– Yo lo haré -asintió Edmund-. Yo le acompañaré.
Era tarde. La otra pareja se había marchado y los camareros trataban de disimular que no estaban deseando que Edmund y Virginia se fueran también a casa y les dejaran cerrar el local. Edmund pidió la cuenta y, mientras la esperaban, se reclinó en la silla, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un pequeño paquete envuelto en un grueso papel blanco y sellado con lacre rojo.
– Para ti -Lo puso encima de la mesa, entre los dos-. Un regalo de bienvenida.
En ningún otro sitio se encontraba Henry tan a gusto como en casa de Vi, cuando no podía estar en Balnaid, su casa. En Pennyburn tenía su propio dormitorio, un cuartito situado encima de lo que antes había sido la puerta principal, con una estrecha ventana que daba al jardín, el valle y las montañas. Por aquella ventana, doblando el cuello, podía ver hasta Balnaid, semiescondido entre los árboles, al otro lado del río y del pueblo. Por la mañana, cuando se sentaba en la cama veía al sol extender los largos dedos de sus primeros rayos sobre los campos y escuchaba el canto del mirlo que anidaba en las ultimas ramas del viejo saúco que crecía junto al arroyo. A Vi no le gustaban los saúcos, pero a este le había perdonado la vida porque era un árbol bueno para que Henry trepara. Y él había descubierto el nido del mirlo.
La habitación era tan pequeña que producía la impresión de estar durmiendo en un armario, y eso era estupendo. Había espacio para la cama y una cómoda con un espejo, y nada más. Un par de perchas clavadas detrás de la puerta hacían de armario y había una luz muy bonita a la cabecera y se podía leer en la cama. La alfombra era azul y las paredes blancas. Había un bonito cuadro de un bosque lleno de campanillas y las cortinas eran blancas, salpicadas de ramos de flores silvestres.
Era su última noche con Vi. Al día siguiente, su madre vendría a buscarlo para llevarlo a casa. Habían sido unos días muy raros, porque la escuela primaria de Strathcroy ya había empezado el curso de invierno y todos sus amigos habían vuelto a clase. Y Henry, que debía ir a Templehall, se había quedado sin nadie con quien jugar. Pero no importaba, porque Edie iba casi todas las mañanas a la casa y Vi siempre tenía grandes ideas para divertir y entretener a un niño. Habían trabajado en el jardín, le había enseñado a hacer galletas y, para ultima hora de la tarde, había sacado un puzzle gigante con el que habían batallado juntos. Una tarde, Kedejah Ishak había ido a tomar el té al salir de la escuela y ella y Henry habían construido una presa en el arroyo y habían acabado muy mojados. Otro día, Vi se lo había llevado de picnic al lago y habían recogido una colección de veinticuatro flores silvestres. Le había enseñado a prensarlas entre hojas de papel secante y libros gruesos y, cuando estuvieran listas, podría pegarlas en una libreta con cinta adhesiva.
Había cenado, se había bañado y ahora estaba en la cama, dentro de su saco de dormir, leyendo un libro de la biblioteca, Los famosos Cinco de Enid Blyton. Había oído dar las ocho en el reloj del recibidor y, luego, los pasos de Vi que subían pesadamente la escalera, lo que significaba que ahora entraría a darle las buenas noches.
La puerta estaba abierta. Dejó el libro y esperó. Ella apareció en la puerta, alta y maciza, y se sentó a los pies de la cama. Los muelles crujieron. Estaba calentito dentro del saco pero ella le había puesto una manta encima y a él le pareció que no había nada mejor que tener a alguien sentado en la cama y sentir la manta tirante sobre las piernas. Te sentías seguro.
Vi llevaba una blusa de seda con un broche de camafeo en el cuello y un jersey muy suave azul brezo, y traía las gafas, lo que quería decir que, si él quería, le leería un capitulo o dos de Los famosos Cinco .
– Mañana a estas horas estarás otra vez en tu cama -le dijo Vi-. Lo hemos pasado bien, ¿verdad?
– Sí -Pensó en lo mucho que se habían divertido. Quizá no estaba bien desear volver a casa y dejarla, pero por lo menos sabía que ella estaba segura y contenta en su casita. Le hubiera gustado poder pensar lo mismo de Edie.
Últimamente, Henry había dejado de visitar a Edie porque Lottie le daba miedo. Tenía un no sé qué de bruja, con aquellos ojos tan negros que nunca parpadeaban y aquella manera desmadejada de mover los brazos sin necesidad, y aquel río de palabras sin sentido que no podía llamarse conversación. Henry casi nunca sabía de que hablaba y se daba cuenta de que aquello fatigaba a Edie. Edie le había pedido que fuera amable con Lottie y él había hecho todo lo posible, pero la verdad era que la odiaba y no podía soportar que Edie tuviera a aquella prima tan rara metida en casa, viviendo con ella, un día y otro.
Había leído titulares en los periódicos de pobre gente que era asesinada con un hacha o con un cuchillo de trinchar la carne, y estaba seguro de que Lottie, si se enfadaba, era muy capaz de atacar a su querida Edie -quizá por la noche, en la oscuridad- y dejarla muerta y ensangrentada en el suelo de la cocina.
Tuvo un escalofrío. Vi lo notó.
– ¿Te preocupa algo?
– Pensaba en la prima de Edie. No me gusta.
– ¡Oh!, Henry.
– No creo que Edie esté segura a su lado.
Vi hizo una pequeña mueca.
– Si quieres que te diga la verdad, Henry, yo tampoco estoy muy contenta. Pero pienso que no es más que una gran prueba para Edie. Hablaremos de ello por la mañana, a la hora del café. Desde luego, Lottie es una señora muy pesada pero, aparte de volver loca a Edie con sus manías, no creo que sea peligrosa. Por lo menos, no como tú imaginas.
No le había dicho lo que imaginaba pero Vi lo adivinaba. Vi siempre adivinaba estas cosas.
– Tú cuidarás de ella, ¿verdad, Vi? ¿No dejarás que le pase nada?
– Te lo prometo. Y procuraré ver a Edie todos los días y enterarme de cómo está la situación. Y una tarde invitaré a Lottie a tomar el té y así Edie tendrá un respiro.
– ¿Cuándo crees que se irá Lottie?
– Eso no lo sé. Cuando esté mejor. Esas cosas llevan tiempo.
– Edie estaba tan contenta cuando vivía sola. Y ahora no está nada contenta. Y tiene que dormir en el sofá. Debe de ser terrible no poder dormir en tu propia habitación.
– Edie es una persona muy buena. Más que la mayoría de nosotros. Se sacrifica por su prima.
Henry pensó en Abraham e Isaac.
– Espero que Lottie no la sacrifique a ella.
Vi se echó a reír.
– Te dejas dominar por la imaginación. No te duermas preocupado por Edie. Piensa en que mañana volverás a ver a mamá.
– Sí. -Esto era mucho mejor-. ¿A qué hora crees que vendrá?
– Pues, verás, mañana tienes un día muy ocupado. Vas a salir con Willy Snoddy a cazar con sus hurones. Imagino que a la hora del té. Cuando vuelvas ya estará aquí.
– ¿Crees que me habrá traído algún regalo de Londres?
– Seguro.
– Quizá a ti te traiga otro.
– Yo no espero un regalo. Además, pronto será mi cumpleaños y entonces tendré regalos. Ella siempre me regala algo muy especial, algo que me hacía mucha falta y yo no lo sabía.
– ¿Cuándo es tu cumpleaños? Lo había olvidado.
– El quince de septiembre. La víspera del baile de los Steynton.
– ¿Harás un picnic?
Vi siempre organizaba un picnic el día de su cumpleaños. Iban todos, se reunían arriba, en el lago, encendían fuego y asaban salchichas, y Vi llevaba su pastel en una caja grande y cuando lo partía todos cantaban Cumpleaños feliz. El pastel era de chocolate o de naranja. El último había sido de naranja. Recordó el cumpleaños del año anterior.
Recordó el mal tiempo que había tenido, con viento y chaparrones que no consiguieron enfriar el entusiasmo de nadie. El año anterior, había regalado a Vi un cuadro que había dibujado con sus rotuladores y que su madre había mandado enmarcar y montar, como si fuera un cuadro de verdad. Vi lo tenía colgado en su habitación. Este año le regalaría la botella de vino de ruibarbo que le había tocado en la rifa del bazar.
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