chaqueta de cuero sobre los hombros. Violet observó que se había cambiado el peinado, tenía el pelo echado hacia atrás y recogido en la nuca con un lazo. Estaba elegante y natural, como siempre, y más contenta de lo que Violet la había visto en mucho tiempo.
– Virginia, me alegro de verte otra vez en casa. Y que elegante estás. Me gusta el peinado -Se besaron-. ¿Te lo hicieron en Londres?
– Sí; pensé que ya era hora de cambiar de imagen -Miró en derredor-. ¿Dónde está Henry?
– Salió con Willy Snoddy a cazar con hurones.
– ¡Oh!, Vi…
– No te apures. Volverá dentro de media hora.
– No es la hora lo que me preocupa sino por que ha tenido que salir con ese viejo granuja.
– Bueno, todos los chicos de su edad están en el colegio y no tiene con quien jugar. El otro día estuvo hablando con Willy Snoddy, que había venido a segar la hierba, y Willy le invitó a ir de caza. Parecía muy ilusionado y le di permiso. No te parece bien, ¿verdad?
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