– Muy amable, pero tengo un compromiso. He de marcharme en seguida. Ya me hubiera ido, pero Alexa me pidió que me quedara hasta que tú llegaras -Sus ojos eran como dos zafiros, brillantes, serenos-. Quería que te conociera -Iba al grano, sin rodeos. Él decidió afrontar el desafío a pecho descubierto.
– Supongo que te habrá explicado la situación.
– Sí. Estoy al corriente.
– Me alegro. Así las cosas serán más fáciles para todos.
– ¿Han sido difíciles?
– En absoluto. Pero tenía remordimientos de conciencia.
– Siempre le ha atormentado la conciencia.
– Estaba preocupada por su familia.
– Su familia significa mucho para ella. Se ha criado de un modo un poco extraño. En ciertos aspectos, es una mujer muy madura y en otros, todavía una niña.
Noel se preguntó por que se lo decía. Sin duda, tenía que comprender que él ya lo había averiguado.
– No quería que nadie se disgustara.
– Me ha pedido que se lo diga a su padre.
– Me parece una gran idea. Yo insistía para que se lo dijera -Sonrió-. ¿Crees que se presentará en casa con un látigo?
– No lo creo -Virginia cogió el bolso, sacó un cigarrillo y lo encendió con un mechero de oro-. No es hombre que dé rienda suelta a las emociones. Pero creo que deberías conocerlo cuanto antes.
– No deseo otra cosa.
Ella le miró a través del humo del cigarrillo.
– Creo que lo mejor sería que fueras a Balnaid. Entre todos nosotros, Alexa se sentiría más amparada.
Él advirtió que le estaban invitando. A aquella sólida mansión de los perros y el invernadero en medio del campo. Alexa le había cantado las excelencias de Balnaid. El jardín, los picnics, el hermano pequeño, la abuela, la vieja niñera. Él había demostrado el interés que exigía la cortesía y poco más. No parecía un sitio en el que ocurrieran cosas divertidas y Noel tenía pánico a aburrirse, atrapado en una casa de campo.
Pero ahora, después de conocer a Virginia Aird, descubrió que sus ideas sobre Balnaid cambiaban rápidamente. Porque aquella mujer, elegante y sofisticada, con aquellos cautivadores ojos y su leve acento trasatlántico, nunca podría ser aburrida. Sin duda, era lo bastante perceptiva como para dejarte a solas con el Times si era eso lo que te apetecía y, al mismo tiempo, el tipo de anfitriona que, en un momento, te organiza un divertido pasatiempo o invita a tomar una copa a un grupo de gente estupenda. Su imaginación buscó otros alicientes. Probablemente, habría pesca. Y caza. Aunque eso le serviría de poco, ya que nunca había tenido una escopeta en la mano. Sin embargo…
– Muy amable en invitarme -agradeció.
– Sería preferible actuar de un modo natural… hacer como si tuvieras que ir por algún motivo -Reflexionó y su cara se iluminó con una súbita inspiración-. Pues, claro. El baile de los Steynton. ¿Qué más natural? Ya sé que Alexa no está muy decidida pero…
– Dice que sin mí no va y como yo no tengo invitación…
– Eso no importa. Hablaré con Verena Steynton. En estas ocasiones siempre faltan hombres. Estará encantada.
– Tal vez tengas que convencer a Alexa.
Mientras lo decía, entró Alexa con un jarrón rosa y blanco en el que había colocado airosamente las flores de Noel.
– ¿Tramando algo a espaldas mías? -Dejó el jarrón en la mesa situada detrás del sofá-. ¿No son una preciosidad? Eres muy atento, Noel. Me hace mucha ilusión que me traigan flores -Jugueteó con un clavel que colgaba y luego abandonó el ramo y volvió a sentarse en un extremo del sofá-. ¿Convencer a Alexa de qué?
– De que acudas al baile de los Steynton -explicó Virginia- y lleves a Noel. Yo le conseguiré una invitación. Y os quedáis en Balnaid.
– Es que quizá Noel no quiera ir.
– Yo nunca dije que no quisiera ir.
– ¡Sí que lo dijiste! -Alexa estaba indignada-. La mañana en que llegó la invitación dijiste que las danzas tribales no eran tu fuerte. Yo pensé que eso resumía la cuestión.
– En realidad, ni siquiera llegamos a plantearla.
– ¿Significa eso que estás dispuesto a ir?
– Si tú quieres que vaya, por supuesto.
Alexa movió la cabeza con un gesto de incredulidad.
– Piensa, Noel, que serán danzas tribales. Ruedas y esas cosas. ¿Lo resistirías? Si no bailas, no es divertido.
– No creas que va a venirme de nuevo. El año que fui a pescar a Sutherland, hubo jarana una noche en el hotel y todos saltamos como demonios y, si mal no recuerdo, yo salté como el que más. Un par de whiskies es todo lo que necesito para perder la vergüenza.
Virginia rió.
– Y, si tan mal lo pasa el pobre, siempre habrá algún nightclub o discoteca en el que refugiarse. -Aplastó el cigarrillo-. ¿Qué dices, Alexa?
– ¿Y qué puedo decir si entre los dos ya lo habéis organizado todo?
– Entonces, nuestro pequeño problema está resuelto.
– ¿Qué pequeño problema?
– El de que Noel y Edmund se conozcan casualmente.
– Ya.
– No pongas esa cara. Es el plan ideal. -Miró el reloj y dejó el vaso-. Tengo que marcharme.
Noel se puso en pie.
– ¿Te llevo?
– No. Muy amable, pero si encuentras un taxi te lo agradeceré.
Mientras él estaba fuera, Virginia volvió a calzarse los zapatos, retocó con las manos su hermoso peinado y se puso la chaqueta roja. Mientras la abrochaba, tropezó con la ansiosa mirada de Alexa y le sonrió animosamente.
– No te preocupes por nada. Antes de que llegues, te habré preparado el terreno.
– Pero vosotros dos… No seguiréis peleados, ¿verdad? No podría soportar la tensión de veros enfadados.
– Claro que no. Olvídalo. No debí decirte nada. Lo pasaremos estupendamente. Y cuando el pobre Henry se haya ido al colegio, tu compañía me animará.
– Pobrecito. No puedo ni pensarlo.
– Yo tampoco. Pero ni tú ni yo podemos hacer nada. -Se besaron-. Gracias por la copa.
– Gracias por la visita. Y por ser tan estupenda. ¿Te… te cae bien verdad, Virginia?
– Lo encuentro fantástico. ¿Contestarás ahora a la invitación?
– Desde luego.
– Y, Alexa, cómprate un vestido de ensueño.
Edmund Aird entró con su “BMW” en el aparcamiento del aeropuerto de Edimburgo cuando el avión del puente aéreo de las siete emergía de las nubes y se disponía a aterrizar. Sin prisas, buscó una plaza, aparcó, salió del coche y cerró la puerta, sin dejar de observar el avión. Había calculado bien el tiempo y ello le producía una viva satisfacción. Le impacientaba tener que esperar algo o a alguien. Cada instante era precioso y perder aunque sólo fueran cinco minutos paseando sin hacer nada le ponía nervioso.
Salió del aparcamiento, cruzó la carretera y entró en la terminal. El aparato que traía a Virginia había aterrizado ya. Había gente esperando a los viajeros. Un grupo heterogéneo. Unos daban muestras de viva agitación mientras otros aparentaban una total indiferencia. Una mujer joven con tres niños pequeños que alborotaban dando vueltas a su alrededor perdió la paciencia y dio un cachete a uno de ellos. El niño empezó a berrear. El carrusel de los equipajes comenzó a girar. Edmund hacía sonar las monedas en el bolsillo del pantalón.
– Edmund.
Al volverse vio a un hombre al que encontraba casi todos los días en el club a la hora del almuerzo.
– ¿A quién esperas?
– A Virginia.
– Yo espero a mi hija y a mis dos nietos. Vienen a pasar una semana con nosotros. Unos amigos se casan y la niña va a ser dama de honor. Por lo menos, el avión ha llegado puntualmente. La semana pasada tomé el puente de las tres y no despegamos de Heathrow hasta las cinco y media.
Читать дальше